Mientras mi abuela hablaba, su voz se deslizaba por la casa como un murmullo familiar, casi hipnótico. Caminaba con paso lento y seguro hacia la cocina, arrastrando sus zapatillas con ese sonido característico que parecía parte del mobiliario mismo, como si la casa la reconociera y se acomodara a su andar. La seguí con la mirada mientras se acercaba al mesón que separaba la cocina del área donde yo me encontraba, una frontera entre lo doméstico y lo íntimo, entre lo cotidiano y lo que estaba por revelarse si es que ella se percata que el libro está abierto. Encima del mesón descansaba un televisor que parecía sacado de otra época. No era de esos modernos y delgados que se adhieren a la pared como cuadros sin marco. No. Este era uno de esos aparatos regordetes y toscos, con una carcasa de

