Once

1150 Words
Fin de semana de fiestas otra vez, eso significaba fornicar con su novio. Salió devolviéndose a lla fiesta y tomó cocaína y la mezcló con xanax, pensaba que moriría así que se encerró en el baño esperando quizás en alguna parte de su corazón se termine de estallar pero solo Sebastián se le venía a la mente, se imaginó tantas veces decírselo, que era un monstruo, pero volvía a tomarlo del brazo. Nada lo reconfortaba a él que no fuera ella y las drogas, y las dos cosas no iban de la mano. Al día siguiente su padre le encontró llegando nuevamente descalza. —¿Sigue sin servidumbre? —Solo no quería despertarte... —¿Otra cosa que decir? Y por Dios que tenía cosas para decirlas, pero sabía que no podía. La avergonzaba. —Nada, déjame en paz. Subió casi sin inmutarse por las escaleras, toda la casa estaba en silencio y su padre la veía tambalearse por cada escalón, pero no importaba que su padre estuviera gritando detrás, o que hubiera ido nuevamente a otra fiesta de Sebastián, ni tampoco lo de Sebastián aquella noche lo recordaba, todo eran solo momentos, como la escarcha. Durmió pensando en que la vida era así, escarchas y cuando volvió a despertar el mundo ya no fue tan amable. Sentía que su pecho le daría un brinco y respiraba apenas, así que solo se acostó, otra vez pensó que moriría después de todas las cosas que hizo la noche anterior, pero volvió a quedarse dormida y nada sucedió. Luego llegó la calma, durmió entero y su padre, ignorante del tema, la despertó como si aquello hubiera sido una dormida luego de cualquier reventón, pero su hija estaba muy drogada. De todos modos, intuyó que algo de lo que le sucedía trataba del chico Finderman, así que lo llamó directamente a él, ya que su padre ni siquiera lo consideraba algo serio. —Yo le prohibí que saliera de mi casa en ese estado—le dijo Sebastián, aunque se dio cuenta que estaba drogada. —¿Que ingirió? —Alcohol, como el resto—dijo rápidamente Sebastián. —¿Seguro? Entonces sigue borracha. —Usted vaya a trabajar, la cuidaré. El padre suspiró. —Eres el último ser a quien le encargaría mi hija pero debo ir a trabajar. Llama a la voz y dile que me llame si sucede algo. Sebastián sin decir ninguna palabra silenció. —Lo único que faltaba...—dijo ella con ironía—.¿Tú cuidarme a mí? —Como sea, ¿sabes que descubrí? —¿La cura para la estupidez? —No, las llaves del armario donde papá guarda las armas—espetó fascinado. —¿Que? ¿Tu papá tiene armas? —Sí, es legal, además son de caza. —¿Tiraste alguna vez? —Sí, se siente genial. Pero casi nunca me lleva a esos lugares. —Puedo ir contigo... —Lo haremos, te fascinará lo cerca que estaremos de los animales salvajes. —De todos modos, hay otras prioridades—volvió sobre lo suyo ella. —¿Que cosas? —El sexo—espetó ella. —¿Que sucede con el sexo?—inquirió él. —Me violaste enfermo. —¿Sigues con eso? Ella se paró frente a él déspota. —¿Porque no seguiría con eso? —Porque ya pasó, y ya hicimos el amor. —¿Sabes lo que tu llamas amor? Para mí es que me vuelvas a violar, pero ésta vez ni siquiera puedo gritar. —Estás exagerándolo todo, Mel, no todas las veces lo hice. —Entonces aceptas que hubo una vez. —Sí, ese día yo también iba drogado y no lo recuerdo, pero sé el desplante. —¿Desplante? Me arruinaste la vida. Me baño y me sigo sintiendo sucia, ¿cómo podría perdonarte algo como eso? —No lo sé, pregúntate a ti misma porque volviste a tener sexo conmigo si te violé. —Porque te amo, Sebastián, pero no puedes tratarme como a un juguete s****l. —¿Y eso es lo que sientes cuando estamos juntos? —No todo el tiempo, solo cuando no quiero hacerlo y tú insistes. —Está bien, me comportaré. —Y debes dejar de lado un poco las fiestas, solo te estás convirtiendo en un drogadicto. Él comenzó a acercarse a ella lentamente con los ojos fijos. —¿Porque yo debo acceder a tantas cosas y tú a ninguna? —Porque no me pediste nada. —Pues quisiera que dejes de vestirte como una puta mojigata, que tengas ropa sexi, lencería, que me mandes fotos, que seas divertida. ¿Es tan difícil? —¡Está bien, lo haré! —¿Lo de las fotos también? —¿Prometes no pasárselo a nadie? —Soy Sebastián no un imbécil. Sabes que no quiero contentar a mis amigos. —¿Realmente no buscas contentarlo? Lo haces cada fin de semana. —Solo quiero ver a la multitud y hacer cosas locas, contigo también. Pero no estoy buscando amigos. —¿Y los chicos que me presentaste? —Tampoco son mis amigos, son novatos, quieren mi dinero. Creen que no lo sé. —¿Porque sigues con ellos si sabes que te quieren por tu dinero? —Porque aunque me usen, yo también lo hago, y el dinero es poder, y lo tendré siempre. Ella echó un largo suspiro y lo abrazó. —Solo quiero días normales, se acercan los finales. —Ya hablamos sobre eso... —Sí, ya sé lo que piensas, que entraremos a una universidad privada y dará igual pero no quiero que mi padre pague mis estudios. —Yo podría pagarlos—espetó él con caballerosidad. —No, ¿cómo crees? No quiero ser de tu propiedad. —¿Acaso no quieres que sigamos siendo novios en la universidad? —No lo sé Sebastián, no sé como se darán las cosas... —Eso es básicamente decirme que no crees que funcionarán. —Es la universidad, Sebastián, no todas las parejas sobreviven a eso. —Si no fuéramos nosotros, pero somos nosotros, yo puedo ir a visitarte en un avión privado. —Sabes que no puedes usar las cosas de tu padre. —De todos modos no puedo creer que no quieras que te pague la colegiatura...algo sucede contigo. ¿Quieres dejarme? ¿Te gusta alguien más? —No y no, Sebastián. Solo no quiero endeudarme con alguien a quien no sé si amaré por el resto de mi vida. —¿Cómo que no lo sabes? —Sé realista, no lo sé y tú tampoco... —¿Sabes? Te noto mejor, quizás ya no necesitas que te cuiden, me largo, ya sabes donde encontrarme—dijo tomando rumbo a la puerta y marchándose. Ella quedó pensativa, era unánime, Sebastián siempre la perseguiría, siempre sería su sombra, un tatuaje que no se podía borrar.
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