Buceo Profundo

2180 Words
El aire en la habitación de Ian estaba cargado de una pesadez eléctrica. No era solo el humo del tabaco o el aroma ambarino del whisky barato que descansaba en los vasos de cristal, sino el peso de un pasado que se negaba a quedar sepultado. Lena estaba sentada en el sofá, con su bata de seda apenas ceñida, observando cómo Ian caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado. Ian se detuvo frente al balcón, dándole la espalda. La luz de la luna alejandrina recortaba su silueta ancha, marcando la tensión en sus hombros. —Apareció, Alicia —soltó él, con una voz que sonaba como grava siendo arrastrada por la marea—. Mi madre me llamó hace una hora. Alicia se presentó en mi casa, en Granada. Como no le respondo las llamadas y tengo el buzón bloqueado, decidió que era buena idea ir a molestar a mis padres. Lena tomó un sorbo de whisky, sintiendo el calor quemarle la garganta. —¿Fue a buscarte a tu casa? Eso es... audaz. —Fue a la empresa primero. Le dijeron que estaba en un proyecto clasificado y que no darían mi ubicación. Así que fue a buscar el eslabón más débil —Ian soltó una risa amarga y seca—. Les lloró. Les dijo que lo del magnate en Dubái fue un "error estratégico", una confusión de sus sentimientos. Que estar con ese tipo solo le hizo darse cuenta de que me amaba a mí. Quería mi número satelital. Quería "explicarse". Ian se giró y la miró directamente. Sus ojos verdes estaban inyectados en una mezcla de furia y una profunda fatiga emocional. —Me amaba... —repitió con desprecio—. Me amaba tanto que necesitó la cama de un billonario para confirmarlo. Mi madre, que siempre ha tenido un corazón demasiado blando, se sintió fatal por ella. Casi me suplica que la escuche. Lena dejó el vaso sobre la mesita de noche. Sabía lo que Ian sentía; era esa náusea que produce la audacia de quien te rompió y vuelve pretendiendo que su traición fue solo un tropiezo. —¿Y qué le dijiste a tu madre? —Que si volvía a dejar que esa mujer cruzara el umbral de su casa, yo no volvería a Granada en años —Ian caminó hacia ella y se sirvió más alcohol—. No hay nada que explicar. El fondo del mar es más honesto que ella. La Transición del Dolor al Deseo El silencio se instaló entre ellos, pero ya no era un silencio de apoyo académico. Ian se quedó de pie frente a Lena, con la botella en la mano. Su mirada, que hasta hace un momento estaba perdida en los recuerdos de España, empezó a enfocarse en el presente. En la habitación. En ella. Lena se movió ligeramente, incómoda bajo ese escrutinio repentino. Su bata de seda se deslizó un poco, revelando el encaje de su ropa de dormir y la curva generosa de su escote. Presentarse así a la habitación de un hombre que se auto-proclamaba soltero y sin ningún compromiso era más audaz y osado que la visita de Alicia a los padres de Ian. Ian dejó la botella. Sus ojos recorrieron las piernas de Lena, la línea de su cintura y se detuvieron en sus labios entreabiertos. El aire parecía escasear. El resentimiento por Alicia seguía ahí, pero estaba siendo desplazado por una necesidad mucho más urgente: la de borrar el recuerdo con sensaciones puras. —Te ves... increíblemente sexy esta noche, Lena —dijo él, con un tono de voz bajo y provocativo. Lena sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa marina. —Ian, estamos hablando de tu ex... —intentó decir, pero su propia voz la traicionó, sonando más como una invitación que como una advertencia. —No quiero hablar más de ella —la interrumpió él, dando un paso que eliminó casi toda la distancia entre ambos—. No quiero consejos de confort, ni quiero que me digas que todo estará bien. Ahora mismo, lo único que quiero es dejar de pensar. Ian se inclinó, apoyando las manos en el respaldo del sofá, atrapando a Lena en su espacio personal. El olor a whisky, tabaco y hombre la envolvió. Ella levantó la vista, encontrando una mirada cargada de una lujuria cruda