Universidad de Charlottesville, Virginia. 2025.
Isabella Campbell.
El aire está impregnado de un sutil aroma a hojas de otoño mientras camino por el campus. Las antiguas edificaciones, con su arquitectura colonial, parecen susurrar historias del pasado, ecos de un tiempo en que las ideas y convicciones se debatían con fervor. Es mi último año en la Universidad de Virginia y la presión por presentar mi tesis final en Historia, con un enfoque en el revisionismo histórico, pesa sobre mis hombros. Sin embargo, una emoción latente se entrelaza con la ansiedad en mi interior. Una conexión con mi legado familiar que va más allá de lo académico y que no puedo explicar. Solo siento un pulso en las venas que no puedo ignorar.
Toda mi tesis y ensayo oral están preparados para ser expuestos frente a mis compañeros y profesores, dedicados a desmitificar a las brujas de aquel tiempo, aunque sé de primera mano que no todo lo que se dice es cierto y que algunas eran tan reales como increíbles.
Para mí, la historia siempre ha sido más que una serie de fechas y eventos; es un relato personal, uno que comienza con mi antepasada, Isabel Campbell, acusada de brujería en 1692. Esa historia, en particular, es una de las más conocidas en Ravenswood: la bruja que escapó de la hoguera y huyó al bosque, un lugar que, hasta hoy, los habitantes temen y evitan. Circula el rumor de que quien entra, no logra salir.
—¡Patrañas!— pienso, porque yo misma he visitado el bosque incontables veces y siempre salgo de allí con vida. Sin embargo, las mujeres de la familia Campbell siempre somos señaladas, pues el miedo, la ignorancia y la maldad alimentan las habladurías que se convierten en el tema de conversación del pueblo.
Espero pacientemente a que mis compañeros expongan. El auditorio está lleno, con filas de asientos ocupados por estudiantes y profesores. Las paredes están adornadas con retratos de antiguos académicos y la iluminación suave crea un ambiente cálido, aunque tenso. Cada vez que alguien termina su presentación, estallan aplausos y risas; algunos regresan a sus lugares con sonrisas orgullosas, mientras otros lucen el ego por las nubes.
Los temas son variados, desde culturas de otros países hasta mitologías y religiones. Observo con atención, disfrutando el tiempo sentada en la primera fila, sintiendo cómo la ansiedad se disuelve. Todo va bien y me siento tranquila, al menos por el momento.
El decano pide una pausa para felicitar a un compañero que se sienta a su lado un minuto después. Sonrío, sintiendo una mezcla de orgullo y nerviosismo.
—Ahora, Isabella Campbell —anuncia el decano, y los murmullos se intensifican en la sala. Ya tengo mi portátil encendido, con todo mi trabajo listo para ser presentado. Sé que lo que estoy a punto de compartir significa mucho para mí y que mis palabras tendrán un impacto, no solo en mi futuro académico, sino también en la percepción de mi familia y nuestra historia.
Rápidamente conecto mi ordenador portátil a la pantalla gigante del auditorio, donde mostraré las imágenes que recolecté para mi exposición. El murmullo comienza a disminuir y una expectativa palpable llena el aire.
—Buenas tardes a todos —digo, haciendo una pequeña pausa para aclarar la garganta, seca por los nervios que siento ahora mismo. Mi voz resuena en el silencio expectante—. Mi tesis trata sobre... las brujas.
La pantalla gigante se enciende, iluminando la sala con una luz suave y proyectando imágenes que capturan la esencia de mi investigación. En ese instante, escucho cómo la gran mayoría jadea. Nadie ha pensado en exponer sobre ese tema; las leyendas urbanas son vistas como eso, meras leyendas. Sin embargo, quiero abordar algo más profundo: las historias enterradas bajo el peso de la ignorancia y el miedo, las que fueron vilmente atacadas y masacradas a lo largo de la historia.
—Desmitificar el mito sobre las brujas —sonrío, esta vez con cierta gracia oscura. Mi mirada recorre el auditorio, captando la atención de mis compañeros y profesores, quienes ahora me observan con una mezcla de curiosidad y sorpresa.
Mientras las imágenes comienzan a cambiar en la pantalla, siento cómo una oleada de confianza me envuelve y doy inicio a mi oratoria.
—Cierren los ojos e imaginen, por un momento, que están en una aldea de la Edad Media, en un lugar como Inglaterra, España o Italia, o incluso aquí, en Virginia, en una pequeña aldea de Ravenswood en el año 1692. Visualicen una aldea adoquinada, con calles de barro y el olor a lluvia mezclándose con el de la orina; si quieren imaginar un aroma más agradable, pueden concentrarse en el humo de una chimenea recién encendida. Es su imaginación; háganlo a su manera, pero no pierdan de vista el entorno.
Yo me imagino una aldea sucia, rodeada de niebla en un día lluvioso, donde las ratas son parte del paisaje. Ahora, alejémonos un poco de esa aldea, lo suficiente para no sentir su hedor, y vayamos cerca del bosque, a una pequeña cabaña o choza apartada. Al entrar, encontramos a una mujer trabajando en el interior, elaborando un ungüento con hierbas, raíces y cortezas de árboles con propiedades medicinales.
