PRÓLOGO
Una noche angustiosa
— ¿Esto es necesario?, ¿No hay otra solución? — pregunto el hombre lleno de esperanza.
— Lo es — afirmo la reina sin emitir ningún otro sonido.
— ¿Por qué?, Son tus hijas — insistió el hombre.
— Pero son los deseos del rey — hablo con aflicción.
— Y tu la reina, ¿No eres capaz de hacer algo al respecto?, Tu las tuviste a cada una en tu vientre, él no, solo contribuyó — con desesperación la miro.
— No soy capaz de hacer algo, no si el está decidido — con tristeza la reina miro a la ventana, dónde se podía ver a la lejanía cómo los carruajes llegaban al palacio.
— Espero que vivas con la culpa, sin embargo, te deseo lo mejor, solo espero que en un futuro no lo lamentes — respondió rendido y con evidente decepción.
Ya es tarde. Cruzo aquella simple palabra por la mente de la reina, pues amaba a sus hijas y era cierto lo que su hermano decía, pero no podía hacer algo. De hecho nada, solo sentarse y quedarse callada, pues aquello era lo que había aprendido en todos estos años. Solo pedía al cielo que sus hijas no, que tuviesen un buen marido que las amara y sobre todo que lucharán contra todo el que intentase someterlas. Rogaba por ello aunque no lo llegase a ver, esperaba con ansias que sus súplicas fueran escuchadas.
Con resignación tomo fuerzas de dónde no las tenía y fue en busca de su esposo, con la intención de tan siquiera despedirse de ellas. Al menos que aquel deseo se lo cumpliere.
Al llegar de pronto escucho algunos ruidos, era una discusión, al acercarse más pudo escuchar a su hijo y con ello corrió hasta llegar.
— ¿Que sucede? — pregunto la reina al ver la furia del rey.
— ¿Estás cuestionando mi autoridad, acaso? — rugió furiosos el rey.
— Para nada majestad, solo intentaba buscar una solución — se excusó el príncipe.
— No puedes hacer eso hijo, ya está tomada la desición, no hay vuelta atrás — intento calmar la situación la reina.
— Pero, ¿No se puede hacer algo más? — insistió de nuevo.
Ni siquiera yo puedo, quiso decir la mujer, más dejo aquello de lado.
— La desición está tomada, no hablaré más — fue lo la última palabra del rey y aquello fue el fin de la discusión.
— Todo estará bien — susurro la madre a su hijo.
— Informen la orden, ya saben lo que tienen que hacer si algo se complica — ordenó el rey a los soldados.
El principe no tuvo más remedio que darse por vencido, esto estaba más haya de su alcancé y no podía hacer nada ni aunque quisiese.
Al salir de aquella habitación, suspiró con frustración al cerrar la puerta detrás suyo, ¿cómo le daría la noticia a su pequeña hermana la cual amaba más que a su propia vida?, ¿sería capaz se hacerlo?.
Eso estaba por verce, pues parecía que la vida lo detestaba, una figura femenina se asomó con mucho cuidado, quizás hasta con temor de ser descubierta.
— ¿Estás aquí? — pregunto suavemente la muchacha.
No recibió respuesta de ningún lado, solo silencio.
— ¿Sabés algo?, Loria me dijo algo, pero no le creí, dice que lo a escuchado de la gente. Pero ya sabes, la gente suele ser chismosa por lo que no me parece una buena fuente, pero ya sabes cómo es ella. — hablo con fastidio, pero esperanza de lo que saliera de la boca de su hermano.
— Vamos a un lugar más privado — dijo mirando a todos los lados para asegurarse que nadie escuchaba.
Ambos se fueron lejos de aquella habitación, llegando a los jardines traseros, la oscuridad de la noche los inundó, solo la luz de la luna los alumbró.
El aire fresco los azotó, mandando escalofríos a la jóven princesa quien esperaba pacientemente que su hermano hablará.
Se tomó un momento para poder soltar lo que cambiaría todo.
— Vamos, suéltalo, no puede ser tan malo — hablo la pequeña con desesperación.
— Ellos... Ellos han ordenado el casamiento de todas las princesas — soltó sin colocar más rodeos.
— No puede ser — la sorpresa era notoria en la cara de la menor, al igual que la tristeza.
— Intenté hacer algo, pero nuestro padre no escucho — ambos compartían un sentimiento, la tristeza, pues no querían separarse siempre habían cido unidos que incluso prometieron seguir así, pero ahora todo aquello estaba en peligro.
— ¿Pero y mamá?, ¿ella que dice?, ¿hablo con el?— una pizca de esperanza paso por sus bellos ojos miel.
— Ella no puede —
Con estas palabras su mundo se vino abajo, tenía esperanza, pero había cido aplastada con aquello.
— Dime qué es mentira — intento buscar algo en los ojos de su hermano, más lo único que encontró fue tristeza.
— Ya no se puede hacer más, lo siento — fue lo único que dijo para después irse con apuró, pues no quería ser testigo de como el mundo de la joven se venía a bajo.
No era justo, pero, ¿qué más da?, esté mundo no lo es y mucho menos la monarquía a la que pertenecía, que aún cuando era sangre real no tenía oportunidad de tener una vida llena de tranquilidad, pues tenía que seguir leyes que le impedían actuar por ella misma.
Eso sin duda era una tortura, una de muchas, las cuales pronto harían presencia.