La anciana

1419 Words
Isabel desmontó del caballo de John con las piernas temblorosas, casi cayendo al suelo. Lo soltó con manos vacilantes, el corazón pesado. La lluvia continuaba cayendo, empapando su cuerpo y filtrándose a través de su vestido como finas agujas de hielo. El animal, majestuoso incluso bajo la tormenta, la miraba con ojos oscuros llenos de una nobleza que le partió el alma. Ese caballo no era solo un medio de escape. Había sido parte de John, el hombre que había arriesgado todo por ella, el hombre al que había rechazado sin entender lo que realmente significaba. Tocó su crin negra, suave como la noche misma, dejando que sus dedos temblorosos se deslizaran entre los hombres mojados. Cada caricia era un adiós, un intento desesperado de retener algo que sabía que debía soltar. -Perdóname... -murmuró, su voz ahogada por el nudo en su garganta. Los sonidos de la persecución rompieron el momento: ladridos en la distancia, hombres gritando su nombre con furia, el estruendo de cascos que se aproximaban. Su tiempo se acababa, pero, aun así, no podía moverse. El caballo parecía entender. Sacudió la cabeza, como si intentara decirle que siguiera adelante, que no mirara atrás. Isabel lo liberó finalmente, desatando las riendas con manos torpes. -Gracias... por traerme hasta aquí. Por ser mi última conexión con él. Una lágrima se mezcló con la lluvia que corría por su rostro. Dio un paso atrás, observando cómo el animal giraba y se alejaba entre los árboles, una sombra oscura perdiéndose en el laberinto del bosque nocturno. Cuando desapareció, Isabel sintió que algo dentro de ella también se rompía. Sus pies descalzos tocaron el barro frío, el dolor de las quemaduras punzando con cada movimiento. El bosque la recibía con ramas bajas que arañaban su piel y raíces ocultas que intentaban atraparla. Pero nada la detendría. El sacrificio de John, su madre, su abuela... todo debía significar algo. No podía darse cuenta del lujo de rendirse, aunque cada paso le costara más de lo que pensaba que podía soportar. La lluvia seguía cayendo, como si el cielo llorara con ella, como si compartiera su dolor. Isabel no tenía claro adónde iba, solo que debía alejarse de la aldea y de los hombres que deseaban verla arder. Sin embargo, mientras corría, no podía dejar de pensar en John, salvándola. En Lincoln, asesinando a un hombre inocente, cuando todo lo que conoció de él era bondad. Que equivocada estaba, cuánta razón tuvieron su madre y su abuela. "Ruina y muerte" era el castigo de los dioses a los que ella adoraba para los que iban en contra de ellos. Los había desafiado por su terquedad, por el amor que sentía por ese hombre que ahora la persigue para verla muerta. John había sido su pareja destinada, lo entendía ahora. La intensidad de su mirada, el sacrificio de sus actos... todo estaba impregnado de un amor que ella había ignorado. Y ahora, cuando finalmente comprendió la verdad, él se había ido. El bosque parecía volverse más oscuro, y la tormenta más feroz, pero Isabel siguió adelante. No sabía si estaba corriendo hacia la libertad o hacia una trampa, pero no importaba. Lo único que podía hacer era avanzar, con el recuerdo de John y su caballo grabados en su corazón. Rota, asustada y perdida en la inmensidad del bosque, Isabel se sintió incapaz de distinguir entre su aliento entrecortado y el rugido de la tormenta. Cada paso parecía resonar demasiado fuerte en el silencio húmedo que la rodeaba, como si incluso el bosque conspirara para delatarla. Pero no podía detenerse. Los gritos de los hombres, el sonido de los perros cada vez más cercano, eran una amenaza constante que la empujaba hacia adelante. El aire estaba cargado con el olor a tierra mojada y hojas aplastadas, y la lluvia no daba tregua, formando un velo sobre su rostro, empapando cada fibra de su vestido. En algún punto, el barro bajo sus pies se volvió resbaladizo y traicionero, obligándola a usar sus manos para estabilizarse. Una rama le rasgó el brazo, pero no tuvo tiempo para sentir el dolor. De repente, entre los árboles, un arroyo apareció frente a ella. No era más que un hilo de agua ensanchado por la tormenta, arrastrando ramas, lodo y pequeños remolinos que parecían inofensivos, pero su corriente era rápida y traicionera. Por