—¡Espera!— gritó Isabel, tropezando sobre sus propios pies para alcanzarla.
La diosa no se detuvo ni giró a mirarla, y su andar era tan veloz, que Isabel tuvo que correr detrás de ella. El bosque que las rodeaba parecía cambiar a cada paso: los árboles eran más altos, las sombras más profundas, y el aire estaba cargado de una energía que hacía que su piel se erizara.
Finalmente, llegaron a una cabaña. Isabel se detuvo en seco, el corazón se le habia encogido al reconocerla.
Su hogar.
Era la misma cabaña de Ravenwood. Su hogar. Pero no estaba en Ravenwood. El bosque era distinto, el aire más denso, el cielo apenas visible entre las ramas de los árboles que parecían antiguos como el mismo tiempo.
—¿Cómo...?— Isabel se giró hacia Hékate, pero la diosa ya estaba subiendo los escalones del porche.
—Es tu cabaña, niña, aunque ahora, está donde debe estar—. Hékate abrió la puerta y se giró para mirarla por encima del hombro. —Adelante. No tienes otro lugar al que ir ¿o si?
Las palabras de Hékate eran una sentencia teñida de burla. Isabel sintió que sus piernas temblaban, pero avanzó. Con cada paso hacia la cabaña, el peso de su nueva realidad caía sobre ella como una losa. Al cruzar el umbral, supo que su vida —si es que aún podía llamarla así— nunca volvería a ser la misma.
La piel de Isabel se erizó apenas cruzó el umbral de la cabaña. Todo estaba ahí, intacto, como si el tiempo no hubiera pasado. La mesa gastada, la chimenea apagada, las cortinas que su madre cosió a mano. Incluso el viejo sillón de su abuela, ese que solía crujir cuando se sentaba a contar historias, estaba en su lugar.
Avanzó un paso, pero algo la detuvo: el aroma. Un olor familiar y cálido que se mezclaba con la humedad del bosque. Hierbas secas, madera quemada, el té especiado que su madre preparaba las noches de invierno. Cerró los ojos. Por un segundo juró que podía escuchar sus voces, un eco lejano que no sabía si provenía de sus recuerdos o de aquella ilusión macabra.
—Es igual...— pensó, pero no terminó de decirlo.
Hékate tomó asiento en la vieja silla. Los perros se acomodaron a su lado, enormes y oscuros como sombras vivientes. Sus ojos brillaban en la penumbra, vigilantes, atentos a cada movimiento.
Isabel observó el fuego que se encendía de repente en la chimenea. El calor la golpeó, y las llamas danzaban como si tuvieran vida propia, proyectando sombras retorcidas por toda la habitación. Una sensación de vacío comenzó a llenar su pecho, y sus piernas temblaron.
Todo era demasiado perfecto, pero, ellas ya no estaban ahí acompañandolas. Solo la anciana que disfrutaba de ser cruel.
—¿Qué quieres de mí?— Sus palabras salieron débiles, apenas un susurro.
La anciana no respondió. Solo la miró, con una sonrisa que no tenía nada de consuelo. Entonces Isabel lo entendió: no era un hogar.
Era un castigo.
Sus manos temblaron al recorrer la habitación. Cada detalle estaba donde debía estar, pero algo era diferente. No podía explicarlo. Era como si el lugar respirara por sí mismo, esperando devorarla.
La anciana, estaba sentada en el viejo sillón, con sus dos perros negros a cada lado, imponentes como guardianes infernales. La anciana parecía inmóvil, pero sus ojos oscuros la atravesaban como cuchillas.
Sus manos temblaron al recorrer la habitación. Cada detalle estaba donde debía estar, pero algo era diferente. No podía explicarlo. Era como si el lugar respirara por sí mismo, esperando devorarla.
—Creí que estarías feliz de estar en tu hogar y no en un lugar extraño para ti. ¿O te incomoda el hecho de que tanto tu cabaña, como tu madre y tu abuela ardieran en llamas? —La voz de Hékate era calmada, pero cada palabra era como veneno.
Isabel sintió un nudo en la garganta. Apretó los puños, incapaz de responder.
La anciana no mostró emoción alguna en su avejentado rostro, pero sus ojos le declaraban una y otra vez que estaba molesta, por tenerla aquí y por dejar que la catástrofe cayera sobre ella misma.
—¿Quieres que te lleve a la celda o al bosque? —Continuo.— Porque puedo hacerlo. Este es tu hogar. Donde estamos, es un lugar físico, pero la realidad aquí es otra. Tienes la oportunidad de enmendar tus errores o repetirlos.
Las palabras retumbaban en su mente, cargadas de un peso que parecía aplastarla. Todo lo que amaba había sido reducido a cenizas, y ahora estaba atrapada en un juego que no entendía, con una diosa que parecía disfrutar del caos que se había desatado.
—Para ser una diosa, eres bastante cruel, Hékate.— Expresó con molestia.
La diosa solo sonrió, como si estuviera orgullosa de las palabras de la joven isabel.
—Ve a tu cama, duerme y descansa. Mañana comenzarás con tu preparacion y te advierto que no será fácil.
Isabel, irritada, cansada y con el corazón roto, decidió hacerle caso a la anciana que parecía disfrutar de su desgracia. Se quitó la ropa mojada, lavó sus manos y su rostro en el pequeño cubo de madera y cayó rendida sobre la cama.
No supo cuánto tiempo durmió. Al despertar, la luz que se filtraba por la ventana era tenue, como si el amanecer se hubiera detenido entre las sombras. Se incorporó lentamente, y un estremecimiento recorrió su cuerpo al notar que las heridas que había sufrido en el bosque la noche anterior , estaban casi sanadas por completo. Las marcas eran apenas visibles, como si hubieran ocurrido en otro tiempo o a otra persona.
Hékate no estaba en la cabaña. Solo uno de sus perros permanecía allí, recostado con aire altivo en el viejo sillón que una vez había sido el trono de su abuela.
Ese pensamiento fue como una bofetada. El recuerdo de su abuela, cálido y reconfortante, se desmoronó al enfrentarse con la cruda realidad: ella y su madre habían muerto, calcinadas en esas malditas hogueras.
Su pecho se presionó. Por más familiar que luciera aquella cabaña, ya no era un hogar.
Sobre la mesa había alimentos que nunca había visto en su vida. Dudó un momento, observando cada uno con desconfianza. Finalmente, tomó un poco de cada cosa y comió rápido, sin molestarse en pensar demasiado en lo que estaba ingiriendo.
Cuando terminó, limpió su desorden con movimientos automáticos y salió de la cabaña. Uno de los perros negros la acompañó en silencio, sus pasos pesados resonando tras ella. No se separó de su lado ni un segundo, como si la vigilara.
El aire era distinto afuera. Más limpio, más fresco. Todo lucía increíblemente nítido: el cielo parecía pintado con un azul profundo, los árboles vibraban con tonos verdes imposibles, y hasta la tierra bajo sus pies parecía más rica, más viva. Era como si el lugar respirara, como si tuviera su propia esencia y vida.
Avanzó hasta encontrarse con Hékate. La anciana estaba sentada sobre una enorme roca cubierta de musgo que no recordaba haber visto cuando llegó la noche anterior. Su postura era tan imponente como despreocupada, y sus ojos oscuros escrutaban a Isabel sin disimulo, como si pudiera ver cada uno de sus pensamientos.
—Siéntate y escucha. —Hékate no dio lugar a preguntas. Su tono era autoritario, casi impaciente. Isabel, con los labios apretados, se acercó y se dejó caer sobre el césped vibrante, sin emitir un sonido.