CAPÍTULO DOS
Laura sabía que su única esperanza era usar el impulso del hombre en su contra. Agarró las esposas de su cinturón y, en un solo movimiento, deslizó uno de los grilletes alrededor de la muñeca que sostenía el garrote y tiró con fuerza del brazo del hombre mientras lo hacía.
Se las arregló para evitar que el garrote se estrellara contra su nariz, pero faltó poco. Sintió el aire moverse a su alrededor y una pequeña nube de tierra volar sobre su rostro cuando golpeó el suelo.
El secuestrador tropezó y trató de retroceder, pero ella lo tenía sujeto y tiró de las esposas tan fuerte como pudo. Usó todo su peso corporal para dirigir el puño de él contra la dura superficie de hormigón, hasta que dejó caer el garrote. Los impactos le recorrieron los brazos y los hombros, causando dolores que Laura ignoró, la adrenalina recorría su cuerpo y ahogaba el dolor.
Tenía el entrenamiento preciso y no necesitaba pensar. Laura aprovechó el gesto de él de liberar su mano derecha para darse la vuelta, agarrarle la mano izquierda y tirar. El segundo grillete encajó en su lugar detrás de la espalda y Laura jadeó buscando aire, usando su peso para mantener sus piernas asentadas mientras empujaba hacia abajo con los brazos sobre los de él, para evitar que se liberara.
Ella miró hacia el coche. Le había parecido vacío en su visión. Ahora también.
—¿Dónde está la niña? —preguntó, con la voz tan entrecortada y ronca como su respiración. Arrestarlo, leerle sus derechos, todo eso podía esperar. Tenía que encontrar a la niña.
El hombre todavía estaba tratando de luchar contra las esposas y deshacerse de ella. En silencio, Laura rezó para que Nate la hubiera seguido, para que viniera ya por la colina, para ayudarla a mantenerlo sujeto.
—¡La niña! —gritó Laura, el esfuerzo le rompió la garganta—. ¿Dónde está?
El secuestrador la miró de reojo, con la cabeza torcida hacia un lado y sujeta contra la tierra. Podía ver el blanco de sus ojos, muy abiertos por el esfuerzo de intentar liberarse. Una mueca apareció en su rostro, la imitación de una sonrisa.
—No importa —dijo—, no vivirá mucho más tiempo.
Laura sintió que su corazón se desplomaba como un peso muerto.
Su visión le había mostrado algo equivocado. La niña no estaba aquí.
Y Laura no tenía idea de cómo salvarla.
—¡Laura!
Miró hacia arriba y vio a Nate trotar hacia ella, echando a correr más rápido mientras observaba la escena.
—Transmítelo por radio —le gritó ella, aunque era innecesario. Ya estaba sacando la radio del cinturón mientras se acercaba, con el arma todavía desenfundada y apuntando firmemente a la cabeza del secuestrador, mientras presionaba el botón de llamada.
—Señor, tenemos al sospechoso —informó, recitando una descripción rápida de su ubicación. Se giró brevemente para hacer señas, hasta que las figuras que estaban cerca de la granja le respondieron con la mano y Laura vio cómo se ponían en movimiento. Iban de camino a ayudarles.
—¿Cómo has sabido que estaba aquí? —preguntó Nate, guardando la pistola y la radio mientras se arrodillaba a su lado. Agarró las muñecas esposadas del secuestrador, permitiéndole levantarse y alejarse mientras ella recuperaba el aliento.
—Vi el rastro de polvo —mintió sin aliento, haciendo un gesto hacia un lado. Ahora que había dejado de moverse, lo sintió: el golpe de su cuerpo contra el parabrisas, las sacudidas en los brazos mientras se deshacía del garrote, cada punto de contacto contra el suelo cada vez que se cayó. Por encima de todo, el dolor de cabeza, palpitando con tanta violencia que se sintió mareada.
Nate la miró fijamente.
—¿Estás bien?
—He recibido unos golpes —dijo Laura, aspirando aire fresco tan rápido como su cuerpo lo admitía. Agua. Necesitaba agua para hidratarse y evitar que el dolor de cabeza empeorara—. Estoy bien. Concéntrate en él.
