Me siento un poco avergonzada por la situación, por lo repentino de todo, por lo improbable que parece estar compartiendo una comida con una desconocida que, de alguna forma, se siente familiar. Agradezco en silencio la amabilidad de la señora, su manera de ser cálida sin invadir, como si supiera exactamente cuándo hablar y cuándo dejar espacio. Mientras trato de ordenar mis pensamientos, un mesero se acerca a nuestra mesa. Su presencia es tranquila, armoniosa con el ambiente que nos rodea. Lleva una camisa bien planchada, el delantal ligeramente torcido en la cintura y una libreta de notas sobresaliendo del bolsillo del pantalón. -Muy buenos días -nos saluda en un tono suave, como si fuera parte de la melodía que ambienta el lugar-. ¿Ya las señoritas decidieron qué tomar? Estoy aquí par

