La villa en Toscana era el escenario de una reunión sin precedentes. Los líderes de los clanes más poderosos habían decidido unir fuerzas ante la amenaza que representaban Alejandro y “Las Serpientes”. En la sala principal, las discusiones eran intensas y las tensiones palpables. Bianca, con su presencia imponente, presidía la reunión. Isabella, a su lado, escuchaba atentamente, tomando nota mental de cada palabra. —Alejandro no es un hombre común —afirmó Enrico Marzano, golpeando la mesa con el puño—. Si no actuamos pronto, no quedará nada de nuestras operaciones. Stefano Russo asintió con gravedad. —Estamos perdiendo territorio y hombres. Este no es el momento de proteger intereses individuales. Necesitamos actuar como uno solo. Bianca alzó la mano, exigiendo silencio. Su mirada rec