—¿Lavoie? —dijo otro de los agentes, subiendo la colina hacia ellos y luego trotando por la carretera.
—Lo tengo aquí —dijo Lavoie, asintiendo con la cabeza a Laura—. La agente Frost lo derribó. Deberíamos llevárnoslo para interrogarlo.
—Rápido —interrumpió Laura, al ver que el agente especial a cargo se acercaba lo suficiente para escucharla, junto con los demás que se habían reunido alrededor de la granja—. Ha dicho algo sobre la niña, que no estará viva durante mucho más tiempo.
—¿Dónde está la niña, cabrón? ¿Eh? —preguntó Nate, sacudiendo al hombre, pero parecía haberse evadido a algún lugar remoto de su propia mente. Su única respuesta fue un leve resoplido, con la boca abierta y los ojos entrecerrados. Nada cambió cuando Nate lo levantó y lo entregó a un par de policías que rápidamente comenzaron el interrogatorio.
Un malestar se apoderó de Laura, como la ligera brisa que todavía hacía susurrar el trigo. Le resultaba difícil pensar con los latidos de su dolor de cabeza y el ardor de los puntos de dolor por todo el cuerpo. Sintió llegar el cansancio y trató de combatirlo. Algo no iba bien. La niña.
—Oye. —Era Nate de nuevo, de pie frente a ella, con un brazo flotando justo al lado de su codo, como si estuviera listo para atraparla— ¿Estás bien? ¿En serio?
—Es que... esto no está bien —dijo Laura, mirándolo. Pudo concentrarse en él, contra el cielo brillante y el volumen de las voces a su alrededor —. Está en peligro.
Nate miró hacia atrás; mientras se giraba, Laura miro más allá de él, hasta el coche de policía que se había detenido. El sospechoso estaba siendo empujado al asiento trasero, listo para llevárselo. Lo interrogarían probablemente durante horas. La niña no tenía tanto tiempo. Por lo que había dicho, por la forma en que lo había dicho, Laura lo sabía. Hablaba en serio, la niña se estaba muriendo, ahora mismo y Laura no tenía idea de lo que eso significaba.
—Buen trabajo, Frost —dijo su jefe, asintiendo con la cabeza mientras se sentaba en el asiento delantero. El coche arrancó. Laura ni siquiera tuvo tiempo de formular una respuesta. Se fueron. Alrededor de ella y Nate, los otros agentes y policías regresaban a la casa o revisaban el coche. Terminando las cosas.
—Necesito ver —dijo, medio para sí misma. Otra visión. Eso era lo que necesitaba ahora. Si de alguna manera pudiera obligarla a producirse, pero no había manera. Nunca había sido capaz de desencadenarlas a voluntad, solo podía crear las circunstancias adecuadas y esperar. Venían espontáneamente y sin buscarlas, como un rayo de la nada. Laura vio el rostro de la niña en su mente, pero era solo una imitación, el recuerdo de la imagen que había visto en la sesión informativa. Si tan solo pudiera tener otra visión, ya, ahora mismo...
—¿Ver qué? —preguntó Nate, agachando la cabeza a su nivel, mirándola con preocupación—. ¿Laura?
Laura hizo un esfuerzo por centrarse, por pensar a través de la confusión que había en su cabeza. Estaba actuando de manera sospechosa. Debía intentar ser normal.
—La granja —dijo Laura, logrando por fin hacer una conexión. Sí. La granja. Tal vez, si bajaba y caminaba por allí, desencadenaría algo. En este momento, estaba fuera de la escena; tal vez ya habían terminado. Fácilmente, podría subirse a un coche con Nate, salir del área y otra persona se ocuparía de la escena. Ella no estaba lo suficientemente involucrada.
Tenía que situarse en el lugar, en medio de la granja. La guarida del secuestrador. Quizás entonces tendría la visión. Tenía que intentarlo.
