Las mujeres Campbell fueron despertadas abruptamente tras escuchar los golpes en los barrotes de la celda. La luz matinal apenas lograba filtrarse en el pequeño espacio, como si la naturaleza misma se negara a mirar lo que ocurría en el interior. Fueron encadenadas nuevamente y llevadas a la iglesia, un lugar que ahora se transformaría en el escenario de su juicio, donde los aldeanos y el pastor celebrarían un espectáculo de condena.
La iglesia, con sus paredes de piedra fría y desgastada, se erguía como un monumento a la hipocresía. Las ventanas, manchadas de polvo y tristeza, apenas permitían que unos rayos de luz se filtraran, creando sombras alargadas que parecían abrazar a las mujeres como un luto anticipado. El aire estaba impregnado de un olor rancio a humedad y a degradación, y las campanas sonaban con una reverberación sombría, marcando el tiempo que se les escapaba entre los dedos. Frente al púlpito, los bancos de madera, desgastados por el tiempo, estaban llenos de aldeanos que antes habían buscado el consuelo de las mujeres en tiempos de necesidad. Ahora, sus miradas eran frías y hostiles, lanzando verduras podridas y piedras, recordándoles a las mujeres la traición de aquellos a quienes habían ayudado en más de una ocasión.
Isabel distinguía a muchos de ellos entre la multitud, cada rostro familiar se convertía en un recordatorio doloroso de lo que había sido su vida. Hombres y mujeres que habían sido sanados, que habían recibido ayuda durante partos complicados, ahora eran sus jueces. La furia y el miedo parecían haberse apoderado de sus corazones, transformándolos en un mar de desprecio.
Los ojos tristes de Lincoln encontraron los de su amada, buscando desesperadamente acercarse a ella. Su corazón se desgarraba al ver el sufrimiento que reflejaba el rostro de Isabel. Miedo.
Lincoln forcejeaba, intentando liberarse de los guardias que lo golpeaban y lo alejaban de ella, mientras su amor lloraba lágrimas de rabia y dolor por la injusticia que estaban viviendo. La visión de su amor encadenado era como un puñal en su pecho, una punzada de impotencia que lo llenaba de desesperación.
-¡Isabel! —gritó, su voz resonando en el aire tenso de la iglesia, buscando que ella sintiera su apoyo, aunque los gritos de la multitud lo ahogaran.
Isabel no podía evitar que las lágrimas corrieran por sus mejillas, cada una de un testimonio de la injusticia y la traición que estaban viviendo. En ese instante, el mundo a su alrededor se desvanecía, y solo existía el eco de sus corazones latiendo en una sinfonía de dolor.
La atmósfera era pesada, casi palpable, como si la iglesia misma estuviera llorando por las almas que iban a ser sacrificadas en nombre de un orden cruel y tiránico. Isabel, su madre y abuela, sin embargo caminaban con la espalda erguida y la frente en Alto.
"Aquí no está dios" pensó Isabel, esa deidad que tanto adoran los había abandonado y gracias a ese hecho, sus fieles se convirtieron en bestias salvajes. "Aquí no hay amor al prójimo"
Al posicionarlas de pie, una junto a la otra, las mujeres Campbell pudieron ver a la mujer que las había acusado la noche anterior. No tenían idea de qué les había hecho a Margaret para que las denunciara y les arrebataran la libertad. No comprenden su motivación, pero tampoco exigirían que se lo dijera; la cruel mentira que había pronunciado les había hecho perder toda confianza en ella. No valía la pena siquiera exigir una explicación, pero la mujer pelirroja solo les sonreía con desdén desde la primera fila de bancos, frente al púlpito.
John se acercó a ellas, enfocándose en la joven y bella mujer que, por fuera, lucía estoica, pero que él sabía que por dentro era un caos de tristeza.
—Todavía puedes salvarte de esto, Isabel. No te hagas esto. No habrá juicio, solo querrán saciar su sed de sangre, dolor y muerte —dijo John Dunne, su voz carente de emoción, pero sus ojos reflejaban una rabia intensa, una oscuridad que estremecía la piel de Isabel—. Déjame salvarte, salvarlas a todas.
— ¿Cómo lo harás? —interrumpió su madre, la voz temblando de desesperación—. ¿Cómo salvarías a mi pequeña hija?
Eleanor reconoció a John, supo lo que era en cuanto puso sus ojos sobre los suyos.
—Anunciando que es mi prometida. Me temen; Soy dueño de casi todo el pueblo y nadie querrá ir contra mí y perder mis favores.