y directa. —Pero antes de que esto pase —advirtió Ian, con una honestidad brutal—, tienes que saberlo: no busco nada serio. No busco una relación, ni un romance bajo las palmeras. Mi corazón está en huelga y mi mente solo quiere hacer ruido para silenciar a Alicia. Si estás dispuesta a que esto sea un encuentro casual, una distracción salvaje para los dos... quédate. Si buscas algo más, vete ahora por esa puerta. Lena lo miró. Recordó sus noches en los clubes de Nueva York, donde el sexo era un intercambio de poder y una forma de reclamar su cuerpo tras los abusos psicológicos de Tom. No necesitaba promesas de amor eterno; de hecho, las promesas le daban pánico. Ella quería sentirse deseada, quería sentir que su cuerpo —ese cuerpo que Alicia no tenía— era capaz de doblegar a un hombre como Ian Aslán. —No busco un marido, Ian —respondió ella, pasando sus manos por los antebrazos velludos del oceanógrafo—. Busco lo mismo que tú. El Encuentro: Carne y Sal Ian no esperó más. La tomó de la nuca y la besó con una ferocidad que le cortó el aliento. No fue un beso tierno; fue un choque de dientes y lenguas, una demanda de posesión. Lena respondió con la misma intensidad, rodeando su cuello con los brazos y tirando de él hacia ella. —¡Aaah!... —El primer suspiro de Lena se perdió en la boca de Ian mientras él la levantaba del sofá con una fuerza sorprendente. La llevó hacia la cama, lanzándola sobre las sábanas blancas. Ian se despojó de su camisa en un movimiento frenético, revelando un torso marcado por el trabajo de campo, cubierto de cicatrices y vello que le daban un aspecto primitivo. Se deshizo de la bata de Lena de un tirón, dejándola solo en su ropa de dormir de seda. —Mmm... —gruñó Ian al verla bajo la luz de la luna. Sus manos bajaron de inmediato hacia sus caderas. Las apretó con fuerza, marcando sus dedos en la carne suave—. Eres pura curva, Lena. Joder, eres real. Él se posicionó entre sus piernas, sus manos recorriendo el contorno de sus glúteos mientras ella arqueaba la espalda. Lena sentía la fricción del vello de las piernas de Ian contra las suyas, un contraste eléctrico. —Sss... más fuerte —suplicó ella, hundiendo sus uñas en los hombros de él. Ian bajó su cabeza hacia el pecho de Lena, capturando un pezón a través de la tela fina, humedeciéndola hasta que el encaje se volvió transparente. El sonido de succión: —slp, slp, slp— llenó el silencio de la habitación, mezclado con los jadeos rítmicos de ambos. —¡Rayos, Ian... que rico!... —Lena echó la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo el deseo se acumulaba en su vientre como una marea alta. Él no perdió el tiempo. Se deshizo de lo que quedaba de su ropa y la de ella. Cuando sus pieles chocaron por completo, el calor fue abrasador. Ian se desplazo hacia el sur del cuerpo de Lena, subió sus piernas que abrió para entrar en ella tal cual fuera una cueva y encontrarse con un hermoso tesoro: su v****a y clítoris. El hombre empezó a lamer con suavidad la parte intima de Lena. Los gemidos de la mujer se profundizaron. Ian lamia y acariciaba con intensidad la intimidad de Lena. Después se levanto para voltear a Lena quería ver de cerca y acariciar aquel trasero que a más de uno tenía loco en el equipo. Era de él en ese momento, le dio una suaves nalgadas, excitando más a Lena. Ian tomó una almohada y la puso debajo de su cadera para hacer más placentera la penetración. Su polla dura no pidió permiso y entró en la v****a de la mujer para cogérsela mientras intercambiaba una que otra nalgada. Ian quería profundizar más: —Levántate, ponte en cuatro. ¡Sss!...Ven aquí mamacita, quiero follarte duro. El ritmo que impuso Ian fue implacable, casi violento en su urgencia. Thwack, thwack, thwack. Lena se sentía desbordada, sus caderas latinas respondiendo con una cadencia natural que incitaba a Ian a más. —Mmm... Mmm… Mmm… así... no pares... —susurró ella, moviendo de vez en cuando sus caderas