El suave aroma de los naranjos en flor envolvía a Isabella mientras descendía del auto blindado. Era una mañana soleada en las afueras de Roma, y las risas de los niños resonaban en el aire, iluminando el ambiente como si fueran campanas. Frente a ella, la Fundación “Luces de Esperanza” se alzaba como un refugio discreto pero lleno de vida. Aunque el cartel era modesto, las sonrisas de los pequeños que corrían por el jardín lo decían todo: aquel lugar era un oasis para quienes más lo necesitaban. Marco, el jefe de seguridad, se acercó a Isabella con paso firme. —Signorina Isabella, hemos asegurado el perímetro. Puede proceder. Isabella sonrió levemente, agradeciendo la formalidad de Marco. Aunque sus días estaban llenos de sombras y secretos, allí, en esa fundación, parecía que podía d