—Ya la han revisado —dijo Nate, cogiéndola del brazo—. El jefe quiere que volvamos a la comisaría con todos los demás. Vamos, tenemos que irnos.
—No —dijo Laura, lo suficientemente alto como para que Nate se volviera rápidamente, bloqueándola de la línea de visión de los otros agentes que todavía estaban a su alrededor.
—Es una orden, Laura —siseó en voz baja⸺. Quiere que vayamos a informar. Vamos.
Laura tenía que ignorarlo. Aunque eso significara tener que dar más explicaciones más adelante. Aunque eso le hiciera enfadarse con ella. Empujó a Nate y comenzó a caminar por la carretera, a pesar de que tenía todos los miembros exhaustos. La visión, seguida por la persecución y la pelea, la había afectado más que de costumbre. Pero no había tiempo para descansar y recuperarse en este momento. No mientras la niña estaba en peligro. No mientras su vida podía estar terminando, minuto a minuto.
Nate la alcanzó a mitad de la colina. Laura caminó por la carretera esta vez, tomando el camino más fácil, sin dejar de avanzar lo más rápido que podía. Frustrantemente lento. Obligó a su cuerpo a moverse, a llevarla allí, manteniendo la mirada fija en la granja que tenía delante. Todos se habían ido a revisar el coche y el arresto. Alguien volvería, mantendría la escena segura, buscaría pruebas, pero sería demasiado tarde.
Laura era la única que podía actuar ahora. Podía sentirlo en sus entrañas. Si el secuestrador no hablaba y ella no creía que lo hiciera, Laura era la última esperanza de la niña.
—¿Qué esperas ver? —preguntó Nate, cayendo a su lado con un trote suave.
El camino se aplanó cuando llegaron al pie de la colina y se dirigieron en línea recta hacia la granja.
—Una pista —le dijo Laura, de forma ambigua. Ella nunca le había contado nada sobre sus visiones; no esperaba que él, ni nadie, lo entendiera. Habían sido compañeros durante algunos años y ella le confiaría literalmente cualquier otra cosa, pero ese no era el caso.
El caso era que necesitaba que él confiara en ella y que no empezara a pensar que había perdido la cabeza. Siempre había confiado en ella, desde su primera asignación juntos, cuando sus corazonadas resultaron ser correctas. Solo esperaba que lo hiciera de nuevo ahora.
Se obligó a trotar, ya casi estaba en la puerta.
—Crees que ella está en algún lugar por aquí ¿es eso? —preguntó Nate.
—Él volvía aquí —dijo Laura, abriendo la puerta de un tirón y saltando a través de ella, hacia el interior del edificio—. Debe de haber una razón para ello.
Entrar en la granja fue como si hubieran apagado una vela. La brillante luz del sol del mundo exterior se había ido, apenas se filtraba por las grietas alrededor de las ventanas cerradas, por los lugares donde las tablas de las paredes exteriores se habían movido y dejado huecos. Unos rayos de luz irrumpían en la penumbra como fragmentos de vidrio, iluminando el polvo que flotaba en el aire.
Los ojos de Laura se adaptaron rápidamente a la penumbra mientras miraba a su alrededor, la cabeza le punzaba de dolor cada vez que se encontraba con uno de los rayos. Desde la puerta principal, unas escaleras llevaban al piso de arriba, dos puertas conducían a la izquierda y a la derecha y una última puerta estaba al final del pasillo.
—Este lugar está a punto de caerse —observó Nate, siguiéndola de cerca—. Voy a echar un vistazo rápido ahí arriba. Tal vez la custodió en uno de los dormitorios, podría encontrar alguna pista.
Laura asintió distante.
—Yo revisaré aquí abajo —dijo, más por costumbre que con un significado real.
Escuchó las pisadas de las botas de Nate golpeando cada escalón en su camino hacia el segundo piso. Cerró los ojos para ahogarlas, tratando de pensar. No pasaba nada. Lo único que podía sentir era el mismo dolor de cabeza de antes, no el nuevo dolor que quería provocar. Quería provocarlo desesperadamente. No importaba lo que le costara, podría salvar la vida de la niña.
