El tocador de damas parecía un refugio demasiado pequeño debido a la intensidad que se desbordaba entre ellos. Isabella sentía que las piernas le temblaban y que iban a traicionarla en cualquier momento. Los ojos de Alejandro no dejaban de mirarla con una mezcla de reproche y deseo, y eso la tenía al borde de las emociones. Aunque quería repetir una y otra vez que Alejandro era un enemigo peligroso, la realidad era completamente diferente. Su proximidad la estaba afectando mucho más de lo que quería admitir. –¿Te vas a quedar ahí, sin decir nada, Isabella?– preguntó Alejandro con una voz baja y seductora. –No tengo por qué contestar ninguno de tus cuestionamientos, Alejandro– respondió Isabella con firmeza. –Mis hijos son sólo míos y no tengo por qué darte explicaciones respecto a ellos–

