La mañana amaneció gris sobre Berlín, como si el cielo supiera lo que estaba por venir. Lena se despertó antes del amanecer, con los músculos tensos y la boca seca. No había dormido más de tres horas, pero eso no importaba. Desde que cruzó la línea, el sueño ya no era un refugio. Era un campo minado de recuerdos.
La misión del día era simple en papel: aseguramiento de un antiguo almacén utilizado por la red de Viktor. Pero Lena sabía que nada era simple ya. Cada paso, cada decisión, cada orden tenía consecuencias. Había aprendido que en la mafia no se daban instrucciones, se dictaban destinos.
En la sala de operaciones, Dieter no estaba. En su lugar, Lena lideraba. Frente a un mapa de la ciudad, señalaba rutas de entrada, puntos de escape, zonas de fuego cruzado. Sus hombres asentían, atentos. Nadie la cuestionaba. Su voz era ley.
Pero dentro de ella, una tormenta rugía. Desde el asesinato en Spandau, algo se había roto. O quizás se había forjado. No sabía si se había convertido en piedra... o en hierro.
Horas después, la misión comenzó. Lena iba en la primera camioneta. El almacén estaba custodiado por hombres armados, algunos con pasado en el ejército. La confrontación fue brutal. El intercambio de fuego duró apenas veinte minutos, pero dejó un rastro de sangre que teñía las paredes y el asfalto.
Al final, encontraron documentos, armas, y algo más: un cautivo. Un hombre atado, con señales claras de tortura. Al principio no dijo nada. Pero Lena lo reconoció. Se llamaba Helmut. Había sido uno de los escoltas de su padre.
—¿Qué hacías aquí? —preguntó Lena con la voz firme.
—No tienes idea de lo que hay detrás de todo esto —escupió él, medio desmayado.
—Entonces házmelo saber.
Helmut rió. Tosió sangre. —No deberías confiar en Jürgen.
Las palabras golpearon a Lena como un disparo. Lo dejó inconsciente y ordenó que lo trasladaran.
De regreso en la mansión, Lena no fue a ver a Dieter. Fue directamente a su habitación. Cerró la puerta. Apoyó la frente contra el espejo. Miró sus ojos. Seguía allí. Pero más sola que nunca.
La noche trajo consigo una visita inesperada. Jürgen.
—Tenemos que hablar —dijo, entrando sin ser invitado.
—¿Sobre qué? —Lena no se giró.
—Sobre lo que no me has contado. Sobre tu madre. Sobre Greta. Sobre lo que haces cuando nadie te ve.
Lena se giró lentamente. —¿Me estás investigando?
—Estoy tratando de protegerte.
—¿De quién?
—De ti misma.
El silencio se alargó como un abismo. Jürgen se acercó. Tocó su brazo. Ella no se apartó.
—¿Me has mentido? —susurró ella.
—Nunca —respondió él—. Pero hay cosas que no puedo decirte. No aún.
—Entonces ya me has mentido.
Jürgen bajó la mirada. Luego se fue. Y Lena sintió que la última cuerda que la unía al mundo comenzaba a deshilacharse.
Esa noche, soñó con su madre. Pero esta vez no estaba en Praga. Estaba en la mansión. Atada. Rodeada de fuego. Y Lena, del otro lado de la puerta, sin poder moverse.
Al despertar, supo lo que debía hacer. Pero también entendió el precio.
Ya no había aliados. Solo enemigos. Algunos externos. Otros, aún peor, dentro de su propio pecho.
El amanecer trajo consigo un cielo que parecía una herida abierta. Berlín sangraba tonos carmesí entre las nubes, y Lena sintió que el aire era más denso, más difícil de respirar. Bajó a la cocina en silencio, esquivando miradas. Cada rostro en la mansión parecía desconocido ahora, incluso los que le habían jurado fidelidad.
Dieter no estaba. Eso era extraño. A esas horas, solía estar en su despacho, revisando informes o dictando sentencias con voz de mármol. Pero esa mañana, su silla estaba vacía. Lena sintió una punzada de ansiedad. ¿Dónde estaba? ¿Sabía ya lo de Helmut? ¿Lo de Jürgen?
Una llamada llegó a su teléfono. Número desconocido. Voz distorsionada.
—Si quieres la verdad, ven sola al 43 de Ritterstraße. Tienes dos horas. No traigas armas.
Colgó antes de que Lena pudiera responder. Sabía que era una trampa. Pero también sabía que no podía ignorarla.
Se cambió rápidamente. Pantalones oscuros, abrigo largo, botas sin tacón. Salió sin decir palabra. En el camino, pensó en su padre. En su madre. En Dieter. En Jürgen. En todos los rostros que habían sido parte del rompecabezas. Y se preguntó cuál de todos era el verdadero enemigo.
