El nombre queda suspendido entre nosotras como si de repente el aire en la terraza se hubiese espesado. Arzhel. No era solo una palabra. Era como una chispa que encendía memorias dormidas, como si nombrarlo lo convocara. La señora, que hasta entonces había compartido su historia con la voz temblorosa de quien recuerda para sanar, bajó la mirada como si al decir ese nombre algo invisible se hubiera movido dentro de ella. Yo tampoco dije nada. Mi cuerpo permanecía quieto, pero mi mente hervía. Porque aquel nombre... Arzhel... tenía un peso que no era nuevo. Algo en mí lo reconocía, aunque no sabía por qué. Como si lo hubiera escuchado antes, en un susurro, o en un sueño que nunca se dejó recordar por completo. La conversación hasta entonces había fluido como un río de memorias compartidas

