—¿Dakota? —su voz grave y áspera rompió el trance en el que me encontraba.
Apenas me di cuenta de que habíamos llegado. La casa se erigía frente a nosotros más melancólica que nunca bajo la luz del atardecer. Con las ventanas a oscuras y el portón apagado, transmitía un silencio pesado, como si la estructura misma compartiera nuestro luto.
—Dame las llaves para poder entrar —pidió Johann con esa calma que siempre lo caracterizaba.
Busqué en los bolsillos de mi chaqueta, pero no encontré nada. La frustración y el cansancio empezaron a acumularse mientras palpaba cada costura. Johann imitó mi gesto, buscando en sus propios bolsillos. Primero los delanteros, luego los traseros, haciendo sonar las llaves al chocar contra la mezclilla de sus jeans sin darse cuenta.
—¡Johann, tienes las llaves en el bolsillo trasero! —le espeté con una mueca de impaciencia, cruzándome de brazos—. ¡Sácatelas de una vez que me estoy congelando!
Su risa cálida ilumina el ambiente en un instante. Con un suspiro divertido, metió la mano al bolsillo y, con una exageración teatral, extrajo el llavero como si hubiera descubierto un tesoro.
—¡Aquí están, su alteza! —dijo haciendo una reverencia burlona.
Le arrebatai las llaves con una sonrisa disimulada. Johann abrió el pesado portón blanco, que chirrió levemente al ceder. Tan pronto cruzamos el umbral, dejando la entrada a medias, un impulso infantil e inexplicable nos invadió. Como si volviéramos a tener diez años, echamos a correr por el enorme jardín de mil quinientos metros cuadrados.
Apenas nos importó que la hierba estuviera húmeda o resbaladiza. Johann corría con una mezcla de torpeza y gracia, mientras que yo, contra todo pronóstico y en tacones altos, me mantenía a su par. Nuestras risas rompieron el silencio del lugar. Para cuando alcanzamos la puerta principal de la vivienda, ambos estábamos exhaustos, pero genuinamente felices.
—No puedo creer que me hayas ganado... ¡y con esos malditos tacones! —dijo Johann, apoyando las manos en las rodillas para recuperar el aliento.
—¿Qué te puedo decir? —respondí, encogiéndome de hombros con fingida inocencia—. Tal vez tengo talentos ocultos que no conoces.
—¡Ja! —replicó con sarcasmo—. Y pensar que en una época yo era el más rápido. Mírame ahora, siento que se me va a salir el alma.
Nos dejamos caer sobre el porche, justo en la entrada de la casa. Nos sentamos con las piernas extendidas, esperando a que el corazón recuperara su ritmo normal. Miré de reojo a Johann; con el cabello despeinado cayéndole sobre la frente y el rostro acalorado, transmitía una paz que no había sentido en toda la semana.
Las gotas de sudor bajaban por mi frente mientras mi pecho subía y bajaba con fuerza. Mis piernas palpitaban por el esfuerzo, pero por primera vez en días, el peso del funeral y las mentiras de mi madre se sintieron distantes. En medio de esa casa vacía y oscura, la presencia de Johann era el único refugio real.