Su cara toda desencajada por las ganas, era también algo que no podía aguantar. —Mi rey, tienes una v***a privilegiada, la sabes mover como un maestro... anda, dame, aunque sea a probar tantito... ya mi v****a lo reclama, dáselo por piedad... ¡aaahhh!... ¡ooohhh!... te quiero dentro de mí... no aguanto más, los ovarios me estallan... ¡métemela!, ¡métemela!, ¡métemela! —y lo jalaba como desesperada. Lo rasguñó en los hombros, en la espalda, mientras el güey se hacía el importante: —Vieja golosa, naciste para estar siempre con un macho encima... —Pero nomás tú, mi rey... ya, chíngame, métemela con violencia, sángrame mucho como cuando destrozaste mi virginidad... El grito que pegó la vieja cuando el cabrón se la metió, por poco y me hace bajar a romperles la madre. Afortunadamente no l

