La conversación fluye entre nosotras como el cauce de un río secreto que sólo ambas entendemos. Cada palabra parece deshacerse en el aire sin esfuerzo, como si nos hubiéramos estado esperando durante años en este rincón del mundo. La señora, con su mirada penetrante pero serena, observa con una paciencia que me invita a seguir hablando. Hay algo en sus ojos que no juzga, sólo escucha, como si reconociera cada emoción antes de que yo pueda nombrarla. No sé bien si debería hacerlo, si estoy cruzando una línea invisible, pero lo cierto es que en su presencia todo parece posible. Así que le cuento absolutamente todo. Le hablo de mis encuentros, de las experiencias que no siempre tienen lógica, de los momentos en que la realidad se desdibujó y aparecieron sombras en lugares imposibles. Le cuen

