Me recuesto en la cama, mientras ella me canaliza y me pone una manilla, para identificarme.
— ¿Algún familiar a quien quieras avisarle?. — Pregunta y asiento, dándole los datos de Julia.
En ese momento, llega la ginecóloga que me ha valorado todos estos meses, quien me saluda amable y yo hago lo mismo.
— Bien, Monserratt. Vamos a mirar cómo va ese bebé. — Anuncia, poniéndose unos guantes quirúrgicos.
El tacto me duele más de lo normal, por lo que doy un respingo.
— Sé que es horrible, pero ya casi termino. — Trata de calmarme. — Estás en tres centímetros. Vas bien. — Explica, mientras saca sus dedos y se retira los guantes, tirándolos al bote de la basura.
— Este proceso es lento, mujer. Lo mejor es que hagas algunos ejercicios de respiración y camines un poco. Yo volveré más tarde, para ver cómo vas. ¿De acuerdo?. — Finaliza y asiento, en medio de otra fuerte contracción.
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Después de una ducha, me siento un poco más relajada. Aunque el dolor no se va del todo.
Salgo del baño, encontrando a la enfermera con una gran pelota a su lado. Me pide tomar asiento sobre esta, para hacer algunos movimientos y así acelerar la dilatación.
A medida que transcurren los minutos, empiezo a sentir las contracciones con más fuerza, por lo que le pido parar. Ella asiente.
Me ayuda a recostarme de nuevo en la cama y justo la puerta se abre.
— Ay, chiquita. Vine lo más rápido que pude. ¿Cómo estás?. — Me saluda Julia, emocionada. Besa mi frente.
— Esto duele, como la mierda. — Me quejo y ella sólo acaricia mi mano. La enfermera se retira y mi hermana toma asiento, en la silla que está al lado de la cama.
— Debes ser paciente, nena. Pronto terminará. — Me consuela. — A propósito, ¿No faltaban algunas semanas?. — Pregunta.
— Sí, dos, pero al parecer quiso adelantarse. — Respondo y una leve sonrisa se asoma en mis labios.
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Han pasado no sé cuántas horas y ya no aguanto más.
La ginecóloga me revisó de nuevo y ya estoy en diez centímetros de dilatación, por lo que junto a las guardias, me trasladan a la sala de partos, mientras Julia debe ir a la sala de espera.
Al llegar, me acomodan en la cama de parto y pongo mis pies sobre los soportes, quedando totalmente abierta de piernas.
Mientras una de las enfermeras me recibe la maleta con las cosas del bebé, la otra prepara todo.
— Ok, Monse. Cuando sientas una contracción, pujas fuerte... Lo más fuerte que puedas, ¿Sí?. — Pide la ginecóloga. Asiento.
La enfermera que está a mi lado, toma mi mano y con una toalla, seca el sudor de mi frente. La otra chica, asiste a la doctora en su labor.
Aprieto mis dientes, por la fuerza que hago. Es un dolor de los mil demonios.
— ¡Vamos, cariño!. Ya casi. — Me anima la ginecóloga y vuelvo a pujar.
— Lo estás haciendo muy bien. Ya veo la cabeza. — Insiste.
Mi mano libre se aferra a la sábana y pujo con fuerza. Siento mi cuerpo casi partirse en dos, a la vez que doy un grito gutural.
Por un momento todo es silencio, hasta que el sonido más precioso hace eco en el lugar. Suspiro y sonrío.
— Excelente trabajo, mamá. Es una preciosa niña. ¡Felicitaciones!. — Me dice la enfermera, mientras la envuelve y la pone sobre mi regazo.
La tomo en mis brazos, beso su pequeña frente y reviso cada parte de ella, para ver que esté completa.
— Hola, mi amor. Aquí está mamá, mi hermosa princesa. — Murmuro entre sollozos y su llanto se transforma poco a poco, en los más bellos balbuceos.
Vuelvo a besar su frente y sus mejillas, mientras su manita agarra mi dedo pulgar. Es el momento más sublime de toda mi vida. Vale la pena cada dolor y cada gota de sudor, si al final está ella.
La pesan, la miden, la terminan de limpiar y le ponen la ropita que le había preparado.
— ¿Cuál es el nombre de la bebé?. — Pregunta la enfermera, mientras escribe sobre la manilla que le va a poner a mi pequeña.
