Ninguna de las mujeres Campbell dijo nada. La resignación había hecho mella en sus corazones, y el silencio pesado que las rodeaba se sentía como una condena ineludible. Las sombras comenzaron a alargarse a medida que la luz del día se desvanecía lentamente, el crepúsculo envolviendo el pueblo en una penumbra inquietante. Los truenos resonaban en la distancia, una advertencia ominosa de la tormenta que se acercaba, como un mal chiste de la naturaleza, como si el agua que caería del cielo pudiera apagar las llamas de los grandes troncos bañados en aceite que pronto las consumirían.
Las mujeres, atadas por sogas que les cortaban la piel, fueron colocadas en una especie de pira. Isabel, rodeada por sus "hermanas" de sufrimiento, sentía el peso de la desesperación en su pecho.
La tensión en el aire era asfixiante, y su corazón latía con fuerza, un latido desgarrador que resonaba en sus oídos. Las miradas vacías de la su madre y su abuela, reflejaban el horror de su destino inminente, y cada una de ellas parecía haber entregado su voluntad a las fuerzas oscuras que dictaban su final. Pero no sé las veía perturbadas, más bien parecían resignadas, como si esperarán a la muerte como un regalo.
Lincoln estaba allí, pero lo veía diferente. Mientras Isabel lo observaba, una sombra oscura parecía envolverlo, un aura de oscuridad que no había notado antes. ¿Qué le había ocurrido? Su corazón se apretó al ver la oscuridad en sus ojos, un eco de su propia angustia. Isabel, anhelaba correr hacia él, abrazarlo y sentirse segura, pero el destino había trazado un camino cruel entre ellos. No habia dolor en sus ojos, habia rabia.
Antes de dejar el calabozo, recordó la daga que le había dado, un símbolo de su amor y esperanza. La había escondido entre los puños de su vestido, aferrándose a la idea de que podría ser su salvación. Era la única herramienta que tenía, el único hilo de esperanza para salvarse, para salvarlas. Pero cuando las amarraron, descubrieron la daga y se la quitaron con un gesto brusco. La resignación se apoderó de Isabel como un manto pesado, y en ese momento, miró a su madre ya su abuela, sintiendo una profunda tristeza.
—Si pudiera cambiar el destino, lo haría sin dudarlo —susurró, con la voz entrecortada, sus ojos brillando con lágrimas que se negaban a caer. La culpabilidad la inundó; Sabía que su amargura no era solo por ella, sino por su madre y su abuela , que estaban siendo sacrificadas en nombre de una justicia pervertida, "en nombre de Dios". Se sentía atrapada en un ciclo de dolor, y el peso de la tradición familiar la aplastaba.
A medida que las sombras se alargaban y el aire se volvía más denso, Isabel se preparó para enfrentar su destino, consciente de que el amor que compartía con su pequeña familia, era su único refugio en medio de la tormenta. Las llamas de la hoguera no eran solo una amenaza; Eran el símbolo de la ignorancia, el miedo y las supersticiones. Una imposición cruel, porque ellos, los hombres tenían miedo de que un día una mujer tuviera poder. Tenían miedo al sexo opuesto, por eso las oprimían. Convirtiéndolas en sumisas, dóciles, manejables, brutas... Así las querían.
Pero ellas no lo eran. Las Campbell eran sabías, en muchos aspectos, conocían sobre infecciones y como curarlas, como bajar una fiebre mortal. Agnes, se especializan en embarazos y nacimientos. Eleanor era experta en pomadas y tónicos y La joven Isabel, tenía manos excelente para curar heridas y suturarlas. Eso no les gustaba, porque era trabajo de un hombre y las mujeres no deberían tener tanto conocimiento.
Las sujetaron a los postes de madera, una junto a la otra, con las manos atadas sobre sus cabezas. Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer, como si el cielo compartiera su pesar por lo que estaba a punto de ocurrir. Isabel sintió el frío de la madera contra su piel, pero el verdadero terror la envolvía con cada latido de su corazón. El verdugo, con la antorcha encendida en su mano, dio vida a las llamas que lamían los troncos, comenzando con la pira que se alzaba ante ellas. Primero incendio la de su abuela, luego su madre y, finalmente... la de ella.
No oía ningún sonido, el mundo había enmudecido. Las dos mujeres que la habían criado sonrieron, para después recitar una oración que ella no entendía, su madre y su abuela no le quitaban los ojos de encima, como si el fuego no las estuviera quemando vivas, como si no les doliera.
Finalmente miraron al frente en completa calma.
El silencio era ensordecedor. Isabel buscó los ojos de su madre, pero no escuchaba gritos, no había palabras de consuelo, solo una paz inquietante en su rostro mientras su cuerpo ardía en llamas. A pesar del miedo que la consumía, sintió la determinación de las mujeres a su lado. Las Campbell no pedían clemencia; Sabían que enfrentar su destino era una cuestión de honor, incluso en la muerte. Ellos no tenían piedad, ellas no suplicarían por sus vidas.
De repente, surgió una figura de la oscuridad: John, el hombre que había prometido salvarlas a cambio de una boda, se acercaba a ella montando su caballo. Con un salto audaz, se lanzó hacia la hoguera, un destello de luz en medio de la oscuridad. Cortó las ataduras de Isabel con un movimiento rápido, sus ojos ardían con una mezcla de desesperación y furia.
