Los disparos se habían apagado, y el eco del caos se disipaba mientras los refuerzos de los Scorpiones de Plata terminaban de repeler el ataque de los Cuervos Negros.
El jardín, otrora impecable, era ahora un campo devastado, con rastros de pólvora y sangre. Bianca de Luca caminó entre los cuerpos de los atacantes caídos, su porte firme, su mirada helada.
En el centro del desastre, uno de los hombres de sus enemigos, claramente el líder, estaba de rodillas, herido y rodeado por los hombres de Bianca.
—Así que tú encabezas esta estupidez —dijo con frialdad, mientras se agachaba para quedar a su altura—. ¿Quién tuvo el descaro de enviarte?
El hombre jadeaba por el dolor.
—No te diré nada.
Bianca sonrió de lado, pero su gesto estaba cargado de peligro. Sacó un cuchillo de su cinturón, uno con el sello de los Scorpiones de Plata, y lo giró entre sus dedos.
—Díselo tú mismo a tu señor. Y asegúrate de recordarle que con Bianca de Luca no se juega.
Sin más aviso, hundió la hoja en su costado, con la precisión de quien sabe exactamente cómo causar el máximo dolor sin matar.
El hombre gritó, pero Bianca lo sostuvo por la camisa, asegurándose de que la mirara a los ojos.
—Dile que este es solo el comienzo. Yo no empiezo peleas, pero cuando alguien me provoca...
Su voz era un susurro mortal.
—Termino guerras.
Soltándolo de golpe, hizo un gesto para que sus hombres lo llevaran.
—Llévenselo. Que regrese arrastrándose con su amo.
Mientras el líder caído se alejaba tambaleándose, Marco se acercó a Bianca.
—¿Qué ordena, Signora?
—Limpien este desastre y refuercen la vigilancia. No quiero que nada ni nadie vuelva a acercarse. Y asegúrense de investigar cómo supieron nuestra ubicación.
—Entendido.
Bianca asintió y regresó al búnker. Encontró a Isabella sentada en una esquina, abrazándose las rodillas.
Al verla entrar, Isabella se puso de pie rápidamente.
—¿Ya terminó?
—Por ahora, sí —respondió Bianca, manteniendo la calma en su tono—. Es seguro salir.
Subieron juntas de vuelta a la casa. A pesar de que el personal trabajaba para restaurar el orden, era imposible ignorar los rastros de la refriega.
Isabella lo observó todo con una expresión cargada de angustia.
—No puedo quedarme aquí, Bianca —dijo finalmente, rompiendo el silencio cuando llegaron a la sala principal—. Esto no es vida para mí.
Bianca se volvió hacia ella con determinación.
—No puedes irte.
—¿Por qué no? —replicó Isabella, con el dolor evidente en su voz—. ¿Por qué tengo que seguir atrapada en un mundo que odio?
Bianca respiró hondo antes de responder.
—Porque ahora los Cuervos Negros saben de tu existencia. Te vieron con Marco cuando te trajimos aquí.
—¿Sabes lo que eso significa? Que si te vas, ellos te encontrarán. Y cuando lo hagan, no será para darte una charla.
Isabella retrocedió un paso, pero no apartó la mirada de Bianca.
—Esto no es justo...
—¿Crees que yo elegí esto? —dijo Bianca, su voz cargada de fuerza—. Nací en una familia de mafiosos, Isabella. Aquí no tienes opción. O peleas, o te matan.
—Tú podrías haber elegido otra vida...
—No, no podía —dijo Bianca, su voz firme—. La vida me empujó a esto. Las circunstancias me obligaron a hacerme cargo de esta organización. Si no lo hacía, otros lo harían, y me habrían destruido a mí y a los míos.
Isabella apretó los puños, su mirada luchando entre el miedo y el enojo.
—Al menos yo tuve la oportunidad de escapar... —murmuró finalmente.
—Y lo lograste durante años —dijo Bianca, su voz suave—. Yo me aseguré de que pudieras estar lejos de todo esto. Pero ahora estás aquí, y te prometo que no dejaré que nada ni nadie te lastime.
Isabella se quedó en silencio, su mente dividida entre huir o quedarse. Sabía que, aunque detestaba ese mundo, las palabras de Bianca tenían sentido. Finalmente, suspiró, derrotada por la realidad.
—No quiero esta vida... —dijo, su voz apenas audible.
—Lo sé —respondió Bianca, su voz llena de comprensión—. Pero si hay algo que puedes estar segura es que siempre te protegeré.
El silencio se instaló entre ellas, mientras el sonido de los hombres de Bianca trabajando afuera llenaba el aire. Isabella sabía que su vida había cambiado para siempre, y no estaba segura de si podría acostumbrarse a ello.