Ahora, abran los ojos y sean honestos. ¿Recuerdan lo que vieron en esa descripción? Yo aún veo a esa mujer vestida de n***o, con un vestido suelto y el cabello enmarañado por las horas de trabajo, el cansancio y el mal clima. Tal vez lo que ustedes imaginaron se asemeje más a las caricaturas y cuentos infantiles que nos enseñan desde pequeños: la mujer malvada, huesuda, con una nariz prominente y una verruga llena de pelos. — Me relajo cuando todos mis compañeros y profesores se ríen del comentario poco serio que hago para cortar la tensión —. Ese es el engaño de nuestro subconsciente, porque ellas no eran así. Yo sigo viendo a una mujer de unos treinta años, hermosa a su manera.
Mientras hablo y sonrío señalando las imágenes, buscando las miradas de mis compañeros y profesores, me siento segura. No estoy aburriendo a nadie, y mucho menos ofendiéndolos con el tema que elegí.
No digo que todas lo fueran, pero había mujeres guapas, sabias, con amplios conocimientos, y por esa misma razón, los aldeanos, la Inquisición y la Iglesia las persiguieron. Algunas vivían alejadas de las comunidades, otras no tanto, pero la mayoría se sentía más cómoda cerca de la naturaleza y en zonas rurales. ¿Cuáles fueron los motivos de su persecución? Esto es importante.
Cambio la imagen para congelarla. He hecho con inteligencia artificial una que da escalofríos, pero de todas es la que más me gusta: tres mujeres atadas, listas para ser quemadas.
En aquella época, las mujeres tenían pocas funciones significativas; su papel era dar a luz, cuidar a los hijos y mantener la casa. Lo único que deseaban estas otras mujeres era un poco de independencia, levantar la cabeza, sobrevivir por sí mismas y tener cierta libertad, y eso la Iglesia no podía permitir.
Hago una pequeña pausa para tomar un sorbo de agua de la botella que me tiende un profesor.
Agradezco con humildad y continúo:
—¿Independencia s****l? ¿Por qué no? Pero está mal visto en ese tiempo; las mujeres que se atrevían a mirar a un hombre a los ojos eran tratadas como rameras. La Iglesia también castigaba a quienes buscaban su satisfacción, porque eso ponía en peligro la sociedad patriarcal donde el padre de familia es lo más importante. La idea de una sociedad matriarcal era considerada una aberración. Por eso la Iglesia las persiguió.
Entonces, una de mis compañeras se incorpora y levanta la mano pidiendo permiso para hacer una pregunta. Es Ruth, mi amiga, quien me sonríe.
—¿Te estás enfocando solo contra la Iglesia? ¿Culpas a la religión por lo que les pasó a esas mujeres? —pregunta, alentándome a expresarme y reunir valentía.
—No solo a la Iglesia; la misoginia también las acecha. Es irónico, porque quienes las insultaban eran los mismos que acudían a ellas en busca de curación cuando no podían pagar un médico. Son unos hipócritas, en mi opinión. Los misóginos y la Iglesia se benefician de sus conocimientos en botánica y medicina. Se encomiendan a Dios, pero cuando Él no responde, recurren a ellas.
Al no recibir otra pregunta, continúo.
Estas mujeres fueron violadas, golpeadas, masacradas y humilladas. Los médicos y sanadores, que no podían permitirse perder a un cliente, se sumaron a la larga lista de enemigos de estas sabias mujeres. La idea de que personas analfabetas pudieran sanar enfermedades era inaceptable; no necesitaban letras para curar todo tipo de males. Cuando escuchamos “bruja”, lo primero que nos viene a la mente es algo maligno. Sin embargo, las brujas han existido siempre en diversas culturas, tiempos y religiones. En las civilizaciones mesopotámicas, sumerias, rumanas, griegas y egipcias, estas mujeres eran veneradas y respetadas. En la época griega, figuras como la famosa Pitonisa en el arte de la adivinación y Hécate, la titanide y mal llamada madre de la brujería, eran altamente valoradas. El concepto de bruja maléfica comienza en el siglo XIII, con la herejía de los cátaros y los templarios. A partir de entonces, la Iglesia empieza a cazarlas, marcarlas y estigmatizarlas.
Hablo con pasión, recordando las historias de aquellas mujeres que, como mi antepasada, fueron acusadas injustamente. Con cada palabra, busco no solo informar, sino también provocar un cambio en la percepción de la audiencia. Las sombras del pasado se sienten más cercanas que nunca, y mi legado familiar se entrelaza con el presente.
Sé que no solo defiendo mi tesis, sino que también alzo la voz por todas las mujeres cuyas historias fueron olvidadas. Mientras hablo, veo en los rostros de mi audiencia una mezcla de interés y reflexión. Esa conexión me impulsa a seguir adelante, a desenterrar verdades que fueron ignoradas demasiado tiempo.
Termino mi discurso justo cuando la pantalla se apaga. Los profesores aplauden, al igual que mis compañeros, pero me quedo congelada al escuchar una voz que resuena en el auditorio.
—Se dice que tienes un antepasado oscuro, una bruja que asesinó a muchas personas, que incluso huyó y, años después, regresó para incendiar hasta la última casa como venganza. ¿Qué puedes decir de eso?