Recordaba una y otra vez lo que sucedió después de la fiesta, lo rota que se sentía, como si fuera una hoja de papel, había tomado tres líneas de cocaína, le sangraba la nariz y al llegar a casa tomó oxycodona, habían guardado todos los medicamentos de su madre, pensó que moriría así que se encerró en el baño esperando que alguna parte del corazón de Sebastián se hubiera dado cuenta que aquello que hizo fue monstruoso pero no llegó. Nada llegó, solo más drogas, fentanilo y comenzó a pensar que ya no dolía, quizás no debía pensar tanto.
—¿Enserio Mel?—le preguntó su padre junto a su cama.
—¿No tienes otra cosa que decir?—respondió ella con rebeldía.
—Tengo muchas cosas para decirte jovencita, claro está.
—Está bien, busca a alguien a quien decírselo.
Había faltado a clases, no quería ver a Sebastián otra vez así que siguió recostada, drogada, sin inmutarse, todo estaba en silencio por fin, no importaba si su padre estuviera gritando detrás, no importaba nada más que Sebastián, o lo que hizo de ella. Se durmió y cuando se despertó el mundo ya no era tan amable. Sentía que su pecho le dolía y le brincaría de su cuerpo, su corazón respiraba apenas, así que solo siguió recostada esperando lo que fuese, después de todo las cosas no eran mejores y no volverían a serlo. Las cosas no eran las mismas, luego, llegó la calma, durmió un día entero y su padre temía por ella pero su hija solo estaba muy drogada. De todos modos intuyó que algo de lo que le sucedía se trataba del chico Finderman, así que llamó a su padre pidiendo una intervención en la relación.
—No puedo hacer eso—decía el padre de Sebastián.
—¿Porque? Eres su padre—insistía en el teléfono el padre de Melodie.
—Mira, Walter, sabes que respeto tu empresa y soy un fiel cliente, pero simplemente no trato con mi hijo, perdí las ganas de hacerlo, no es más que un bastardo al que mantengo.
—Somos padres, tenemos que saber lo que hacen los chicos.
—Yo sé lo que hace el mío, drogarse, faltar a clases y fiestas para emborracharse, es igual de depresivo que su madre. Así que si no hay nada más que discutir, mejor hablamos en otro momento—terminó por decir. Se acercó a su hija pensando que la causa era no poder ver a Sebastián—.Le prohibí al padre de Sebastián que haga la vista gorda con ustedes.
Ella lo mira con desdén.
—De todos modos ya no pensaba verlo...
—¿Te hizo algo ese chico?
—No. Solo terminamos. Eso querías, ¿no?
Él asintió con la cabeza pensativo y la abrazó.
—Solo quiero gente que te eleve, hija mía.
—Lo sé, papá—dijo con media sonrisa y devolviéndose al baño para encender la regadera y llorar. Ahora dolía su cuerpo, estaba sucia, su dignidad por los suelos y Sebastián en la escuela no la dejaba en paz.
Al día siguiente, miércoles, ya no pudo faltar. Se preparó con miedo para nuevamente el reencuentro pero entonces no apareció.
—¿Porque será que faltó?—preguntó Ally.
—No lo sé, pero debo averiguarlo—dijo marchándose del inicio de clases. Entró por el patio y otra vez Sebastián estaba en el suelo, pensó que al principio lo había golpeado su padre pero solo consumió grandes dosis de fentanilo.
—¡¿Que rayos te sucede?!
—¿Que rayos te sucede a ti?
—¡Estaba preocupada!
—¿Porque te preocupas por mí?
—En ocasiones te drogas tanto que no reaccionas.
—Pues también hago cosas de las que me arrepiento, por eso quería estar aquí, ¿vale?
—De esas cosas que te arrepientes ¿estoy yo?
—No, solo las cosas que te hago.
Ella lo abrazó.
—No quiero que mueras—murmuró.
—No pienso hacerlo, te tengo a ti.
Eso suponía una nueva mochila para ella.
—No deberías tenerme como única prioridad...
—¿Porque? ¿Piensas dejarme?
—Sabes que no lo haría.
—¿Aún habiendo hecho lo que te hice?
—No hablemos de eso.
—Me dijiste que pararas, te violé...
—No lo sé, iba drogada. Ambos lo estábamos—dijo esquiva.
Él se le acerca y le da un beso en el cuello.
—Sé que esto está mal...
Ella silenció.
—Estás mojada...hay ropa mía que puedes usar.
Ella lo tomó de la cabeza.
—No fue violación. Jamás te dije que pararas, ¿vale? No te sientas culpable.
—Sí lo dijiste—insistió él.
—No lo dije—insistió ella—.Ve a buscar la ropa.
Él la miró extrañada y se levantó a revisar su closet. Ella se sentó en la cama pensando en que estaba convenciendo a su violador que no lo había hecho, pero Sebastián se lastimaría, y ella no, eso le bastaba.
—¿Y si vuelvo a drogarme de esa manera volverías a pararme?
—Sí, lo haría—respondió ella.
—Llegó el reemplazo de los robots de tu padre, no me desquitaré con éste.
—Enhorabuena.
—Tú...realmente, ¿alguna vez podrás perdonarme?—insistió Sebastián.
Ella miró al suelo.
—Creo que tenemos tiempo para cambiar ese recuerdo...
Cuando volvió a su casa miró a su robot.
—¿Das consejos amorosos?
—¿Que consejo quiere, Srta?
—Tú no eres Alone, Alone lo sabría...
—No soy el dispositivo al que usted llamaba Alone pero estoy para servirle también.
—¿Como sabes si hay algo bueno en alguien?
—No lo sé, Srta. Hace seguramente cosas buenas.
—¿Y cuando lo malo es tan malo que lo bueno está de lado?
—Pues entonces es malo.
—No eres divertido...
—No tengo que serlo, soy solo un robot, para servirle.
—Solo puedo saber si pregunto, es porque busco la respuesta en alguien malo y necesito un consejo de Alone, pero tu eres solo chatarra.
—Está bien.
—Ni siquiera discutes.
—Estoy para hacerla feliz.
—Acabo de decirte que no me haces feliz.
—¿Y que le haría feliz?
—Tener a Alone devuelta, que Sebastián se comportara.
—¿Quien es Sebastián?
Ella se guardó el comentario.
—Estoy tan loca que busco consejos en un robot...
—No tiene nada de malo hacerlo, Srta. Solo haga lo que su corazón sienta, la moral al fin y al cabo está programada, como yo, con beneficios y betas.
—Supongo que tienes razón, gracias—dijo subiendo las escaleras.
Y aunque Alone no estaba, el nuevo robot la había empujado directamente a su enemigo, sabía que aquel humano y ella no estaban bien, y que nada con Sebastián estaría bien, pero él no tenía a nadie...solo a ella.