buscando más profundidad. Ian estaba poseído por una necesidad de borrarlo todo. Cada estocada era un golpe contra el recuerdo de Alicia, contra el orgullo herido, contra la soledad. Lena era el ancla que lo mantenía en el presente. Ella, a su vez, se perdía en la sensación de ser poseída por un hombre que no la veía como una profesora o una víctima, sino como un volcán de sensaciones. —¡Aaah! ¡Aaah! ¡Ian! —los gemidos de Lena se volvieron más agudos mientras el orgasmo empezaba a reclamarla. Él incrementó la velocidad, su respiración volviéndose un rugido ronco. Tomo su cabello y hizo una cola mientras colocaba su mano en el hombro para atraerla hacía él mientras incrementa su penetración. —¡Aaah!...¡Aaah!....¡Mmm!...¡Mmm! Lena llenaba aquella habitación con sus suaves gemidos. Ian deja aquella pose y se acuesta en la cama para que Lena vaya arriba de él. Ella movía sus caderas de lado a lado, la subía y bajaba al ritmo que le exige Ian, que no dejaba de nalguear, chupar sus senos que los tenía a su merced. —¡Ahora sí, joder Lena!...¡Me vengo!... ¡Aaaaah!—gruñó él antes de expulsar su vitalidad en una explosión de placer que los dejó a ambos temblando, empapados en sudor y sin aliento. El Regreso al Hielo El silencio que siguió al acto no fue cómodo ni romántico. Fue un silencio funcional. Durante unos minutos, se quedaron tumbados, con el pecho de uno subiendo y bajando contra el del otro, mientras los latidos de sus corazones recuperaban su ritmo normal. Lena bajo y se acomodo a lado de Ian. Ian se incorporó, sentándose en el borde de la cama y pasando sus manos por su rostro. La bruma de la lujuria se había disipado, dejando paso a la realidad de la expedición y de sus vidas rotas. —Son las tres de la mañana —dijo Ian, con una voz que ya no tenía rastro de pasión, sino de pragmatismo—. Tienes que volver a tu cuarto. Lena se sentó, cubriéndose con la sábana. La frialdad de Ian no la sorprendió; después de todo, él le había advertido. Ella misma sentía que el vacío en su pecho se había llenado momentáneamente, pero no quería que se transformara en algo que no podía manejar. —Lo sé —respondió ella, buscando su ropa por el suelo con movimientos rápidos. Se vistió en penumbra, sin decir una palabra. Ian se puso sus pantalones y caminó hacia la puerta, abriéndola apenas unos milímetros para vigilar el pasillo. —No hay nadie —susurró él—. El equipo de seguridad está en la ronda del jardín. Si sales ahora y usas la escalera de servicio del ala este, nadie te verá. Lena se acercó a la puerta. Se miraron por un segundo. No hubo un beso de despedida, ni un abrazo, ni una promesa de repetir. Sus ojos se encontraron con la misma neutralidad con la que revisarían un mapa de sonar al día siguiente. —Gracias por la distracción, Ian —dijo ella, con una calma profesional. —Gracias a ti, Lena —respondió él, asintiendo levemente—. Nos vemos en el desayuno. No llegues tarde a la reunión con el equipo. Lena salió al pasillo, moviéndose como una sombra. Ian cerró la puerta y echó el cerrojo. Regresó a su vaso de whisky, que todavía tenía un resto de líquido. Se lo bebió de un trago y se acostó, mirando el techo. Alicia seguía en Granada, pero esa noche, por primera vez, se sentía lo suficientemente lejos. Lena, por su parte, llegó a su habitación sin ser vista. Se quitó la ropa de dormir que olía a Ian y se metió en la ducha, dejando que el agua fría borrara el rastro del sudor. Al mirarse al espejo, vio que sus ojos tenían un toque de picardía por lo ocurrido. Había algo diferente en su mirada: una chispa de poder recobrado. Mañana volverían a ser el jefe del equipo de buceo y ella la historiadora. Nadie sospecharía que bajo el lino y el neopreno, dos personas habían usado sus cuerpos para sobrevivir a la tormenta. La expedición continuaba, y ahora, el mar no era el único lugar que guardaba secretos profundos.
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