El último caballero del Desierto

2009 Words
Después de suplicar con la mirada al taxista, Amelia pagó al conductor y este se marchó en su camino. Ella se acercó y me ayudó con mis maletas, guiándome hacia la propiedad. El lugar era bastante grande en comparación con las casas vecinas; tres casas se alineaban en la propiedad, y un cartel en la entrada indicaba que estaban disponibles para alquilar. No podía evitar preguntarme cuál de las tres casas sería la de Amelia, pero mi atención fue desviada por la presencia de dos perros medianos y peludos, uno n***o y otro blanco. Me escondí detrás de ella mientras los perros ladraban, sintiendo un poco de aprehensión. Ella intentó tranquilizarme—No te harán nada. —Prefiero no comprobarlo—Respondi Finalmente, entramos en la segunda casa, que parecía más pequeña desde el exterior, pero quizás tenía un espacio más amplio en su interior. La fachada era blanca, aunque las ventanas y cortinas no eran precisamente de buen gusto. Mientras rodeábamos la casa y nos acercábamos al jardín trasero, quedé sorprendida por la escena que se desplegaba ante mis ojos. El jardín parecía una escena sacada de un jardín de infantes, lleno de niños riendo y jugando. Entre risas y alegría, noté rosas, una pequeña huerta y una mesa llena de comida. Un cartel llamó mi atención: —Bienvenida Isabel—. Me molestó ver el nombre allí. El primer rostro que se me acercó era el de un hombre de edad similar a la de mi padre. Me examinó con atención y luego me sonrió. Sus ojos color café me miraron con calidez, y su cabello oscuro y vestimenta casual le daban un aire amigable. —Mucho gusto, Isabel. Es un placer conocerte—dijo, tomando mi mano y depositando un beso en mi mejilla. —El es Bastián, mi esposo—, agregó Amelia. Pero mi atención fue robada por una niña de unos trece o catorce años que se me acercó. Con cabello castaño hasta la cintura, ojos verdes claros y piel blanca, llevaba unos shorts vaqueros y una blusa roja. —Eres más linda que en las fotografías—, comentó. Parecía que había decorado el jardín en mi honor. —Sí— respondí, ajustando mi cabello mientras observaba el entorno. —Ella es Abril, tu hermana. Y aquel alboroto es Alan—Señaló a un niño de cabello oscuro y ojos avellana, que parecía estar concentrado en jugar con otros dos niños de la misma edad, aparentemente gemelos. —¡Todos son tus hijos!— exclamé con asombro. Un joven rubio y de ojos grises, que no dejaba de observarme desde mi llegada, estalló en carcajadas. No pude evitar notar lo atractivo que era, alto y bien formado. Vestido con una remera musculosa blanca y jeans negros, se acercó lentamente y me abrazó, permitiéndome inhalar su colonia. —Soy Ben, tu hermano mayor—, afirmó con una sonrisa. Intenté apartar los pensamientos inapropiados de mi mente, recordándome a mí misma que era mi hermano. Me sentí avergonzada por siquiera haberlo considerado. —Tus hermanos somos Abril, Alan y yo. Los gemelos son hijos de Bastián y su antigua esposa— Explicó Ben.— Los tres somos hijos de Flavio y mamá. —Flavio es el nombre del señor de la comisaría, ¿verdad?—Pregunté. Ben rió a carcajadas: —No me sorprende que ese hombre no te haya dicho su nombre —No empieces, Ben—, le reprendió su madre. —De verdad, no me recuerdas—, mencionó él con una expresión herida.— No recuerdas nuestros juegos infantiles ni cuando me obligabas a tomar té contigo y tus muñecas. Negué con la cabeza, sintiendo que mi cabeza daba vueltas. —Bienvenida a la familia, Isabel. No tienes idea de cuánto tiempo tu madre te ha buscado y cuánto ha llorado por ti—Expresó Bastian. —Lo siento mucho por la pérdida de su hija, pero yo no soy ella— respondí, tratando de ser firme.