Capítulo 3: Mía Rodríguez

2377 Words
En la sala del hospital… Rubén   Camino de un lado a otro en la espera de los resultados que le pueden dar a Mía. Mis pies están tan lastimados y cansados de una forma que no puedo reconocer, pero caminaría toda una vida solo con tener a mi sobrina siempre en mis brazos. ¿Cómo pudo pasar esto? ¿Por qué a nosotros? No puedo detener los miles de pensamientos que están pasando por mi cabeza respecto a lo que he visto y oído. Mía está dentro de un cuarto de hospital y no he podido entrar a verla, no nos dan noticias y mi hermana me impedido pasar por ahora a verla. La llamada a la señora Russo se hizo muy rápida y breve, cuando sus palabras no salieron sabía que se había quedado tan pasmada y traumada como lo había estado yo cuando recibí la  llamada de mi hermana. Lo único que logre añadir fue el hecho principal de lo que había ocurrido y que por favor viniera nuevamente. Ella es la persona más idónea en este momento para que estuviera conmigo y con mi sobrina, ella sabe tanto como Mía lo que es pasar por esto, ella es la única que me puede ayudar. Estoy como un loco y queriéndome tirar al vacío, no aguanto mi cuerpo. Voy hacia el baño tratando de caminar lo más calmado que puedo bajo la mirada de atención de varias enfermeras y algunos doctores. Entro y me encierro en uno de los cubículos. Me siento en al váter cerrado y mis manos son las únicas que han recibido mis lágrimas, no soporto todo el peso que estoy cargando, no  soporto saber que eso le ha pasado a ella, no soporto saber que están libres por el mundo, no soporto creer que pueden hacerle lo mismo a otra niña. Siento el ardor en el contorno de mis ojos y parte de mis mejillas, salgo del cubículo y me detengo frente al lavado, abro el grifo y meto mis manos, el agua esta helada y las siento un poco entumecidas antes de lanzar bastante de esa agua fría en mi rostro. Me miro en el espero con las gotas chorreando en mi rostro, el reflejo es increíblemente diferente a lo que era hace unos días. Apoyo mis manos a los costados y dejo caer mi cabeza hacia adelante sintiendo miles de emociones fluyendo por mi cuerpo. -¿Por qué no yo? ¿Por qué ella?- susurre alzando la mirada mientras mis lágrimas volvían a bajar lentamente, lave mi rostro de nuevo antes de cerrar la llave. Salí del baño y saque mi teléfono celular mientras camino hacia el cuarto en donde Mía está ingresada. Marco el número y lo llevo a mi oído. Dos tonos después descuelgan. -Rubén- el sonido suave de voz parece que es apropósito para no atormentarme, pero sé que además de eso, ella debe sentir lo que estoy sintiendo ahora. -Señora- murmuro pegando mi espalda a la pared –Lamento molestarla tanto- suelto con algo de vergüenza por llamarla por segunda vez. -Ni siquiera te atrevas a repetir eso- me siento en una de las sillas alejadas de las del cuarto pero miro a la distancia y sé que mi hermana no ha salido aun de ella. -Lo siento, solo… yo no sé qué hacer señora Russo- le confieso con mi cabeza atormentándome. -No tienes que hacer nada ahora, Rubén- me dice con total calma –Solo estar para tu sobrina, lo demás podemos resolverlo luego, ella te necesita, así como yo necesite a una persona que me sostuviera la mano en mi peor momento- asiento aunque ella no puede mirarme. Sabía que ella podía ayudarme, sabía que ella sabría que decir o cómo actuar, aunque todos nos desenvolvemos diferente. -No pude llevarla a visitarla a usted- escucho unas voces del otro lado –Lamento si interrumpí algo- me disculpo con ella por ser tan inoportuno. -No has interrumpido nada y deja de disculparte por todo Rubén- sus palabras me tranquilizan porque ahora mismo soy capaz de subirme al Empire State y lanzarme de allí. -Señora Russo- digo casi en un susurro que en cierto momento creo que ni siquiera ella ha podido escucharlo. -Rubén- me responde haciéndome entender que estoy equivocado. -La necesito- mis ojos se cierran y el sollozo sale de nuevo en mis labios. Elle Russo, Mía y mi hermana, son las únicas personas que han logrado verme llorar realmente, han sido las únicas mujeres en mi vida que han dado mucho por ayudarme y salvarme del pozo en el que estaba, y toda la vida estaré agradecido con ellas. Una es mi jefa, una mi familia y una mi sobrina, la niña que es básicamente mi vida entera. Cuando alzo la vista veo a mi hermana tratando de buscarme, me levanto de golpe y camino rápidamente hacia ella. -¿Ocurre algo?