Laura alcanzó la puerta más cercana y entró, arrastrando los pies, dentro de la habitación, cerrando la puerta detrás de ella. Apagó los sonidos del exterior, la luz brillante de la puerta, el aire fresco. Todo. Respiró profundamente la atmósfera con olor a humedad dentro de la habitación, cerró los ojos y dejó que sus sentidos tomaran el control. Uno, olfato: la decadencia de un lugar abandonado durante demasiado tiempo. El olor de los campos exteriores.
Laura buscó otro sentido, lo reconoció y luego dejó que la envolviera. Oído. No escuchó los sonidos en la distancia, ni siquiera los pesados pasos de Nate sobre su cabeza, sino la habitación en sí: el asentamiento de las tablas del suelo, el suave silencio de un lugar en medio de la nada. Laura respiró hondo, luego contuvo el aliento para escuchar un latido.
Estaba construyendo un c*****o a su alrededor, un caparazón de información sensorial. Uno que la centraba en el momento, la empujaba a una conciencia más profunda de su entorno. Y con él, a veces, las visiones. Si pudiera desencadenarla así, aún podría tener una oportunidad...
Laura apartó su pensamiento de las posibilidades y volvió a concentrarse. Aire mohoso. Habitación casi silenciosa. Extendió la mano sin abrir los ojos, hasta que tocó la superficie de la pared más cercana a ella. Un sentimiento de vacío. Una pared delgada, papel pintado, seco y descascarillado, que amenazaba con desmoronarse al menor contacto. Una textura que hablaba de la humedad repetida en los inviernos, secándose durante los veranos, una y otra vez, durante años.
Laura respiró hondo, escuchó y sintió la punzada de dolor entre los ojos, una ráfaga corta y aguda.
La niña estaba jadeando por respirar. Laura estaba dentro del espacio con ella, un espacio diminuto y muy estrecho, flotando a solo unos centímetros del rostro de la niña. Estaba manchada tanto de lágrimas como de polvo, seco y amarillo, que le cubría la piel y el cabello. Tomó otra inhalación áspera que terminó en un estremecimiento, un gemido.
Estaba sola. Laura quería extender la mano, pero no podía, era solo una espectadora, desprovista de forma y de tacto corpóreo. La cara de la niña estaba arrugada por el miedo, la tristeza y el dolor, el dolor de su pequeño pecho mientras luchaba por respirar, el dolor de sus manos tratando de escarbar para salir...
Los ojos de Laura se desviaron hacia esas manos. Estaban cubiertas de polvo, apelmazado debajo de las uñas. En algún lugar por encima de ellas, Laura escuchó el sonido de la voz de un hombre. La voz de Nate, gritando el nombre de Laura. Levantó la vista y vio el rostro de la niña. El cabello rubio manchado de polvo, igual que el cabello de Lacey. Ojos azules como los de Lacey, brillantes y vívidos en la oscuridad.
Unos ojos azules que se estaban cerrando. Lentamente, suavemente. El pecho subía y bajaba por última vez, pero no quedaba oxígeno que respirar. Laura se cernió impotente sobre ella, vio cómo el pecho se desinflaba como un globo, lentamente, y no volvía a subir.
Laura jadeó en voz alta, con los ojos abiertos de par en par. Estaba empapada en sudor y se sentía como si le hubieran vertido un cubo de agua helada por la cabeza. El dolor sordo de cabeza la hizo caer de rodillas mientras gritaba. Luego, mareada, se apoyó en el suelo para levantarse de nuevo. El color de la suciedad en el rostro de la niña, debajo de las uñas. Coincidía con el color de la suciedad de la casa. Pero ella no estaba fuera. Si hubiera estado fuera, ya habrían visto el suelo removido.
La visión era profética, pero no siempre por mucho. Y Nate había hablado en la visión, había dicho su nombre. Eso significaba que la niña no estaba muy lejos.
Y eso significaba que no tenía mucho tiempo. Quizás treinta segundos. Tal vez menos.
La niña se estaba quedando sin aire.