Regreso al pasado

1093 Words
Los días pasaban como un borrón. Isabel no logró adaptarse al extraño flujo del tiempo en ese lugar, donde la luz, la oscuridad y los colores parecían seguir sus propias reglas. Hékate, incansable, llenaba cada momento con lecciones, y sus palabras eran tan filosas como el filo de un cuchillo. Isabel debía absorber todo el conocimiento que la diosa le proporcionaba, y hasta que no lo comprendía y ejecutaba a la perfección, no se le permitía descansar. La anciana comenzó desde el principio, desenredando los secretos de un linaje que Isabel apenas alcanzaba a comprender. Su familia pertenecía a una estirpe antigua, un cruce entre lo humano y lo divino, nacido en un mundo muy distinto al terrenal. Su misión siempre había sido recordar quiénes eran en realidad, y no sucumbir a las trampas del mundo humano, donde sus espíritus estaban encadenados a la fragilidad del cuerpo mortal. Eran prisioneras, piezas en un juego mayor orquestado por dioses traidores a su origen y por el dios terrestre. El mismo dios que era adorado por los hombres que quemaron a su madre y a su abuela en Ravenwood. Eran los enemigos de su existencia, y de muchos otros como ellas. Sobrevivir, mantenerse ocultos y cumplir con el legado familiar hasta que la batalla en los cielos estallara... esa era la misión. No todos eran iguales: Hékate le hablaba de cada r**a, de cada habilidad y rol en la guerra, y de la importancia de no desviarse del sendero para no caer en el engaño que los humanos llamaban vida. Después de cientos de lunas, la anciana decidió que Isabel estaba lista para regresar a esa tierra nefasta donde antes había vivido. Esta vez, no sería arrastrada por la ignorancia ni el miedo, sino que volvería por voluntad propia. Un cuerpo nuevo, una vida nueva, pero con el recuerdo de la verdad latiendo en su sangre. Las voces de su linaje femenino la acompañaría, y lo que realmente era, al fin podría manifestarse. Solo debía mantenerse orientada. La misión no sería fácil, pero Hékate confiaba en que lo lograría. Después de todo, Isabel era una de las pocas que había tenido el privilegio de ser su aprendiz. —Tu ignorancia casi te destruye —dijo la diosa, mirándola con el mismo reproche de siempre, aunque por primera vez, su tono sonó más suave, casi compasivo—. Lo importante es que ahora lo sabes. Isabel no quería irse. No quería dejar a la anciana. Después de tanto tiempo, se había acostumbrado a su presencia, a su carácter volátil y frío. —Pero ¿qué puedo hacer? ¿Voy a nacer otra vez? ¿La historia se repite una y otra vez?… ¿Cómo voy a estar segura de que podré lograrlo si no lo recuerdo? —Lo harás. Tranquila —Hékate la examinó con dureza, aunque en sus ojos oscuros brilló un atisbo de confianza—. Las mismas personas que te hicieron daño también son como tú, pero eligieron el bando enemigo. Son aliados de los dioses traidores, y volverán a herirte. Tú eres de las buenas. Sabrás distinguir lo correcto. Ahora vete y no olvides tu grimorio. Espero no volver a verte hasta que llegue el momento. Eres fuerte, poderosa… pero no subestimes al enemigo. Cuídate de sus engaños, de sus armas, y sobre todo, cuídate de tu propio sentir. Recuerda que, en tierra enemiga, eres justo aquello que ellos más desean destruir. Encontrarás a otras como tú, Isabel. Juntas serán más fuertes, juntas serán imparables. El aquelarre de las Campbell debe resurgir. Ellas te estarán esperando. Algo en el tono de la diosa le hizo pensar que, esta vez, era una despedida real. Pero Isabel no preguntó nada más. Asintió en silencio y se retiró a la cabaña. Se acostó con el cuerpo cansado y la mente renovada. No sabía qué le esperaba al otro lado, pero mientras sus ojos se cerraban, sintió una extraña paz. Como si la voz de Hékate siguiera resonando en su interior, guiándola hacia lo que debía hacer. Isabel soltó un grito de miedo y sorpresa. No despertó en su cama: estaba en la pequeña cocina, ayudando a su abuela. —¿Qué tienes, pequeña? ¿Viste un fantasma? —oyó la voz de su abuela. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Si era una ilusión o una trampa del dios enemigo, no le importaba. Soltó las verduras que tenía en las manos y la abrazó con fuerza. Una vez más, la tenía con ella. Estaba en casa. —Te extrañé tanto, abuela… Lo siento muchísimo. Su abuela la apretó con fuerza entre los brazos. No entendía qué le ocurría a su nieta, pero le dio el amor que tanto necesitaba en ese abrazo. —¿Me extrañaste tanto en unos minutos? —preguntó con una sonrisa, apartándose de ella y sacudiendo la cabeza—. Hoy estás actuando más extraña de lo normal, pequeña. No sé por qué te disculpas, pero estoy segura de que todo tiene una explicación. Mejor ve por tu madre y ayúdala a entrar la leña. Va a llover. Me lo contarás todo cuando nos sentemos a comer. La anciana le dio unas palmaditas amorosas en las mejillas y le sonrió. Era el maldito estofado de cordero de esa noche. ¿Hékate la había hecho regresar en el tiempo? Si era así, tenía que darse prisa. Debía sacar a su madre y a su abuela de allí cuanto antes, antes de que la catástrofe cayera sobre ellas. Salió por la puerta en busca de su madre. Miró el sol y suspiró aliviada: aún le quedaban unas horas de luz. ¿Podía contarles la historia y quedar como una demente…? ¿O debía tomar la yegua, correr al pueblo en busca de John y aceptar esa oferta que, aunque todavía no se había pronunciado, parecía haber estado esperándola desde siempre? Vio a su madre apilando leña en unos cubos para meter dentro de la casa. El sol brillaba en el cielo, pero sabía que esa noche, el pueblo de Ravenwood sería golpeado por una gran tormenta. —Madre, entra a la casa y toma solo lo que es necesario, regresaré enseguida. Eleanor dejó de hacer su trabajo, sorprendida por la actitud de su hija. —¿Qué es lo que pasa, hija? Me estás preocupando. —Solo hazme caso, mamá. Volveré enseguida por ti y por la abuela. No tengo tiempo de explicarte ahora, debo ir por John. La confusión ahora se convirtió en preocupación. Su hija siempre había escapado de ese hombre.
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