- me pregunta la Señora Russo a través del teléfono, mi respiración está agitándose y asumo que es por eso, la siento un poco lejos cuando vuelvo a poner mi teléfono cerca de mi oído. -Mi hermana ha salido de la habitación- le comunico un poco atareado con mi hermana viendo mi recorrido por el pasillo. -Llámame luego, te quiero- cuelga luego de aquello y guardo rápidamente el teléfono en  mi bolsillo antes de llegar frente a mi hermana. -¿Dónde estabas?- me pregunta ella mientras el color rojizo de sus ojos me dicen que ha estado llorando mucho más de lo que ha hecho conmigo a su lado. -Estaba en el baño- gire mi rostro a un costado y bajando la mirada. -No tienes que tener vergüenza por llorar, todos sentimos y llorar no es de débiles, Rubén- su mano se posa en mi hombro y asiento. -Solo que… sabes que no puedo- confieso mirándola de nuevo a ella, la atraigo hacia mí y la abrazo por un largo rato, dejo un beso en su frente antes de sentir como ella se vuelve a derrumbar en mis manos. -¿Por qué le harían esa barbaridad?- su pregunta es la misma que me he estado haciendo yo desde que me entere. Pero niego un poco antes de tomarla del brazo y sentarla a mi lado. -Los hombres que hacen estas cosas, no piensan el daño que están haciendo, solo lo hacen- le digo y ella se gira a mirarme un poco intrigada. Niego un poco mientras tomo su mano con la mía y la aprieto fuerte. -Rubén…- su pregunta quedo a medias cuando alce la mano para detener sus palabras. -Se algunas cosas Rosa, se lo que puede pasar por la cabeza de esos hombres y te aseguro que no es nada que me gustaría que tú supieras- le confieso y ella niega mientras vuelve a llorar. -¿En que estas metido?- me pregunta con un poco de reproche mientras limpia su nariz. -Te juro que en nada, nunca arriesgaría sus vidas- niego con rapidez –Nunca Rosa. Tú y mía son mi vida- le confieso y ella asiente. -¿Tanto como la señora Russo?- me pregunta un poco ausente y con un toque de reproche. -¿Por qué lo dices?- le pregunto ahora yo un poco sorprendido de la forma en la que hablo de ella, mi hermana ha sido una persona muy reservada con sus comentarios como yo con los míos, siempre hemos sido nosotros hasta que llego Mía, pero imagino que siempre hay cosas que no se saben. -Porque la has llamado justo cuando estabas llegando aquí para darle la noticia ¿Qué pasa con ella Rubén?- niego de nuevo apretando mi mandíbula por no haber sido más discreto pero es mi hermana, no pensé que se colocaría así cuando supiera que era con la Señora Russo con la que hablaba. -Ella nos puede ayudar y por favor aleja esas ideas- mi mano se suelta de la de ella y las paso por mi rostro –Solo déjalo ¿Si?- le digo y ella deja salir un fuerte suspiro. -Ella es de dinero, Rubén. Sabes bien que esas personas nos miran más debajo de lo que es- niego de nuevo queriendo poder mantener en silencio un segundo sus palabras. -Tú la has conocido, ella no es como los demás. Te lo prometo- ahora es ella la que niega ante mis palabras pero alza su mirada. -Mía quiere verte- mis ojos se cierran y asiento con una fuerte controversia en mi interior –Solo, no está bien ¿Okey?- asiento pero me detengo de camino a la puerta. -¿A qué te refieres?- le pregunto con algo de miedo. -Solo, se tú con ella, ahora no necesita mostrarle compasión y menos de su tío, el que siempre la hace reír- miro la madera y abro la puerta de la habitación cerrándola con mi rostro frente a la puerta, cuando he tomado la valentía de girarme y ver a mi sobrina luego del acontecimiento me quedo quieto unos segundos. Mi garganta se seca y mi saliva no pasa, aprieto mi mandíbula fuerte queriendo destrozarla cuando me he girado y la he visto allí tendida en esa cama de hospital con el característico camisón color verde pero mucho más pequeño. -Hola tu- digo aligerando el paso, llego a su lado y dejo un beso en una de sus mejillas. -Tío- sus palabras son suaves, nada parecido a la enérgica niña que siempre estaba saltando