— Samantha Contreras. — Respondo sin dudas, porque ya lo había planeado. Si era niño, se llamaría Simón y si era niña, Samantha. Amé esos nombres, desde que los leí en un libro.
Ella termina de escribir, le pone la manilla a mi niña y la deja con cuidado sobre la cuna que está junto a la cama.
Después de un rato en recuperación, me regresan de nuevo a mi habitación, mientras que a mi bebé se la llevan a los cuneros.
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— ¡Mierda!. — Me quejo, cuando Julia está terminando de abrochar la faja en mi abdomen. Dice que con ella recuperaré mi cuerpo y realmente eso espero, porque no es por nada, pero mi figura siempre me ha caracterizado.
Mi hermana me ayuda a recostarme de nuevo, cuando la enfermera aparece con Samy en brazos. Se escuchan sus leves sollozos.
— Mamá, esta señorita tiene mucha hambre, así que espero estés lista para darle de comer. — Anuncia ella, por lo que tomo a mi hija en brazos. Julia la mira casi con adoración y se acerca para dejar un beso en su frente.
— Está hermosa, Monserratt. Mamá estaría tan feliz con su primer nieta. — Comenta, con un deje de nostalgia.
— Lo sé, negrita. — Respondo y un suspiro se me escapa.
La enfermera me da instrucciones sobre cómo darle pecho a mi bebé y las sigo al pie de la letra.
En cuanto su boquita hace contacto con mi pezón, empieza a succionar, cerrando sus ojitos. Duele, pero debo alimentarla.
Al terminar, mi hermana me ayuda a dejarla en la cuna, mientras me puede el cansancio y no sé en qué momento, me quedo profundamente dormida. Ni me dí cuenta, cuándo Julia se fué a casa.
✿❯──「 AL DÍA SIGUIENTE... 」──❮✿
Por fortuna, Samy sólo lloró dos veces en toda la noche, por lo que ambas pudimos descansar.
Sus sollozos me despiertan, así que de nuevo la pego a mi seno, para que coma. Miro el reloj de pared que hay en la habitación y van a dar las 8:00AM.
La enfermera entra para revisarnos y después de ver que todo está bien, vuelve a salir, anunciando que pronto me traerán el desayuno.
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— ¿Cómo amanece la nueva mamá?. Saluda Mónica, entrando a la habitación. Eliza viene con ella.
— ¡Ay, niñas!. — Exclamo, con una gran sonrisa. — Feliz de que estén aquí. — Las saludo, mientras me entregan un ramo de flores y unos regalos para Samy.
— Hola, preciosa. — Eliza mima a mi hija, acercándose a su cuna. — Es bellísima. — Asegura, por lo que Mónica asiente en apoyo a su comentario.
— Gracias a las dos. — Respondo.
— ¿Acaso no es la experiencia más hermosa?. — Indaga Eliza y yo asiento, porque así es.
— ¿Cómo está tu hijita?. — Pregunto.
— Ay, Monse. Está tan hermosa, cada vez me enamoro más de esa niña. — Responde, enseñándome una fotografía en su celular.
— ¡Divina!. Obvio, no se parece tanto a tí. — Bromeo, por lo que Mónica suelta la carcajada.
— ¿Lo ves?, te dije que es la viva imágen de su papá. — Comenta en medio de la risa, contagiándonos también.
— Monserratt, aprovechando que estamos aquí, quería comentarte que hablé con el juez. — Informa Eliza y mis alertas se encienden.
— ¿Y?. — La miro con el ceño fruncido.
— Tienes dos opciones: Puedes tener la niña contigo en la prisión (Obviamente en un área especial para mamás) hasta sus dieciocho meses, o algún familiar puede hacerse cargo de ella, en cuanto te den de alta.
Un nudo se forma en mi garganta y algunas lágrimas rebeldes, ruedan por mis mejillas. Estaba tan feliz, que olvidé por completo ese detalle. No soy capaz de hablar.
— No tienes que decidir ahora mismo, linda. En el momento que confirmen el alta, le notificas a las guardias qué quieres hacer. Sea lo que sea, cuentas con nosotras. — Concluye y Mónica hace un sonido afirmativo, mientras ambas me abrazan.
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— Ya está la orden de salida. Sólo es pasar por ella a la recepción, cuando se vayan a ir. — Anuncia la enfermera, cuando está dándonos una última revisión.
Julia y yo nos miramos, pues es hora de tomar una decisión.