En la mansión de Bianca, Isabella jugaba con los gemelos en el suelo de su amplia habitación. Los pequeños, ahora llenos de energía y curiosidad, corrían por la habitación con pasos tambaleantes. Sus risas llenaban el aire, y aunque Isabella sonreía, en el fondo su mente seguía atrapada en un torbellino de pensamientos. —¡Basta, Francesco! —dijo con una risa mientras el pequeño intentaba treparle al regazo—. ¡No puedes escalar a mamá como si fuera una montaña! Lucía, su pequeña, aprovechó la distracción para agarrar uno de los cojines y lanzárselo a su hermano, provocando más risas. En ese momento, la puerta se abrió, y Bianca entró con su habitual elegancia. Su porte firme y su mirada cálida llenaron el espacio mientras avanzaba hacia Isabella. —Hija, ¿puedo hablar contigo un momento?