de un lado a otro, la niña que estaba explorando cada lugar y buscando pistas para seguir un juego que no tiene sentido. La niña que estaba tendida en esa cama no era mi sobrina, era una niña distinta, su mirada estaba apagada y no había brillo en ellos. Sus mejillas estaban muy moradas al igual que uno de sus ojos, su frente tenia cortaras y unos puntos junto a unas vendas. En su cuello había marcas moradas y sus brazos estaban también vendados y una de sus menos enyesadas. Tenía una vida de suero en su brazo, su cabello estaba casi rapado por las vendas que lo cubrían. La imagen de esta niña no es la de mi niña, no es la de mi Mía. ¡Dios! ¿Cómo pudo vivir esto la Señora Russo? Ella ni siquiera había tenido a su familia al lado como lo está teniendo mi niña. Saco una de las sillas y las llevo a un costado de la cama y me siento mientras tomo su mano. -¿Sabes que he visto una casa para muñecas?- ella sonríe mirándome –Pensé que al salir de aquí podríamos pasar a verla ¿Qué te parece?- le pregunto pero ella niega con una sonrisa triste –Podemos comprarla si te gusta- ofrezco. -No quiero volver a salir más nunca- trate de aguantar mi llanto no solo por mi sino por ella, porque no quiero que ella me vea llorar por ella, no quiero que vea dolor en mi rostro, no más del que ella debe estar pasando. Antes de entrar aquí y hablar con la señora Russo me dije que tenía que tratar de animarla y no preguntar cosas con respecto a lo vivido, por lo menos no por ahora. Porque cuando la tenga en casa y le señora Russo vuelva, las cosas van a tomar otro rumbo. -¡Vamos cariño!- acaricio su mejilla -¿Segura que no quieres ver ese inmenso juego de muñecas que también viene con legos? ¿Estas segura?- ella me sonríe pero niega. -Solo si tu estás conmigo- me dice y le tomo la mano. -Prometo eso mi amor, lo prometo- beso el dorso de su mano. La intento acariciar pero veo que su mano esta vendada y algunas zonas están moradas. Respiro profundo antes de querer partir todas las paredes, antes de querer partir cráneos, antes de destruir todo lo que se me atraviese. -No pude ver a Elle- su voz era muy triste tanto como su mirada –Habíamos planeado visitarla y ahora no podemos- deja salir un suspiro. -La señora Russo viene en camino, ella viene a verte y quizás luego de esto podemos irnos con ella al lugar en donde estaba ¿Qué te parece?- sus ojos se iluminan al escuchar el nombre de mi jefa. -¿En serio podemos hacer eso?- me pregunta con tanta ilusión que siento dolor de no haberme ido la semana anterior que teníamos planeado. -Claro que sí. Y ella seguro querrá mostrarte muchas cosas ¿Quieres ver todo eso?- asiente con una sonrisa -¿Qué tal si descansas?- le propongo con una sonrisa cuando veo a la enfermera entrar. -Seguro que luego que despiertes podrás hablar mucho más con tu tío- dice la mujer con una sonrisa mirando hacia mi dirección. Yo me quedo allí tomando su mano mientras ella le pasa el medicamento. Su rostro esta de mi lado y me mira con una sonrisa, yo se la devuelvo hasta que veo como su agarre pierde fuerzas y cae dormida. -Gracias- le digo a la mujer. Luego de darle un último vistazo salgo de la habitación para ver a mi hermana recostada en la pared mirando hacia la puerta. -¿Cómo ha estado?- pregunta suave acercándose. -Le han colocado el medicamento y se ha dormido- me siento de nuevo y ella a mi lado. -Rubén ¿Qué tienes realmente con Elle Russo? ¿Qué es lo que los une?- sus preguntas me dejan un momento en un trance. ¿Mi hermana me esta preguntado eso? ¿En serio? -¿Qué te pasa con ella? ¿Por qué tantas preguntas?- ataco yo evitando respondes sus anteriores preguntas –Ella solo quiere ayudar- -No has respondido las mías para yo responder las tuyas- dice tajante y niego –Y es por eso ¿Por qué querría ayudar a un empleado?- dejo salir un suspiro largo y me dejo caer en la silla. Mis labios estaban por abrirse para decir alguna cosa que seguro seria verdad pero fueron interrumpidas cuando una voz nos sacó del trance. -Señores Rodríguez- nos llama el doctor y con pasos apresurados vamos hacia donde el, dejando una conversación pendiente, que no estoy seguro de querer continuar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD