2018
―¡¿Qué diablos, Shaw?! ―ruge Aiden cuando, con el celular entre mis manos y mi boca ligeramente abierta, me giro para verlo.
Su rostro está... rojo. Jamás en mi vida había visto alguien con el rostro tan rojo como está el de Aiden en este momento; cada tramo de su piel parece inyectado en sangre, una vena que nunca había visto en él se acentúa en su frente y sus fosas nasales se abren con cada respiración que toma. Respiraciones que obligan a su pecho subir y bajar, muy lento, haciendo que con cada segundo parezca más intimidante.
―Lo que viste fue a mí intentando conseguir mi propia rata de laboratorio ―digo orgullosa de mí misma.
―¡Y una mierda! ―exclama poniéndose de pie a mi lado y apretando los puños―. ¡Te tocó! ¡El maldito imbécil te tocó! ―grita con sus ojos cerrados.
Una pequeña sonrisa toma lugar en mis labios.
―Oye, solo puso sus manos en mi trasero ―intento aligerar―. Además solo fue porque...
―¡¿Solo eso?! ¡¿En serio, Jordan?!
Oh, mierda. Mi sonrisa se desvanece tan pronto como me percato de su expresión colmada de enojo. Él realmente parece furioso.
―N-no es como si me hubiese tocado mucho ―logro titubear.
Ante mis palabras, Aiden parece crecer. Todo su cuerpo se endurece y es como si su pecho acabase de expandirse para hacerlo lucir gigante. Me siento incómoda.
―¡¿No es como si te hubiera tocado mucho?! ―Sé que él solo está repitiendo alguna de mis palabras, pero su tono es deliberadamente más alto. Mucho más alto―. Él te... yo... ¡mierda! ―farfulla cuando su intento de hablar termina en silencios prolongados. Lleva una mano a su cabeza y la arrastra por su cabello con frenesí―. ¡Maldita sea! ―grita a continuación, y sin dar explicaciones, sale echando humo de allí.
Tardo en reaccionar, y cuando lo hago, corro tras él. ¿Qué fue todo eso? Logro mantenerlo en mi campo de visión mientras él se aleja, pero los cuerpos moviéndose alrededor no parecen querer hacerme el trabajo fácil. Empujo unos cuantos, disculpándome con cada paso, y cuando logro atravesar la pista y salir fuera del bar, he perdido de vista a mi amigo y una brisa fría me hace estremecer.
Miro alrededor, intentando encontrar algo que me dé una pista sobre dónde puede haberse metido Aiden, cuando me encuentro con el cuerpo rígido de Kyle en la entrada. Él me mira, todavía con sus brazos cruzados sobre su amplio pecho, pero no parece sorprenderse por mi presencia.
―¿Has visto a Aiden? ―le pregunto acercándome unos pasos a él.
Escucho algunos susurros de personas que salen detrás de mí; la música siendo amortiguada por las paredes del lugar hacen que parezca un zumbido en el exterior. Pero Kyle ni siquiera abre la boca para responderme.
―¿Lo has visto? ―insisto creyendo que no me escuchó la primera vez.
Asiente con su cabeza, dubitativo, y se inclina hacia una silla que hay a su lado. En ese preciso instante, me llega una pista. La chaqueta azul marino de Aiden es sostenida por una mano de Kyle; él me la ofrece.
―Me pidió que te diera esto para que te cubras del frío. Se fue ―dice resumidamente.
Mis ojos se abren como plato.
―¿Se fue? ―Mi voz se oye lejana.
Kyle suelta un suspiro cansado.
―Cógela y póntela ―apenas dice, incentivándome a coger la chaqueta pero sin confirmar mi pregunta.
Aunque es obvio lo que dijo: Aiden se ha ido, me ha dejado.
Asintiendo conmocionada, agarro la prenda azul con un suave tirón y camino hacia un taxi que se encuentra estacionado junto a la acera. Solo por una fracción de segundo estoy feliz de vivir en Weakland y que pasada la medianoche hayan taxis vacíos esperando ser ocupados. Me subo y le doy mi dirección a un hombre calvo, todavía anonadada por haber sido abandonada por mi mejor amigo. Por primera vez desde que lo conozco.
―Deja de balbucear para ti misma ―me dice Paige minutos después de habernos sentado para tomar nuestro café a primeras horas de la mañana.
Apenas son las ocho, de un sábado, y ambas estamos iniciando el día sentadas junto a una redonda mesa en medio de la cocina-sala de estar.
Suspiro y, sin querer, vuelvo a balbucear.
―¿Quieres decirme de una vez que te sucede y dejar de lucir tan patética? ―bromea Paige.
―Aiden se enojó conmigo y no ha respondido a ningún texto de los cientos que le he mandado en toda la noche y lo que va de la mañana ―dejo salir con prisa, cogiendo aire al final.
―¡Vaya! ―parece sorprenderse―. Y yo pensé que era frustración por no encontrar un chico malo ―ríe.
Paige es brutalmente positiva y un tanto sarcástica, algo que la hace parecer burlesca la mayor parte del tiempo. Muchos no entienden su humor como yo lo hago, y creo que por esa razón me llevo bien con Paige. Ella es como una hermana mayor para mí.
De pronto, mis pensamientos se ven eclipsados por las últimas palabras dichas por ella. Pero, por alguna razón, solo me encojo en mi lugar.
―Creo que lo encontré ―le confieso.
―¿Encontrar qué? ¿A Aiden? ¿Se había perdido? ―indaga con curiosidad, dándole una mascada a su tostada con jalea.
Ambas le damos un sorbo a nuestros cafés y yo me tomo un tiempo para encontrar las palabras justas para explicarle a Paige lo que pasó la noche anterior.
―Puede que haya encontrado a un chico malo ―susurro, ella se ríe con incredulidad―, y puede que mi pelea con Aiden tenga relación con eso ―añado insegura.
―¿Puede? ―repite.
―Ya sabes, solo coqueteé un poco con el chico malo ―intento minimizar.
Paige eleva una ceja.
―Luego Aiden se enojó ―alargo.
―Y eso quiere decir que te llamó por tu nombre, alzó la voz más de lo normal y se rascó la cabeza como un maniático ―resume ella, dándole en el clavo a todas sus suposiciones.
Excepto que le faltó una.
Es un hecho que Aiden es predecible y no solo para mí. Desde que comencé la Universidad, seis meses atrás, y conocí a Aiden, Paige suele pasar bastante tiempo con ambos. Somos una especie de trío inseparable. Paige vive junto a mí debido a su falta de amigos, yo junto a ella por necesidad de apoyo moral, y Aiden conmigo porque no parece tener suficiente con sus otras amistades. Por ende, tanto mi prima como yo sabemos la reacción normal de Aiden ante un ataque de sobreprotección. Él me dirá «Jordan» con tono duro, contrario a siempre que me llama por mi apellido, luego me gritará por algún estúpido motivo y se pasará la mano por la cabeza como si fuera un tic nervioso, en un intento fallido de calmarse.
―Esta vez me abandonó ―me animo a confesar en un susurro.
―¿Te he dicho que es dramático? ―le quita importancia Paige―. Porque lo es.
―¡No tiene derecho a enojarse porque coqueteo con alguien! ―farfullo―. Y encima ni siquiera iba en serio ―me quejo.
Paige ríe por lo bajo.
―Va a explotar si sigue guardando silencio ―dice antes de darle un último trago a su café y ponerse de pie.
―¿A qué te refieres? ―inquiero confusa por su repentino comentario.
Sacude la cabeza con evidente diversión pero se niega a compartir su pensamiento.
―Iré a la biblioteca. ¿Necesitas que te traiga algo? ―duda poniéndose una sudadera que le queda varias tallas más grande.
―Necesito que traigas a Aiden ―siseo desanimada.
―No hago magia, lo sabes ―musita en un intento de hacerme sonreír―. ¿Y bien?
―No, nada ―digo respondiendo a su primera pregunta.
Asiente con compasión y tras coger un par de cuadernos y ponerse sus anteojos, sale del departamento.
Me quedo sola, con mi café casi frío y una dona a medio comer.
Sé que debería sentirme extasiada, eufórica, más que feliz por haber conseguido al menos el número de un chico malo, pero la sensación de triunfo ni siquiera ha hecho el amague de aparecer. ¿Así se siente después de conocer a un chico malo que me ayudará, si todo sale como lo planeado, a acreditar una materia de la Universidad? ¿Así es como se siente haber sido abandonada en el bar por un mejor amigo? Suspiro y decido tirar lo que queda del café por el fregadero de la cocina, incapaz de darle un mordisco más a la dona con glaseado blanco que quedó sobre la mesa.
Me decido a arrojar la dona al tacho de residuos para que Paige no me recriminé el comer poco, cuando mi móvil comienza a sonar. Sé, por el inicio de la canción que suena, que es Aiden. Él es fanático de las fiestas electrónicas, y por ende, amante de la música bulliciosa; él fue quien seleccionó este tono para identificar sus llamadas.
―¿Aiden? ―Mi voz sale comprimida, casi como si estuviese quedándome sin aire.
―Lo siento, Shaw. De verdad. Fui un idiota contigo. Me sentí terriblemente molesto al ver cómo él te tocaba y tú no lo alejabas. Él te manoseó, literalmente. Y tú te dejaste. Y sé que fue por la estúpida cosa esa de es-mi-chico-malo y soy-Jordan-me-gustan-los-desafíos-Shaw, pero fue la cosa más estúpida que has hecho desde que te conozco. ¡Eso que has hecho cosas estúpidas! ―recalca―. Solo quiero que sepas que me sentí impotente. Él bien podría haber abusado de ti delante de mis ojos y yo habría seguido estupefacto, inmóvil, sin saber cómo mierda reaccionar. Todo me cogió desprevenido. Tú me cogiste en frío ―alarga sonando confundido y tenso a la vez―. Seguramente piensas que soy un idiota, y en eso tendrías razón. Se supone que soy tu amigo, que debo protegerte, que nada te pasará estando a mi lado. ¡Diablos, Jordan! ¿Acaso siquiera pensaste en lo que hacías cuando te plantaste frente a él y simulaste ser una pequeña gatita? Fue... fuiste... no sé a qué estabas jugando, pero él se aprovechó de la situación, ¿sabes? Y tú le seguiste el juego ―oigo que dice antes de soltar varios injurios y su voz adopte un tono bajo―. ¿En qué estabas pensando? Si realmente te gusta, es comprensible, pero que lo hayas hecho por esa materia optativa…―suspira y casi puedo verlo llevándose una mano a la nuca―. Juro que si vuelves a hacer algo como eso, te cargaré en mis hombros y te encerraré en mi departamento hasta que pienses con claridad. Lo juro por mi vida ―gruñe.
Mi interior es una mezcla extraña de sentimientos.
―¿Terminaste con tu discurso, Miller?
―Sí ―dice, por su tono bajo, entre dientes.
―Bien ―respondo, y sin dirigirle otra palabra, corto la llamada.
¡Maldito bastardo que se cree mi padre! Apenas he podido dejar el móvil sobre la mesa cuando vuelve a sonar. Es él, otra vez.
―Vete a la mierda ―digo apenas respondo.
Y le vuelvo a cortar para que esté seguro que la primera vez no fue accidental y que realmente no quiero hablar con su faceta idiota.
Inmediatamente apago el móvil y decido que este día será mi Día Paige, como yo suelo decirle a todos sus días. Lo que quiere decir que me esconderé bajo ropa grande ―mi pijama, por ejemplo―, me hundiré entre las páginas de algún libro e ignoraré al resto del mundo. Como hace Paige desde que vivimos juntas.
Son las seis de la tarde cuando mi estómago comienza a gruñir. He pasado horas atrapada en un libro, siendo todos los personajes y al mismo tiempo ninguno. Todavía me quedan unas cuántas páginas, sin embargo, recuerdo que mis padres no tardarán en llegar y debo estar lista para entonces.
Para lo que no estoy lista, cuando ha pasado media hora y estoy bañada y con mi ropa de andar en casa, es para abrir la puerta y encontrarme con Aiden.
―Momento equivocado ―murmuro cerrándole la puerta en la cara.
―¡Abre ahora o juro que...!
―¿Aiden? ―Oh, mierda, no.
La voz de mi mamá hace que quiera cavar un pozo aquí mismo y enterrarme, y que alguien me cubra rápidamente con mucha tierra. Apego mi oreja a la puerta aún cerrada.
―Señor y señora Shaw―oigo que saluda, adoptando un tono totalmente diferente al de segundos antes.
―¿Está Jordan allí dentro? ―pregunta mi papá con su tono ligero pero cargado de suspicacia.
―N-no lo sé ―tartamudea. ¿Aiden cubriéndome? Vaya sorpresa―. Justo vine para hacerle una visita. No sabía que ustedes vendrían hoy ―agrega sonando sincero.
Sincero y una mierda. Él sabía perfectamente que mis padres vendrían esta noche, yo se lo había dicho días atrás, y... ¡oh! Imbécil, me digo a mí misma mientras apoyo mi frente en la puerta y me contengo de darme un par de golpes sobre ella.
Claro que Aiden lo sabía. Él solo se está aprovechando de la situación para obtener algo, algo que sé perfectamente qué es: hablar conmigo.
―He estado llamando a su móvil y no contesta ―prosigue―. Pensé que le había sucedido algo.
―¿No contesta? ―pregunta mi mamá con preocupación bañando su voz, comenzando a aporrear la puerta con énfasis.
¡Aiden, maldito engendro del demonio disfrazado de chico bueno! El muy idiota sabe cómo alterar a mis padres y hace uso de ello. Inmediatamente, sé cuál será mi reacción y lo que Aiden sabía que yo haría. Abro la puerta incapaz de hacer que mis padres se preocupen más.
―Cariño ―dice con repentino alivio mi madre, abalanzándose sobre mí apenas me asomo por el umbral. Le devuelvo el abrazo y soy consciente de los ojos de Aiden puestos en mí―. ¡Me tenías preocupada!
Desde hace unos segundos mamá, quiero recordarle. Si no hubiera sido por el comentario de Aiden, ella jamás se habría preocupado, o no tanto, al menos. Afloja su abrazo y saludo a mi papá, él me sonríe cálidamente cuando me aparto de sus pesados brazos.
―Tenías a este muchacho bastante preocupado ―dice él señalando a Aiden.
Lo miro por obligación y lo noto encogerse en su lugar, como si eso pudiese librarlo de la culpa.
―Hola, Sha... Jordan―murmura.
Y esta es otra de las pocas ocasiones en las que él dice mi nombre. Lo hace porque a mis padres les parece una falta de respeto que alguien me llame por mi apellido cuando ellos estuvieron nueve meses pensando un nombre para mí. O algo así le dijeron a Aiden cuando lo conocieron y éste, por costumbre, me dijo Shaw.
―Hola ―le devuelvo tajante. E incapaz de seguir mirando su mohín suplicante, me giro hacia mis padres. Ellos me sonríen―. ¿Y Taylor?
Al oír mi pregunta, puedo ver cómo Aiden se tensa.
―Quedó en casa con Peyton, su amiga ―contesta mamá, y aunque realmente quiero ignorar la presencia de Aiden, le oigo soltar un suspiro de alivio.
Taylor es mi hermana menor. Muchos dicen que ella es una versión miniatura de mí por los rasgos tan parecidos que heredamos de nuestra madre. Sin embargo, yo no encuentro ese parecido. Tay tiene unos hermosos y grandes ojos verdes, como los de mi padre, a diferencia de los míos que son café. Su tez es más pálida que la mía y, a pesar de que tiene doce años, tiene pómulos definidos y labios más gruesos que los míos. En cuanto a la personalidad, nos diferenciamos aún más; donde Tay es simpática y totalmente extrovertida, yo soy apenas amable e introvertida. No es que sea huraña del todo, pero no soy tan abierta a la gente como lo es ella.
Por un instante, me hago la idea de Tay aquí y sonrío mostrando todos mis dientes. Si tan solo ella hubiera venido, pienso, mirando a Aiden.
―La próxima vez quiero que venga. La extraño mucho ―confieso siendo honesta en mis palabras, pero diciéndolo en ese momento para ver la reacción de mi amigo.
Sin poder evitarlo, él se estremece. Yo rio.
De las tres veces que él ha visto a mi familia completa, las tres veces ha sido el centro de atención de mi hermana menor. Ella lo ama seriamente. Desde que lo conoció, su flechazo no ha hecho más que aumentar. Y Aiden me ha pedido, varias veces, que lo salve de sus pequeñas garras. Como siempre, lo he ignorado; es divertido verlo intentando zafarse de las preguntas y el coqueteo ingenuo de Tay. «Tengo miedo que la próxima vez me proponga ser su esposo, Shaw» me dijo Aiden después de la última vez que la vio. Me le reí en la cara. ¡Vamos! Tay es apenas una chiquilla, yo también me enamoraba a simple vista cuando tenía doce.
―De acuerdo. Siéntense ―murmuro señalándoles el sofá―. Yo me encargaré de la comida.
―Te ayudo ―se ofrece Aiden.
Mis cejas se arquean en su dirección. ¿Desde cuándo te interesa la cocina, Miller? Sus labios se aprietan en respuesta a mi ceja levantada.
―Esperaremos aquí ―dice mamá interrumpiendo nuestro contacto visual.
Asiento, no muy segura, y camino los dos pasos restantes hasta llegar a la encimera. Gracias al cielo, nada se interpone entre el sofá donde están mis padres y la esquina donde está la cocina, porque no estoy segura de poder estar con Aiden a solas. Él llega a mi lado y nuestros hombros se rozan.
―Tenemos que hablar ―susurra.
Su voz es tan baja que apenas yo la escucho.
―Ahora no ―respondo.
Y esperando que mis padres no se hayan dado cuenta de nuestro pequeño intercambio de palabras, abro el refrigerador y extraigo un tupper con salsa roja que Paige preparó días atrás.
―Haré espaguetis, ¿está bien? ―pregunto sobre mi hombro en dirección a mis padres.
Están concentrados en el televisor frente a ellos. Un programa donde celebridades compiten rellena la pantalla. Mamá se gira un poco sobre el espaldar del sofá y me guiña.
―Claro que sí, cariño ―afirma.
Me estoy por girar para buscar una cacerola donde poner con agua cuando la puerta se abre y entra Paige; tiene la sudadera puesta y lleva bastantes libros en sus brazos.
―Hola tía, hola tío ―dice en cuanto logra deshacerse de los libros, dándole un abrazo a cada uno.
Para mis papás, Paige es como otra hija. Cuando mis tíos fallecieron, tres años atrás, ella se fue a vivir a mi casa. Fueron tiempos difíciles para todos, pero sobre todo para mi prima; se tuvo que mudar de ciudad en su último año de preparatoria, perdió no solo a sus padres sino también a sus amigos y a su novio. Fue distinta a partir de entonces. Comenzó otra vida, sonriente y como si no hubiera pasado nada. Nunca la vi llorar, aunque eso no significa que no la escuché un par de noches cuando compartíamos habitación en mi casa y ella creía que yo dormía. Sin embargo, prefería verla sonreír en vez de llorar. Sonreír como lo hace en este momento mientras mira de Aiden a mí, una y otra vez.
―Hola perdido ―le dice.
Y sin otra palabra, se mete a su habitación.
Cuando sale, con el cabello húmedo y con ropa diferente pero igual de holgada, yo estoy terminando de escurrir los fideos en un colador. La salsa se está calentando en una hornalla sobre la cocina mientras Aiden la revuelve.
―Huele maravilloso ―dice Paige arrimándose a mí y buscando un bowl para servir los espaguetis.
Me encargo de poner los platos y vasos sobre la mesa, intentando mantenerme lo más lejos posible de Aiden. El silencio entre ambos es, de una manera extraña, agotador. Él se la ha pasado abriendo la boca y vacilando, como si tuviera algo para decir. Pero sabe que no lo escucharé, por eso se detiene cada vez.
Estamos sentados todos alrededor de la mesa cuando me doy cuenta de cuán perdida en mis pensamientos estoy que no le presto atención a mis padres.
―¿Lo ves, Jeff? ―insiste mamá dirigiéndole una sonrisa divertida a mi papá. Se lleva un tenedor con pastas alrededor a la boca y parece disfrutar del sabor. Traga y se limpia la comisura de los labios con una servilleta―. Siempre te dije que estas niñas cocinan de maravilla.
Ruedo los ojos.
―Solo puse las pastas en el agua hirviendo, mamá. Y la salsa la hizo Paige ―le recuerdo.
―Muy rico, niñas. Pero creo que solo cocinan cuando venimos nosotros ―repone mi papá tomando un trago de vino. Siento encogerme en mi lugar―. ¿Es así?
―No, tío. Comemos bien todos los días ―dice Paige.
Asiento en confirmación aunque por dentro sé que es mentira, por lo menos, de mi parte.
―¿Y a qué se debe que estés tan delgada, Jordan? ―inquiere él.
Me muerdo el labio sabiendo que este interrogatorio no terminará bien.
―Solo... solo estoy estresada por un trabajo de la uni, papá ―intento excusarme―; es normal que haya adelgazado ―miento.
―No es normal ―murmura para sí.
De repente, siento la tensión creciendo sobre la mesa.
―No se preocupe, señor Shaw. Me encargaré personalmente de que Jordan coma todos los días ―interviene, sorprendiéndome, Aiden.
No había dicho palabra desde que se lo impedí media hora atrás. Papá lo mira con detenimiento, luciendo interesado.
―¿Me lo prometes, muchacho?
Su mirada es desafiante.
―Lo prometo, señor Shaw―asegura Aiden.
―La próxima vez que venga, quiero que se note que está comiendo ―renueva mi padre.
Dejando el tenedor repleto de espagueti sobre el plato, alzo la mano.
―Oigan. Nadie me obligará a comer. Y no estoy tan delgada ―reprocho.
Esta vez, ambos me miran con dureza.
―Mantén un ojo sobre su comida ―le dice mi papá a Aiden, como si yo no hubiese hablado.
―Lo haré ―responde él.
―¡No! ¡No lo harás! ―niego. Miro a mi mamá en busca de apoyo, ella se encoge de hombros. Paige la imita―. ¡No es justo!
―¿Estás haciendo una rabieta, Jordan? ―cuestiona mi papá en tono desafiante.
Mierda. ¿Por qué me hacen esto? Ellos siempre fueron muy sobreprotectores conmigo, y cuando les dije que quería estudiar enWeakland como Paige, fueron muy claros a la hora de hablar conmigo. «Solo irás si te comportas como una adulta» me dijeron. Y una rabieta, claramente, no es algo que hace un adulto.
Cojo el tenedor con fuerza y lo llevo a mi boca, cabeza gacha y sin reprochar.
Una hora ha pasado desde que terminamos de cenar. Y después de haber hablado un par de temas más, como de las cuentas y el alquiler entre otras cosas, mis padres deciden que es hora de irse.
Se despiden de Paige, dándole un abrazo y luego de saludar a Aiden con un apretón de manos, mi papá se arrima a la puerta de salida y me estrecha entre sus brazos.
―Sabes que te amamos. Solo nos preocupamos por ti ―me dice al oído, luego de haberme dado un sermón acerca de comer más.
Apenas asiento y, minutos después, cierro la puerta detrás de ellos.
