Azaquiel se sentó en el columpio de madera entrelazado con enredaderas como si el peso de todas las generaciones que lo precedían acabara de posarse sobre sus hombros. El claro del jardín de margaritas y claveles parecía un santuario suspendido en el tiempo. Una brisa suave jugaba con sus rizos oscuros mientras su mirada, perdida en algún punto más allá de la línea de arbustos, me rozaba apenas. -¿Crees que Dakota esté bien? -preguntó al fin con voz baja-. Es decir... ¿crees que hiciste bien en dejarla irse sola? Me senté junto a él, en el césped húmedo. Sus palabras, tan sencillas, me traspasaron como si cada una llevara el eco de lo que no se dice: el miedo, la culpa, la duda. -A veces el amor se ve como una elección egoísta... y otras veces como la renuncia más dolorosa -susurré, con

