Tuve que suspender el sabroso palito que me estaba echando, porque el jefe era el jefe y había que obedecerlo, además estaba en horas de trabajo. Y como le agarró gusto a la forma en que estaba cogiendo, tuve que irle a jalar el mantel para que pudiera parchar cómodamente. Terminó con esa y se fue con su preferida, tirándose los dos en la alfombra. —Catarino, ya puedes volver a tus ocupaciones, a esta me la chingo de manera decente, porque en ella me voy a venir Preferí esperar y verlo actuar. Se echó las piernas de su vieja a los hombros y besándole las chiches se la cogió de a remolinito, suavemente, con ritmo y cadencia, chance y hasta con arte, porque la mujer lo pepenaba extasiada, valiéndole gorro que los demás la viéramos. Estaba gozando, pues. —Anselmito..., prométeme que de

