La mujer tenía el rostro surcado de arrugas profundas, cada línea contando una historia que Isabel no podía entender. Su cabello, blanco como la nieve, caía en mechones pesados hasta sus hombros. Sus ojos, de un azul extraño y claro, parecían atravesarla. No estaba empapada ni sucia como ella.
Isabel retrocedió un paso, parpadeando, insegura de lo que estaba viendo. "¿Estoy alucinando?", pensó.
La anciana levantó una mano huesuda, como si le ofreciera ayuda. Su gesto era tranquilo, pero su mirada parecía analizarla de pies a cabeza, juzgándola en silencio. Isabel no podía apartar los ojos de ella.
Detrás de Isabel, los ladridos de los perros resonaron con fuerza, cada vez más cercanos.
"¡Está cerca!", gritó una voz masculina.
Isabel sintió un nudo de pánico apretándose en su pecho. No había tiempo para pensar. Se giró hacia la anciana y avanzó, cruzando los pocos pasos que la separaban del arco. La mujer no dijo ni una palabra, pero alzó su mano más alta, como si estuviera tendiendo un puente invisible hacia la seguridad y mostrando que se estaba quedando sin paciencia.
Sin mirar atrás, Isabel atravesó el umbral tomando la mano de la anciana, sintiendo un escalofrío recorrer su cuerpo al entrar en aquel lugar que parecía existir fuera del tiempo. La puerta de piedra se cerró tras ellas, dejando atrás el eco de los perros y las voces furiosas.
Ya no llovía. El cielo nocturno, despejado y salpicado de estrellas, parecía una pintura serena en contraste con el caos que había dejado atrás. Isabel se quedó inmóvil por un momento, tratando de ajustar su respiración agitada al silencio inesperado. Las gotas de lluvia habían sido reemplazadas por los sonidos tranquilos de la noche: el canto de aves nocturnas, el zumbido de insectos y un susurro de paz que parecía envolverlo todo.
Miró a su alrededor con los ojos abiertos de par en par. ¿Cómo era posible que este lugar existiera justo al otro lado del arco? La densa y aterradora espesura del bosque había desaparecido. En su lugar, un claro se extendía ante ella, iluminado tenuemente por la luz de la luna que se filtraba entre las ramas.
Se giró hacia la anciana, sus pensamientos desbordándose como un torrente imposible de contener.
—¿Quién eres? ¿Qué es este lugar? — Preguntó Isabel, aturdida.
Su voz salió más áspera de lo que esperaba, un reflejo del agotamiento y la incertidumbre que cargaba. Pero la mujer no respondió. En su lugar, se limitó a observarla con calma, como si cada palabra fuera innecesaria.
Isabel frunció el ceño, sus emociones oscilando entre la gratitud por haber escapado y la confusión por la situación en la que ahora se encontraba. Sus manos temblaban ligeramente, y no estaba segura de si era por el frío que calaba su vestido empapado o por el miedo persistente que seguía atenazándola.
—¿Cómo...?— Isabel dio un paso hacia atrás, sus pensamientos atascandose mientras trataba de encontrar una explicación. —¿Cómo puede una pared de piedra convertirse en una puerta? ¿Qué está pasando?
—Moriste, chiquita estúpida.— La voz de la anciana era afilada y cortante, como un cuchillo que atravesaba la niebla que se formaba a su alrededor. —De haber hecho caso a tu madre y a tu abuela, no estaría aquí perturbando mi tranquilidad y descanso. Abriste mi puerta, y ahora no me queda más remedio que recibirte.
Isabel sintió cómo un escalofrío recorría su cuerpo. Instintivamente, llevó una mano a su pecho, palpando con desesperación su piel húmeda y su corazón que latía con fuerza desbocada. Luego, su mano voló a su cuello, donde pudo sentir el pulso vibrante de su vena.
—No estoy muerta.— susurró, tratando de convencerse. Sus ojos se alzaron hacia la mujer, fijos en su rostro ajado pero extraño, que parecía a la vez viejo y atemporal. —No estoy muerta— repitió, con más fuerza esta vez, como si necesitara que aquella figura la confirmara o la desmintiera.
La anciana rodó los ojos, un gesto casi despectivo, mientras dos perros enormes emergían de las sombras y se situaban a su lado. Sus ojos amarillos brillaban con una intensidad sobrenatural, y sus bocas, apenas entreabiertas, dejaban ver colmillos afilados como dagas. Isabel retrocedió, pero su terror se multiplicó cuando una serpiente gigantesca salió deslizándose de debajo del manto oscuro de la mujer, su cuerpo escamoso brillando a la luz de la luna, enredándose en uno de sus brazos.
—Soy Trivia, Soteira, Phosphoro, Chthonia, Einalia. Todas ellas y muchos nombres mas—. La anciana inclinó la cabeza ligeramente hacia un lado, una sonrisa torcida deformando sus labios. —Pero puedes llamarme Hékate.
Isabel sintió que sus rodillas amenazaban con ceder. Hékate. La diosa de las encrucijadas, estaba frente a ella. Su mente giraba, intentando aferrarse a la realidad, pero nada parecía encajar.
—No puede ser... yo...— Intento decir luego de su balbuceo, pero la anciana la interrumpio.
—Dime, ¿te parece bien que tu madre y tu abuela hayan muerto por tu estupidez?— Las palabras de Hékate eran veneno puro, llenas de desprecio. Dio un paso hacia Isabel, y los perros se movieron con ella, sus garras arañando el suelo como advertencia. —Voy a divertirme mucho contigo, pequeña Isabel.
El corazón de Isabel se encogió, y la sangre pareció abandonar su rostro. Si aquella figura era realmente la diosa que afirmaba ser, entonces todo era posible. Un pensamiento aterrador se instaló en su mente, helándola hasta los huesos.
—Entonces... ¿estoy muerta?— murmuró. La anciana rodó los ojos y sacudió la cabeza con molestia.
—¿Muerta, viva...importa?— Hékate se inclinó hacia ella, sus ojos., ahora negros como pozos sin fondo. Cada palabra era una daga envenenada. —Tu destino está jodido, pequeña. De las tres, yo soy la peor, y dependerá de ti y de tu voluntad ver cuál de nosotras será la que más te asista... aunque, claro, estoy segura de que será yo.
Isabel tragó saliva, su garganta seca pese a la humedad que aún empapaba su cuerpo. El miedo pulsaba en sus venas como un tambor de guerra.
—¿Asistirme en qué?— Preguntó, con la voz temblorosa.
La anciana giró levemente la cabeza, sus labios se torcieron en una mueca que no dejaba claro si era diversión o desdén.
—Eres ruidosa, hablas mucho sin decir nada, y ya me estoy arrepintiendo de haberte recibido—. La diosa suspira, un sonido pesado, como si la misma tierra bajo sus pies compartiera su exasperación. —Conformate con un techo, comida y nuestra asistencia, ya que es más de lo que mereces. Tienes mucho que aprender. No sé qué pensaba tu madre al no enseñarte nada, quisieron protegerle, pero en cambio te hicieron ignorante.
Isabel sintió una punzada en el pecho ante la mención de su madre. La pérdida era una herida abierta, pero el tono frío de Hékate no dejaba espacio para el duelo.
—Vivir entre humanos no fue una buena elección.— continuó la diosa, dándole la espalda con desdén. —mira como resulto sus vidas.
Hékate comenzó a caminar, su andar era sorprendentemente ágil y rápido, casi imposible para alguien de su apariencia. Isabel parpadeó, sorprendida, y cuando la figura de la anciana comenzó a alejarse, se dio cuenta de que tenía que seguirla.