A la mañana siguiente
Alondra
Anoche no había dormido nada con las noticias, aunque mi hermano me había dicho la orden que mi padre había dado, aún contaba con una pequeña chispa de esperanza. Sin embargo, está se opacó cuando un guardia informo sobre la decisión del rey y cuando las doncellas junto a otras mujeres empezaron a guardar mis cosas.
Todas habíamos sido invitadas al jardín, dónde almorzaremos con mi madre y después en la noche se haría una cena, la última con todos reunidos, para posteriormente irnos a nuestros nuevos hogares o infiernos. Todo dependía.
Por mi parte estaba enojada, con mis padres, con mis hermanos y hermanas. Habían aceptado todo sin siquiera protestar, estaban escogiendo nuestro destino que pasaría a un hombre el cual seguiría reprimiendo nos. Estaba cansada de esta monarquía y sus estúpidas necesidades. Algunas iríamos para mantener una alianza con hombres de buenas familias y todo por los beneficios de la corona. ¿Pero qué sucedía con nosotras?. Solo éramos mujeres las cuales estaban destinadas a una vida de sumisas, teniendo que procrear herederos, para el colmo varones.
No era que no quisiese tener hijos, de hecho era algo de verdad consideraba, sin embargo, no quería tenerlos únicamente para la felicidad del que sería mi esposo. La felicidad tenía que ser mutua y tener hijos, sin embargo, tenerlos sin amor me parecía una atrocidad. Quizás por lo que presenciaba en casa. Mi madre no había sido aceptada solamente hasta que tuvo un heredero varón, sé que nos ama a todos por igual, sin embargo, el dolor y el rechazo que le hizo pasar mi padre fue algo que todos conocimos, incluso yo que fui la última.
Incluso cuando tuvo un hijo con otra mujer, ella quedó destrozada, sin embargo, mi padre se disculpó con ella, al parecer aquello funcionó, pues continuaron como si nada pasará. Con la excepción que el hijo fue reconocido y tratado casi igual que mi hermano. Ya que Sebastián fue el primero en nacer, por lo tanto, el que heredará el trono una vez que mi padre muriese o quisiese abandonar el puesto.
— ¿Alteza, quiere que la ayudemos a escoger lo que usará está tarde? — pregunto una de mis doncellas.
— Si, claro — respondí sin emoción.
La realidad es que no me sentía con emoción de asistir, aún seguía dolida y algo molesta, quizás no lograría nada seguir con este humor, pero tenía todo el derecho de hacerlo. Más no importaba cuántas rabietas hiciera, todo estaba hecho y no podía hacer nada, solo avanzar con firmeza.
— Creo que iré a los jardines — indique a mis doncellas.
— ¿La acompañamos a lo lejos? — pregunto una de ellas, pues aunque no quisiese ellas debían de estar al pendiente de mi seguridad y más cuando pronto debería estar de camino a casa de mi futuro marido.
Solamente de pensarlo hacía que mi estómago diera vueltas, mi ánimo disminuyera y mis pensamientos se llenarán de preguntas que me aterraba.
¿Y si es alguien mayor?, ¿Será de procedencia buena?, ¿Me tratara bien?, ¿Tendré que darle hijos?.
Eso último me dejó atemorizada, no estaba lista, no ahora, únicamente tenía diecisiete años, los había cumplido el anterior año y aún faltaba mucho para mi doceavo cumpleaños. Definitivamente, no estaba lista para dar hijos. Aún tenía muchos planes.
Un suspiro de cansancio salió de mis labios, masajee mi cabeza, me sentía tan abrumada.
— ¿No es muy temprano para estar aquí? — una voz familiar sonó, poniéndome en alerta.
— Nada más quería tomar aire — solté sin dar muchas explicaciones, ahora no quería tener una conversación.
— ¿Todo bien?, ¿Estás teniendo una mañana mala? — pregunto Lorian con duda.
— Estoy de maravilla — el sarcasmo fue evidente y él solo me miro como si tuviese algo en la cara.
— No comprendo tu humor — dijo sin más.
— ¿Cómo podrías comprenderlo? — pregunte con ironía, estaba fastidiada y su intento de charla me estaban poniendo peor.
— ¿De qué hablas? —con confusión me miró.
— Está más que claro, eres hombre, mi padre te adora al igual que Sebastián, a ti no te enviaran a un lugar desconocido y te ofrecerán como trofeo — el enfado fue evidente en mis palabras que incluso él retrocedió.
— Oh, estas molesta por la orden que dio el rey — dedujo.
— ¿Enserio solamente eso dirás? — espere su respuesta, sin embargo, desee no haber preguntado.
— Bueno, él es el rey, sabe lo que hace y si se tienen que ir deben irse — subió los hombros demostrando que no le importaba en nada la situación. ¿Y por qué debería?, él no estaba involucrado.
— ¿Eres consciente de lo que has dicho? — brame con enojo.
— Únicamente dije la verdad — se excusó sin mostrarle importancia a la plática.
— Sabes algo Lorian, púdrete — antes de que él dijera algo me fui, no quería problemas el último día en el que estaría aquí.
Con apurancia cruzo el jardín, en busca de mi lugar seguro, la prisa fue tanta que incluso perdí a las doncellas y eso era mejor, pues quería estar sola.
— ¿Por qué ahora?, ¿Por qué son tan complicados? — lágrimas empezaron a derramarse dejándome con la vista nublada, más no importo.
Los minutos pasaron y me sentía casi igual, se aproximaba la hora del almuerzo y no tenía ánimos solo quería estar encerrada en este bello sitio, era algo pequeño, pero perfecto, venía aquí cuando me sentía afligida o si algo me sucedía aquí acudía. Pocos sabían de este sitio y eso era mejor, pues casi nadie llegaba y los que sabían de su existencia conocían que era mi lugar.
Con resignación fui a mis aposentos y para mi sorpresa mis doncellas tenían todo listo para el almuerzo. Sin más me encaminé a la habitación de baño y dejé que ellas hicieran su trabajo, mientras intentaba relajarme.
Cuando estuve al fin lista baje, en busca de mis demás hermanas las cuales seguramente se verían radiantes. Esta tarde sería agradable, pues con mi madre todo era fácil, lo único que me preocupaba era lo que sucedería en la cena y después de ella.