—Quizás hubo un error en la prueba de ADN. —Tú eres mi Isabel, eres mi niña— insistió Amelia —Tal vez el ADN se equivocó — Repliqué — Tú no eres mi madre y me iré con ella. Afirmé, viendo cómo las lágrimas caían por sus mejillas. Sentí la mirada asesina de su hijo y noté que los vecinos también estaban observando. —Lo siento, señora, pero tengo que irme—, anuncié. —Eso no va a suceder—, dijo Amelia, tomando mi brazo. —¡Claro que sí! ¡Me voy!— Tomé mis maletas y salí de la propiedad. Vi cómo Ben me seguía con determinación, así que mi corazón latió con fuerza mientras tomaba una decisión rápida. Sin pensarlo dos veces, aceleré el paso, dejando mis maletas caer en el suelo con un estruendo sordo y agarré mi cartera con firmeza. La adrenalina comenzó a bombear en mi sistema mientras mis pies golpeaban el pavimento con agilidad. Corrí lo más rápido que mis piernas me permitieron, cada paso me alejaba más de Ben, pero sabía que él también era veloz. Escuché sus gritos llamando mi nombre, pero decidí fingir que no lo escuchaba. Era crucial mantener mi distancia. Mi mente estaba llena de pensamientos apresurados, y sabía que cada segundo contaba. La sensación de libertad y temor se mezclaban en un torbellino dentro de mí. Tenía una meta en mente: alejarme lo más posible de ese lugar y encontrar ayuda. Con cada zancada, el sonido de mis latidos retumbaba en mis oídos. Mi respiración se volvió más agitada a medida que continuaba corriendo, concentrada en mantener mi ventaja. Tenía claro que si me atrapaban, mi situación podría empeorar considerablemente. Después de lo que pareció una eternidad, finalmente llegué a un callejón que parecía abandonado. La luz del sol se filtraba débilmente entre los edificios circundantes, creando sombras inquietantes en el suelo. A lo lejos, divisé las luces destellantes de un sitio de taxis, una esperanza en medio de la desesperación. Mi pecho subía y bajaba con rapidez debido al esfuerzo físico, pero mi determinación seguía intacta. Me acerqué al sitio de taxis con pasos agotados pero decididos. Las luces destellantes parecían un faro de seguridad en medio de la oscuridad. Mi mente estaba centrada en mi objetivo: encontrar un conductor dispuesto a llevarme lejos de esa situación. Sabía que debía actuar con rapidez, ya que Ben podría estar cerca. —¡Isabel!— Su voz resonó en el aire mientras se acercaba. Continué corriendo, decidida a encontrar un lugar seguro. Sin previo aviso, un hombre apareció frente a mí, y no podía evitar quedarme boquiabierta ante su presencia. Era de mi edad, tal vez un poco mayor, y tenía una apariencia impresionante. Alto, esbelto, tez blanca, cabello castaño claro y desordenado, ojos chocolate que destilaban una mezcla intrigante de dulzura y arrogancia. Vestía unos shorts negros con una raya blanca, tenis azules y una remera musculosa negra. —¿Te perdiste, preciosa?—preguntó con una sonrisa. Mis palabras salieron apresuradamente mientras señalaba a Ben, que se acercaba corriendo pero aún estaba a cierta distancia. —Necesito tu ayuda, ese tipo quiere secuestrarme. Él y toda su familia están dementes—, expresé con urgencia. El joven desconocido se acercó a mí con una sonrisa tranquila. —Tranquila, yo me encargo de ese demente—, respondió, infundiendo una sensación de alivio en medio de mi confusión. Sin embargo, temía que distraer a Ben mientras buscaba un taxi fuera una tarea difícil. — Al menos hay un caballero en este desierto.— Digo —Por supuesto, bella Isabel.— Afirma La mención de mi nombre me irritó. —¡Ese maldito nombre!—, exclamé, intentando dar un paso para alejarme. Antes de que pudiera escapar, el desconocido me sujetó firmemente de los brazos. Mi corazón latía con fuerza mientras la situación se intensificaba. En un abrir y cerrar de ojos, Ben estaba a nuestro lado, llegando en un intento por intervenir. —No puedes con una niñita, idiota—, expresó Ben con una mirada asesina, revelando que se conocen. Un rastro de complicidad se dibujó en el rostro del desconocido —Claro que puedo—, afirmó el desconocido con una seguridad que parecía desafiar a Ben. El intercambio de miradas y palabras estaba cargado de tensión. —¡Estás loca! ¿No sabes lo peligroso que es este lugar, Isabel?