-¿Cariño, has comido algo? -me pregunta la señora con un tono que mezcla curiosidad genuina y esa ternura que acaricia, como si su voz supiera abrazar. La pregunta, sencilla y cotidiana, me toma por sorpresa en su dulzura. Sin pensarlo demasiado, niego con la cabeza y dejo escapar una respuesta suave: -Aún no he almorzado... -Bien, conozco un lugar donde podemos comer rico. ¡Ven! Vamos a la sala para que termines de tomarte el café y puedas usar unas sandalias para salir -me dice con una sonrisa que parece iluminarle todo el rostro, como si invitarme a compartir el almuerzo fuera lo más natural del mundo. La forma en que habla, con esa dulzura espontánea, me contagia una calidez interior que apenas sé cómo procesar. Es como si la amabilidad de esta mujer tuviera el poder de suavizar la