un momento, Isabel se detuvo, jadeando, y observó el agua que corría frente a ella. Su mente, al borde del agotamiento, luchaba por encontrar una solución. Entonces, una chispa de esperanza se encendió. Si lograba cruzar, tal vez podría confundir a los perros que seguían su rastro. El agua, aunque esté helada, podría borrar su olor, al menos por un tiempo. Sin pensarlo más, avanzó hacia el arroyo. Apenas puso un pie dentro, la fuerza del agua le arrebató el equilibrio. El peso del vestido, empapado y enredado en sus piernas, dificultaba cada movimiento. El agua le llegaba solo hasta las rodillas, pero parecía mucho más profunda, más pesada. Con cada paso, sentía que una corriente invisible intentaba arrastrarla río abajo. Las ramas flotantes arañaban sus piernas, los remolinos intentaban succionarla, y el frío era un mordisco constante que la hacía temblar. Se aferró a una roca lisa para estabilizarse, sus manos resbalando en la superficie húmeda mientras luchaba por mantener la compostura. "Vamos, Isabel", se dijo a sí misma, su voz apenas un susurro entre el rugido del agua. Con un último esfuerzo, llegó al otro lado del arroyo. Sus pies tocaron tierra firme, y se dejaron caer de rodillas, respirando con dificultad. Miró hacia atrás y vio cómo la corriente se llevaba las ramas rotas y hojas arrancadas del bosque. Una súbita oleada de alivio se mezcla con su desesperación. Había dejado atrás su rastro, al menos por ahora. Pero no había tiempo para celebraciones. Isabel se puso de pie, el barro pegado a su piel, y siguió adelante, tropezando entre las raíces y los arbustos. Cada paso era una batalla, pero los hombres la seguían, no podía arrebatarle lo único que aún le pertenecía: su voluntad de sobrevivir. Isabel se dejó caer junto a un roble blanco, sus manos temblando mientras cubría su cuerpo con lodo espeso. Sabía que los perros seguían su rastro, sus ladridos resonaban en la distancia como un eco implacable que la perseguía. Apresuradamente, arrancó hojas caídas y las pegó a su piel embarrada, tratando de camuflarse, pero cada movimiento se sentía desesperado, inútil. La lluvia torrencial que antes la había escondido comenzaba a menguar, lavando el barro y las hojas que intentaba adherir a su cuerpo. Un arce rojo, firme y majestuoso en medio de la tormenta, llamó su atención. Las hojas brillaban como pequeñas lenguas de fuego entre el gris de la lluvia. Isabel arrancó algunas, pegándolas nuevamente sobre el lodo de su vestido y su piel, esperando que su aroma confundiera a los perros. Pero la lluvia, implacable, las despegaba una por una. "Maldita sea", masculló entre dientes, mientras corría de nuevo, el barro dificultando cada paso. El bosque se espesaba a medida que avanzaba, hasta que sus ojos encontraron algo inesperado: un conjunto de rocas altas que sobresalían del terreno, como los muros de una fortaleza olvidada. Enredaderas colgaban densas, cubriendo las piedras en un abrazo de vegetación. Algo en esa formación parecía ofrecer refugio, un respiro de la persecución. "Tal vez ahí pueda esconderme", pensó con desesperación. Se apresuró hacia las rocas, pero su pie tropezó con una raíz gruesa, sobresaliente, de un joven nogal n***o. Cayó al suelo con fuerza, sus manos extendidas amortiguando el golpe. Un dolor punzante recorrió su palma izquierda. Levantó la mano y vio una delgada línea roja; la corteza rugosa del árbol la había cortado profundamente. "Estúpido árbol", murmuró entre los dientes, apretando los labios para no gritar. Apoyó su espalda contra el nogal, tratando de recuperar el aliento. Su sangre manchaba la corteza oscura, un contraste nítido bajo la luz tenue de la tormenta. Con un esfuerzo cansado, arrancó algunas nueces del árbol, metiéndolas en el bolsillo de su vestido, pensando en el hambre que la acusaría más tarde. Pero algo cambió. El aire alrededor se volvió denso, cargado de una electricidad que hizo que los vellos de su nuca se erizaran. La humedad del bosque adquirió un aroma extraño, como hierro mezclado con humo. Se giró hacia las rocas. Lo que antes parecía un muro sólido ahora tenía una abertura: un arco de piedra cubierto de enredaderas. Al otro lado, una anciana la observa fijamente.
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