Fátima lo miró, queriendo llorar, desahogarse, decirle que odiaba a su suegra, que no entendía por qué esa señora la detestaba tanto y que ahora se enteró que su prometido no tuvo los pantalones para enfrentar a su propia madre sino que huyó drogándola. Estaba devastada por dentro, así que le quitó la botella de agua y tragando profundo se levantó. Tragándose todo con la experiencia que había perfeccionado durante años, le dijo: —Gracias, tuve... —No me expliques, no importa —la interrumpió Emir con voz que era más suave de lo habitual, pero firme—. Ve al piso 14, allí hay una terraza. —¿Es de fumadores? —dijo ella, mirándolo directamente a los ojos—. De hecho... tienes un cigarro. Sé que fumas, te sentí, la boca... tú sabes. Las palabras colgaron en el aire entre ellos con peso partic

