Intenté rodear a Azaquiel con los brazos, buscando contenerlo, calmar esa tormenta interna que lo sacudía sin tregua. Pero él se revolvía, no violento, sino desesperado, como un pájaro atrapado que no comprendía por qué su mundo se quebraba en fragmentos invisibles. Mis caricias, suaves y temblorosas, apenas lograban rozarlo. Estaba luchando contra algo más grande que el miedo: la impotencia. Y eso, lo sé bien, deja cicatrices más hondas que cualquier herida. Sus sollozos eran apenas contenibles, un susurro herido que se escapaba entre sus labios apretados. Lo sabía. Sabía que había escuchado. Durante mi conversación con Dakota, él se había escondido detrás de una de las columnas de la casa, como si su presencia diminuta pudiera permanecer invisible, como si al quedarse en silencio el mun

