El mesero se había retirado dejándonos frente a dos tazas de café humeante, su aroma suave y reconfortante colmando el aire entre nosotras como una especie de puente silencioso. El bullicio del lugar -las conversaciones cruzadas, el tintinear de platos, el murmullo de fondo que indicaba vida- empezó a desvanecerse, como si el entorno mismo comprendiera que algo más profundo se gestaba en nuestra mesa. Se volvió distante, borroso, convirtiéndose en un decorado periférico. Aquel café no era solo una bebida; era un ritual tácito, una invitación a entrar en ese rincón íntimo donde la vulnerabilidad se permitía florecer sin miedo. Frente a mí, ella se inclinaba ligeramente, sus dedos acariciando el borde de la taza como si sus pensamientos fluyeran desde sus manos hacia el calor contenido. Hab

