—Háblame del sueño —murmuré, casi sin voz, como si temiera que al pronunciarlo se deshiciera la frágil realidad que aún me envolvía. Me sentía vulnerable, expuesta, pero también urgida por una necesidad que no sabía nombrar del todo. Sabía que en ese sueño había tenido cierto control, que algo en mí se movía con voluntad, pero también sabía que no lo entendía. No del todo. Y necesitaba que él me hablara de ello. Que me dijera qué había visto, qué había sentido, qué significaba. Él respiró hondo, como si el aire le pesara en los pulmones. Lo soltó lentamente, dejando que su semblante se relajara por un instante. Fue apenas un gesto, pero suficiente para que yo notara el cambio. Ya no estaba en guardia. Ya no era el Alastor que se escudaba en la ironía, que me lanzaba frases como cuchillas