—¡Isabel, ven! —gritó, extendiendo la mano hacia ella.— no puedo dejarte morir, aunque no me hayas elegido, pagare el precio por liberarte.
Sin embargo, antes de que John pudiera dar un paso más para tomarla en brazos, alguien se abalanzó sobre él.
Lincoln, con un cuchillo en la mano y la mirada llena de una furia que Isabel nunca había visto, la estaba asustando. En un instante, la oscuridad que había percibido en él se reveló como un deseo de sangre, una perversidad repudiable.
-¡No! —gritó Isabel, pero el sonido fue ahogado por el estruendo de la tormenta que comenzaba a desatarse.— ¡Por que lo haces! ¡solo quería ayudarme!
Isabel exclamo contra el desconocido frente a ella, porque ese no era su amado, ya no era Lincoln, era alguien siniestro, oscuro y cruel.
—El no es el único con una misión, bruja.—Su voz gélida y tenebrosa le confirmo lo que ya sabia.
El cuchillo brilló en la penumbra antes de hundirse en el cuello de John. La escena se desarrolló en cámara lenta frente a todo el pueblo, el tiempo pareciendo detenerse mientras Isabel veía la traición reflejada en los ojos de su amado. John cayó al suelo, su vida deslizándose entre sus dedos, y la risa de Lincoln se unió al estruendo de los truenos, como si la tormenta misma se regocijara en la carnicería.
Isabel, atónita, sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor. La traición de su prometido fue un golpe devastador, un agujero n***o que devoraba su amor y la esperanza de escapar. La imagen de John, en el suelo, ya fallecido, se grabó en su mente. ¿Qué había hecho el hombre a quien amaba? ¿Qué oscuridad se había apoderado de él? Las llamas comenzaban a bailar más cerca, el calor envolviendo su cuerpo mientras la lluvia se unía a las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas. Su falda se quemaba y sus pies descalzos ya sufría varias quemaduras.
"Las amaré por siempre" susurró Isabel, sintiendo la resolución de su linaje fluir a través de sus venas, viendo como la vida fue arrebatada de su familia. Pero esta vez, el honor no era suficiente. No iba a permitir que el sacrificio de su madre, su abuela y la de John, fuera en vano. La determinación encendió un fuego mas grande en su interior, más feroz que las llamas que la rodeaban.
Con un salto desesperado, cayó de la pira, el impacto reverberando en sus piernas mientras recuperaba el equilibrio. Corrió con todas sus fuerzas, esquivando manos que intentaban detenerla, ignorando los gritos de sorpresa y furia a su alrededor. El olor a madera quemada, aceite y carne chamuscada se mezclaba con la lluvia, que ahora caía con más fuerza, como un aluvión que intentaba borrar la atrocidad de la ignorancia y el odio del hombre.
Isabel divisó el caballo de John, aún ensillado y nervioso por el caos. Con una agilidad que no sabía que poseía, se subió de un salto, agarrando las riendas, justo cuando las voces de sus perseguidores se acercaban rápida y peligrosamente. Giró la cabeza y los vio, Lincoln al frente con los ojos encendidos por una rabia descontrolada, seguido por un grupo de hombres armados y a caballo. Ellos la querían muerta. Pero ella, contra todos los pronósticos, quería vivir.
Espoleó al caballo y este comenzó su carrera al galope, los cascos resonando contra la piedra mojada de las calles de Ravenswood. La tormenta se desató por completo, las gotas golpeando su rostro con la fuerza de pequeñas dagas. Isabel dejó que la lluvia lavara las lágrimas que seguían cayendo. No podía detenerlas, ni quería.
Su madre y su abuela habían muerto por la crueldad de aquellos hombres. Lincoln, el hombre que alguna vez pensó que era su amor, no había movido un dedo para ayudarla. En cambio, fue él, John. El hombre que tantas veces había ignorado, quien desafió todo para salvarla. Su sacrificio le había dado una oportunidad de escapar. Una oportunidad para vivir. Pagando el precio más caro de todos por salvarla.
Su propia vida.
Su mente era un caos. Cada pensamiento chocaba con el siguiente, cada emoción amenazaba con consumirla, pero el instinto de supervivencia la impulsaba hacia adelante. Las luces de la aldea se desvanecieron en la distancia, y frente a ella se alzaba el bosque oscuro, el mismo que siempre había evitado. Nadie en Ravenswood osaba entrar allí, ni siquiera de día, y mucho menos con la tormenta rugiendo sobre sus cabezas. Pero Isabel no tenía elección ni miedo.
El caballo se internó en los árboles, sus cascos chapoteando en el barro, mientras ramas bajas la golpeaban en la cara. El frío mordía su piel, y el viento parecía aullar con las voces de los muertos. Ravenswood quedó atrás, pero su corazón no encontró alivio. La culpa, el dolor y la rabia se mezclaban en su interior, pero en el fondo de todo, una chispa de esperanza permanecía. Estaba viva. Había escapado de las llamas. Y ahora, en la oscuridad del bosque, con el eco de la tormenta persiguiéndola, juró que no permitiría que el sacrificio de quienes la amaban fuera en vano. Volverá un día y tomaría venganza.