Alejandro caminaba de un lado a otro en su oficina, su semblante tenso y las sombras bajo sus ojos evidenciaban las noches de insomnio. La copa de whisky en su mano temblaba apenas mientras apretaba los dientes, frustrado.
Su mejor amigo y jefe de seguridad, Matteo, entró sin anunciarse. Lo observó con detenimiento, notando cómo la usual compostura fría de Alejandro parecía desmoronarse poco a poco.
—¿Otra vez sin noticias? —preguntó Matteo, cerrando la puerta tras de sí.
—Nada —murmuró Alejandro con la voz cargada de enojo y desesperación—. Es como si se la hubiera tragado la tierra.
Matteo se acercó y se sentó en el sofá cercano, estudiándolo con cuidado.
—Alejandro, esto no es sano. Tienes que calmarte.
—¿Calmarme? —replicó Alejandro con amargura, girándose para enfrentarlo—. No puedo calmarme, Matteo. No cuando sé que está ahí afuera y no sé si está bien.
Matteo guardó silencio, dejando que descargara su frustración.
—¿Por qué ella? —continuó Alejandro, dejando la copa sobre el escritorio y pasando una mano por su cabello—. Nunca me había sentido así con nadie. Jamás.
Matteo levantó una ceja, sorprendido por su confesión.
—¿Así cómo?
Alejandro apretó los labios, como si le costara poner en palabras lo que sentía. Finalmente, exhaló con fuerza y se dejó caer en el sofá frente a Matteo.
—Débil. Vulnerable. —Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas—. Siempre he controlado cada aspecto de mi vida. Mujeres, negocios, todo… Pero ella… Ella me desarma. Es como si tuviera un poder sobre mí que no puedo entender.
Matteo cruzó los brazos, escuchándolo con atención.
—¿Y estás seguro de que es algo malo?
Alejandro lo miró fijamente, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de furia y confusión.
—En mi mundo, Matteo, cualquier debilidad es mortal. Lo sabes tan bien como yo. Mi padre me lo ha repetido toda mi vida. Y lo peor es que ahora no solo se trata de ella…
Matteo frunció el ceño, adivinando lo que venía.
—¿Es por el bebé?
Alejandro asintió, su mandíbula apretada.
—Estoy seguro de que es mío. No puedo explicarlo, pero lo sé. Y eso lo hace aún peor, porque ahora siento que debo protegerlos a ambos.
—Alejandro… —Matteo lo observó con seriedad—. Entiendo lo que sientes, pero no puedes permitir que el dolor te controle. Recuerda lo que te dijo Dante.
Alejandro alzó la cabeza, recordando las palabras de su padre.
“No quiero verte perder la cabeza por una mujer. Si muestras debilidad, todo lo que he construido se vendrá abajo. Y si eso pasa, no dudaré en tomar medidas.”
Matteo continuó:
—Sigue buscándola, pero hazlo con la cabeza fría. Si pierdes el control, no solo pondrás en riesgo tu posición, sino también a ella y al bebé.
Alejandro se quedó en silencio por un momento, reflexionando sobre sus palabras. Finalmente, asintió lentamente.
—Tienes razón. Pero, te lo juro, Matteo… No voy a parar hasta encontrarla.
Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. Isabella había recuperado fuerzas y, aunque seguía sintiéndose como una prisionera bajo la vigilancia de Bianca, no podía negar que el cuidado que recibía era impecable.
Ahora, en el consultorio del médico, Isabella miraba la pantalla del ultrasonido con una mezcla de ansiedad y emoción. Bianca estaba junto a ella, con los brazos cruzados, observando en silencio.
El doctor sonrió mientras señalaba la imagen en la pantalla.
—Bueno, aquí está su bebé… —dijo, y luego hizo una pausa intencionada—. O mejor dicho, sus bebés.
Isabella parpadeó, atónita.
—¿Qué…?
—Va a tener gemelos, señorita —confirmó el médico con una sonrisa—. Dos corazones latiendo perfectamente.
El mundo de Isabella pareció detenerse. Miró la pantalla, viendo las dos diminutas formas moverse en el monitor. Una lágrima rodó por su mejilla, pero esta vez era de pura felicidad.
—Gemelos… —murmuró, llevándose una mano al vientre.
Bianca, aunque siempre mantenía una fachada dura, no pudo evitar suavizar su expresión al ver la reacción de Isabella.
—Es maravilloso, hija. —Su voz, aunque firme, tenía un tinte de ternura inusual.
Isabella no respondió. Sus ojos estaban fijos en la pantalla, su mente llenándose de un torbellino de pensamientos. Dos bebés… Dos vidas creciendo dentro de ella. Por primera vez en mucho tiempo, sintió una chispa de esperanza.
—No importa lo que pase —dijo Isabella en voz baja, más para sí misma que para Bianca—. Haré todo lo que pueda para protegerlos.