—, gritó Ben, su preocupación evidente en su voz. —Peligrosa es tu loca familia. Y no vuelvan a llamarme Isabel, porque ese no es mi nombre—, respondí con firmeza, reflejando mi creciente frustración. —Bien, Sirenita—, mencionó el desconocido, agregando un tono burlón que solo aumentaba mi molestia. Rodé los ojos en respuesta a su comentario, llamándolo idiota. Las risas del desconocido llenaron el aire, mientras se burlaba de ser el —Soy el último caballero del desierto—, una referencia a mi comentario. —Deja tus juegos, Chema, y ayúdame a llevarla a casa—, ordenó Ben con autoridad, destacando una dinámica que sugería una historia compartida entre ellos. —Tu mandas—, cedió Chema, y antes de que pudiera reaccionar, me cargó en su hombro. Mis intentos de escapar se manifestaron en gritos desesperados, como si mi vida estuviera en peligro. —¡Suéltame! ¡Suéltame!—, clamé en medio de mi lucha, mientras Chema seguía cargándome sin inmutarse. —¡Ya, cállala!—, exigió Ben, su paciencia llegando a su límite. —Isabel, ya basta—, ordenó Chema con un tono más calmado, aunque mi resistencia no cedía. El sonido de sirenas rompió el aire, y una patrulla se acercó al lugar. Un oficial bajó de la camioneta, evaluando la situación con mirada seria. —¿Qué ocurre aquí?—, preguntó el oficial, evidenciando que algo inusual estaba ocurriendo. —No es nada, oficial. La hermana de mi amigo está teniendo un episodio—, trató de explicar Chema, buscando minimizar la situación. Desesperada por mantener mi actuación, lleve mis manos a mis mejillas y comencé a fingir sollozos, tratando de darle credibilidad a la historia inventada. —Estos tipos me trajeron a este lugar apartado... querían secuestrarme—, inventé, mientras mantenía mi interpretación. —¡Cállate!—, exclamó Chema, tratando de detenerme. —¡Suéltala!—, intervino el oficial, levantando la voz y apuntando a Chema con un arma improvisada. El tenso enfrentamiento dejó a Chema sin opción más que bajarme al suelo, aunque sus ojos aún mostraban resistencia. El oficial parecía tener experiencia en este tipo de situaciones. —No son los primeros desgraciados que traen jovencitas aquí para abusar de ellas—, declaró, reforzando mi narrativa. —No somos abusadores, dilo claro, niña—, instó Chema con frustración. —Isabel es mi hermana, dilo—, ordenó Ben, defendiendo mi identidad falsa. Me presenté formalmente, tratando de mostrar cooperación. —Mi nombre es María Fernanda Castilla, y no tengo nada que ver con ellos. Puedo mostrar mi documento si lo desea—, mentí con aplomo. El oficial tomó el control de la situación, pidiendo que los acompañáramos para presentar una denuncia. Yo solo quería regresar a casa, pero mi resolución se mantuvo firme. —Solo quiero ir a casa por ahora. Más tarde iré con mi abogado para denunciar a estos desgraciados—, decidí, convencida de que mi conocimiento legal me protegería. En cuanto los subieron a la patrulla, aproveché la oportunidad para ir al sitio de taxis y pagar con una pulsera de oro, asegurándome de que se fuera antes de que pudieran cuestionar mi identidad. Con un entendimiento de las leyes, sabía que no podrían retenerlos por más de cuarenta y ocho horas si no presentaba una denuncia formal. Mi mente estaba llena de intriga y determinación mientras me alejaba de la escena. Había tomado un riesgo calculado, pero sentía que mi determinación y conocimiento me llevarían a través de esta complicada situación.
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