La luz tenue del atardecer se filtraba a través de los ventanales de la mansión, bañando los pasillos con un resplandor dorado. Isabella estaba sentada en el jardín, con una mano sobre su vientre. Aunque la paz del lugar debería reconfortarla, su corazón estaba en constante estado de alerta. Cada crujido, cada movimiento en los terrenos de la propiedad, la hacía temblar. El embarazo avanzaba, pero el estrés y el miedo se aferraban a su cuerpo como un veneno. La posibilidad de que Alejandro la encontrara era una sombra constante que no la dejaba respirar. —Nonna, no puedo más —dijo Isabella aquella tarde, mientras Bianca, su abuela, la observaba desde el sillón de terciopelo junto a la chimenea—. Él vendrá. Lo sé. No importa lo que hagamos, lo que tú hagas, Alejandro siempre encuentra lo