Cuando giro sobre mi misma, Paige no está en el sofá ni en ningún lugar cercano o visible, y Aiden está de pie frente a mí. Su boca se entreabre.
―No ―digo interrumpiendo lo que sea que vaya a salir de su boca.
―Pero tenemos que...
―No, cállate.
Intento pasar por su lado para internarme en mi habitación, cuando me coge del brazo.
―No te pregunté si querías hablar conmigo. Hablaremos y listo ―dice con firmeza, y por primera vez desde que lo conozco, parece serio y determinado.
Me zafo de su agarre, con fuerza, pero no me voy. Giro y lo enfrento.
―¿De qué quieres hablar? ¿De ti siendo un idiota? ¿De ti diciéndome puta por lo del bar? ¿O de ti asegurándole a mi padre que comeré? ―mascullo cruzándome de brazos.
―Y-y-yo...
Sacudo la cabeza.
―Antes de que sigas balbuceando, déjame decirte que no dejaré que controles mis comidas.
―Shaw... ―murmura.
―No, Aiden ―lo freno―. No me importan tus excusas, no permitiré que estés detrás de mí fijándote si como o no. ―Sus ojos me escanean tratando de adivinar si voy en serio con esto―. De hecho, no creo que sea bueno que nos sigamos viendo.
Parpadea repetidas veces.
―¿Qué mierda estás...?
―¡No eres mi padre! ―le grito, de repente sintiéndome más molesta―. No tienes que hacerte cargo de mí, ¿entiendes? Si no quiero comer, entonces no lo haré. Si no quiero que seas mi guardaespaldas, no lo serás. Odio que estés detrás de mí todo el tiempo, juzgándome por todo lo que hago.
Con mi voz bajando de volumen, él se atreve a dar un paso más cerca y coge mi mano.
―¿Piensas que te juzgo? ―duda luciendo confundido.
―No lo pienso, lo sé ―renuevo.
Aiden sacude la cabeza.
―No es así, Shaw. Yo solo estoy intentando...
―¿Encerrarme en una burbuja? ¿Hacerme la vida más fácil? ―completo enojada.
―No ―responde en tono bajo. Suspira y me suelta la mano―. Creo que será mejor que hablemos mañana ―murmura retrocediendo el paso que había dado segundos antes.
Su actitud de huida me toma desprevenida, sin embargo, no dejo que lo note.
―Vete, está bien. Siempre supe que no tenías las agallas para enfrentarte a mí ―digo entre dientes.
Ante mis palabras, su mandíbula se tensa.
―¿Agallas? ―ríe sin pizca de diversión.
―Eres un idiota ―siseo mirándolo fijamente. Me devuelve una mirada dura―. Vete, Miller.
Me giro en mi lugar para ir a mi habitación. Su mano me detiene otra vez, pero su agarre es más fuerte y cuando lo enfrento, su rostro está muy cerca del mío.
Un millón de años parece pasar antes de que su boca se abra.
―No entiendo qué quieres. Primero me dices que no quieres que te sobreproteja, pero luego actúas como una niña que quiere toda mi atención. ¿No lo ves? Te contradices todo el tiempo ―musita a un ápice de mis labios.
Siento su respiración chocando en mi rostro.
―Soy adulta ―le digo, más para mentalizármelo que para responder a su acusación.
―Demuéstralo ―dice sin alejarse de mí.
Miro sus ojos, luego sus labios y vuelvo la mirada a sus ojos avellana, que se ven más vulnerables que un segundo antes.
―Te lo demostraré ―le aseguro, y sin darle otra mirada, me suelto de su mano y finalmente entro a mi dormitorio.
Minutos después, oigo la puerta principal cerrarse. Entonces sé que él se ha ido y estoy dispuesta a proseguir con el plan que tengo en mente. Cojo mi móvil y empiezo a deslizar mis ojos por todos los contactos; me detengo en cuanto veo un nombre que antes no había estado allí.
Sexi Hale.
Chico malo, allá voy.