—No me casaré contigo, ya te lo dije anoche.
—Isabel... —La voz de su abuela llegó esta vez a los oídos de su nieta—. Escucha al hombre, tiene razón y sabes que puede ayudarte, tu tienes un capricho con ese muchacho y no nos escuchas. Ahora que el está frente a ti no puedes ofender a los dioses
rechazandolo.
—Lincoln... —La voz entrecortada de Isabel se unió a las lágrimas que mojaban sus mejillas—. Él y yo...
—Él no es tu destino, hija —intervino su madre, las palabras de su progenitora solo sirvieron para enfurecer más a Isabel. ¿Por qué todos hablaban con tanta seguridad sobre su amor? ¿Qué sabían del destino del amor, su madre y su abuela, ambas viudas?
-No. —Dijo cortante—. Vete ahora.
John parado frentea ella, con las manos detrás de su espalda sacudía la cabeza de un lado al otro, frustrado, furioso y lleno de ira por la mujer de cabello rojo que reía a escasos metros de ellos, Margaret parecía disfrutar la escena. Pero más le afectaba el rechazo de Isabel.
El grito del alcalde de la aldea resonó entre los presentes para dar paso al pastor de la iglesia, que caminaba por el pasillo entre los bancos.
—¡El juicio va a empezar!
—En esta vida y en las siguientes, estaré contigo, Isabel, porque tú me perteneces —decretó el hombre, su voz profunda y resonante. Sin embargo, en sus ojos oscuros brillaba un destello de tristeza, como si su declaración ocultara más de lo que revelaba. Era un mensaje envuelto en misterio, una promesa que parecía estar teñida de posesividad, pero que al mismo tiempo resonaba con una profunda melancolía. Se volteó y salió de la iglesia, incapaz de soportar el dolor de ver cómo le arrebataban lo que más quería.
—Ese hombre que dejaste ir, ese al que le temes y que los dioses han puesto frente a ti, es tu destino, Isabel —declaró su madre, dejando deslizar una lágrima por su mejilla, marcada por el sol y el frío del campo. La tristeza en la mirada de su madre era profunda, como si cada palabra estuviera impregnada de advertencias de un pasado que no quería repetir. —Yo me casé con tu padre eligiéndolo entre muchos hombres, y tu abuela también lo hizo. Ambas sabíamos que la responsabilidad debía prevalecer sobre la pasión.
Su voz tembló mientras hablaba, el eco de sus propias elecciones resonando en la habitación.
—Espero que no te arrepientas de esto más tarde. Porque desafiar a los dioses solo traerá ruina y muerte. La vida no es un juego, Isabel. Las fuerzas que estamos desatando son más grandes de lo que puedes imaginar, y si te das la vuelta ahora, podría ser demasiado tarde.
Isabel sintió el peso de sus palabras, como un último consejo que amenazaba con hundirla. Las revelaciones ocultas de su madre la envolvieron, dejándola atrapada entre el amor y la responsabilidad, entre el deseo y el deber. La verdad latente era como un susurro en la brisa, fría y despiadada, recordando que, a veces, el destino no es lo que se elige, sino lo que se enfrenta.
El juicio no fue largo. Fue un espectáculo cruel, una farsa orquestada por el miedo y la ignorancia. Las mujeres fueron sentenciadas a morir en la hoguera al atardecer, sin derecho a defenderse, sin siquiera dejarlas emitir una palabra. Un silencio opresivo se cernía sobre la sala, un manto de injusticia que aplastaba cualquier intento de resistencia.
Isabel no podía evitar buscar la mirada de su amante en medio del tumulto. Su corazón latía con fuerza, anhelando conectarse con aquel que había sido su compañero desde que eran apenas unos niños. Pero lo que encontró en los ojos de Lincoln fue oscuridad y una sonrisa torcida que se veía siniestra. Un reflejo en su rostro que era desconocido.
Estaba hecha un desastre, desbordando tristeza y enojo, por lo que pasó por alto la imagen que proyectaba su prometido.
Las lágrimas amenazaban con brotar de los ojos de Isabel, pero se contuvo. Ella, su madre y su dulce abuela estaban destinadas a morir esa misma tarde, al caer el sol.
Mientras el alcalde pronunciaba las palabras de condena, un eco resonó en su mente. El amor que compartían Lincoln y ella no era suficiente para protegerla en ese momento. Esperaría a la siguiente vida para reunirse nuevamente con el. Si los dioses le daban ese regalo.