El lugar era un edificio abandonado, antiguo, con ventanas rotas y paredes grafiteadas. Lena subió por las escaleras de hierro hasta el último piso. Allí la esperaba una figura encapuchada. Al quitarse la capucha, Lena reconoció los ojos.
Era Ilse. Una exagente infiltrada que había trabajado para Dieter hacía años, y que se creía muerta.
—No tenemos mucho tiempo —dijo Ilse—. Hay alguien más moviendo los hilos. No es Dieter. Él también es una pieza. Alguien lo financia. Lo protege. Lo controla.
—¿Quién? —preguntó Lena.
Ilse vaciló.
—Un consorcio. Políticos. Empresarios. Exmilitares. Todo lo que Greta intentó desenmascarar. Lo que tu madre descubrió.
Lena sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.
—¿Por qué me lo dices ahora?
—Porque tienes la última ficha. El documento que robaste de Greta. La carta de tu padre. Dentro de esa carta hay un código. Y ese código abre un archivo. Un archivo que puede destruirlos a todos.
Antes de que pudiera responder, escucharon pasos en la escalera. Ilse empujó a Lena hacia una salida trasera.
—¡Corre! —gritó.
Lena escapó por los techos. Atrás, escuchó disparos. No volvió la vista. No lloró.
De regreso en su habitación, Lena desenterró la carta. La había guardado, aunque había dicho que la había quemado. Leyó cada línea con más cuidado. Y allí lo vio. Un patrón. Un código oculto en la primera letra de cada línea.
Lo transcribió. Lo decodificó. Y cuando abrió el archivo, supo que su vida jamás volvería a ser la misma.
Porque tenía en sus manos no solo la verdad.
Tenía la condena de todos.
Berlín se volvió una jaula invisible desde que Lena descubrió la verdad oculta en el código de la carta. Caminaba por la ciudad como un fantasma, sabiendo que cada sombra podía ser un ojo, cada sonido un micrófono. La carta de su padre no era solo una confesión: era una llave. Y el archivo que desbloqueaba contenía algo que ni siquiera Greta había alcanzado: la lista.
Una lista con nombres. Fechas. Rutas. Transacciones. Desde generales en retiro hasta jueces federales. Diputados. Empresarios. Jefes de policía. Estaban todos ahí, perfectamente organizados. Conectados como un sistema que respiraba, mataba y sobrevivía con impunidad. Y en la parte inferior, como una firma tallada en fuego, el nombre de Dieter Stahl.
Lena supo que el tiempo se acababa.
No podía ir a la prensa. No podía confiar en la policía. Solo quedaba un camino: entregar la información a alguien que tuviera tanto que perder como para no traicionarla. Alguien lo suficientemente roto para volverse incorruptible.
Ese alguien era Kaspar Brenner.
Exfiscal, expulsado del sistema por atreverse a acusar a un ministro. Su vida había sido destruida. Su familia vivía escondida. Pero Lena lo conocía. Había leído su historia. Había estudiado sus movimientos. Y sabía que si había alguien que aún creía en la justicia, era él.
El contacto se hizo a través de un viejo periodista. La reunión sería en un parque de Steglitz, a la vista de todos, sin armas, sin movimientos extraños. Lena llegó puntual. Brenner también. Cabello canoso, barba desprolija, ojos hundidos. Se sentó a su lado en un banco de madera. Lena no lo miró. Solo dijo:
—Tengo algo que puede derrumbarlos a todos.
Brenner no respondió. Solo encendió un cigarrillo.
—Si me matan —continuó Lena—, hay una copia que llegará a la red. Pero si yo vivo… puedo explicar lo que significa cada conexión. Cada nombre. Cada decisión.
Entonces le entregó una memoria codificada. Brenner la tomó como si pesara toneladas. Luego habló por primera vez:
—Esto te va a costar la vida.
—Ya me costó el alma —respondió Lena.
Se separaron sin mirarse. Al llegar a la mansión, todo estaba en calma. Demasiado calma. Dieter estaba en su despacho. La esperaba. La miró con ojos tristes. Con una botella medio vacía y una pistola sobre la mesa.
—Te advertí —dijo.
—Y yo te desobedecí.
—¿Por qué?
—Porque quise ser más que una pieza.
Dieter suspiró. Tomó la pistola, pero no la apuntó. La dejó caer al suelo.
—Vete, Lena. Antes de que olvide lo que alguna vez sentí por ti.
Ella no respondió. Salió por última vez de esa casa.
Horas después, la mansión ardía. Un incendio "accidental" lo había devorado todo. No hubo sobrevivientes.
En la televisión, los noticiarios empezaron a hablar de filtraciones. De redes ocultas. De nombres impensables.
Lena observaba desde una habitación en Leipzig. Sola. Con un pasaporte falso. Y una copia del archivo original.
No sonrió. No lloró.
Simplemente… respiró.