Lincoln tenia que marcharse por insistencia de Isabel. No quería que lo apresaran y lo encerraran en el calabozo de al lado si lo descubrian. A través de las frías rejas de la celda, sus miradas se encontraron por última vez, y en ese instante, el mundo exterior se desvaneció. Con un movimiento suave, él la besó, sus labios uniendo su aliento en un momento que parecía eterno. En ese breve contacto, Isabel sintió la calidez de su amor en contraste con el frío hierro que los separaba.
—Prometo verte en el juicio —susurró, su voz triste, mientras la realidad comenzaba a hundirse en la oscuridad. Le tendió a Isabel su posesión más valiosa, la navaja que una vez fue de su padre. — Esto puedes guardarlo bajo las faldas de tu vestido, puede serte útil, solo no lo pierdas.
Las voces de la joven pareja eran apenas audibles, ya que las mujeres mayores ya estaban dormidas acurrucadas sobre la paja húmeda del piso. El hombre se marcho por donde vino, la ventana que habia encontrado abierta y le sirvió para colarse sin ser visto por los guardias.
"En esta vida y en las otras, mi corazón será solo tuyo". susurró Isabel.
sintiendo la garganta hecha un nudo ante la partida de su amor. La realidad de la celda oscura la envolvió como un manto helado, y la imagen de su amado se desvanecía lentamente en su mente, ahogada por el frío y la incertidumbre.
Pero esa no fue la única visita que recibió esa noche. Una sombra se presentó ante Isabel.
John Dunne, el dueño de casi todo el pueblo y principal comerciante estaba ante ella.
Con su típica mirada inexpresiva, apareció en el umbral de su celda. John, era un hombre de unos treinta años, alto y bien formado, con una presencia que emanaba poder y belleza masculina. Su cabello oscuro caía sobre su frente, y su barba bien cuidada enmarcaba un rostro que, a pesar de su atractivo, estaba desprovisto de calidez, como el acero pulido de una espada, solo tenía un atisbo de humanidad cuando sus ojos la veían.
Isabel, temblando de frío y miedo, no podía ver nada en él que le despertara interés. Su corazón pertenecía a Lincoln, un joven granjero de sonrisa cálida y ojos que brillaban con una luz propia, en marcado contraste con la oscuridad que emanaba John. Este último había hecho de los negocios y el control su única obsesión. Todo en su vida giraba en torno a la acumulación de poder, y su interés por Isabel se había transformado en una posesión enfermiza.
—He venido a hablar contigo, Isabel —dijo John, su voz grave resonando en la celda fría, como un eco de advertencia.
Isabel lo miró con desdén, sintiendo una mezcla de repulsión y desconfianza. Sabía que él había sido quien, en parte, había permitido que las habladurías sobre su familia se extendieran. Tenía todo el poder para acallarlas pero no hizo nada para impedirlas.
— ¿Qué más puede haber que decir, señor Dunne? —su voz sonó desafiante, aunque el temor se escondía detrás de sus palabras, como una sombra al acecho.
Él no se inmutó ante su respuesta. Sabía que el motivo de la detención de las Campbell había sido por causa de Margaret, quien, tras varios intentos, se había lanzado a sus brazos esa misma noche. John Dunne había rechazado a Margaret muchas veces, dejando en claro que si alguna vez contrajera matrimonio, sería con la hermosa mujer que ahora tenía enfrente, quien lucía sucia y vulnerable bajo la tenue luz que se filtraba por la reja de la celda.
Margaret fue contra ella por puro resentimiento.
—No tienes que ser condescendiente. Estás involucrada en un escándalo que podría arruinarte —continuó, su tono cortante como un cuchillo. No muestra emociones, como un hombre entrenado para ocultar cualquier signo de debilidad.
Isabel lo miró fijamente, la indignación comenzando a brotar en su interior.
—No hay escándalo en ayudar a los necesitados. No somos brujas, somos mujeres que ayudan a los demás —su voz tembló, pero su determinación creció, alimentada por el amor que sentía por Lincoln.
John se acercó un paso más, inclinándose hacia ella, y en ese instante, Isabel pudo notar una chispa de interés en sus ojos oscuros, como si disfrutara del control que ejercía sobre su vida.
—Hay una manera de que esto termine —dijo con suavidad, casi en un susurro, y el aire se volvió denso a su alrededor—. Puedo ayudarte. Solo tienes que dejar de lado a ese campesino y considerar lo que te ofrezco, cásate conmigo. Elígeme Isabel.
Isabel sintió un escalofrío recorrer su espalda, como si una serpiente se deslizara por su piel. Su corazón se oponía a la idea de traicionar a su prometido, y su mente se llenó de imágenes de la vida que deseaba, lejos de este lugar y de la ambición de John de desposarla.
—Nunca haré eso —afirmó con firmeza, luchando por mantener la voz estable—. Estoy comprometida. Linc, es un buen hombre, trabajador y honesto.
El rostro de John se endureció, y por un momento, la faceta encantadora que había mostrado se desvaneció, revelando al hombre que realmente era. Un depredador disfrazado de benefactor, que acechaba a su presa con la paciencia de un cazador.
—Recuerda, Isabel, esta noche podría ser tu última. Piensa en lo que es mejor para ti y tu familia. ¿Acaso quieres morir, que tu madre y tu abuela tengan el mismo destino? Sé mi esposa, sálvate a ti y a tu familia. Vive como una reina; a cambio, solo quiero que seas mía y cargues a mis hijos en tu vientre y unamos nuestra vida para no tener que repetirla una otra vez.
El tono de John se tornó serio, cada palabra un hilo de presión que se cerraba a su alrededor. Isabel sintió que su respiración se volvía irregular. John le hablaba claro, con palabras precisas que solo su madre, su abuela y ella misma conocían. John, el era como ellas.
—No lo haré. No voy a dejar al amor de mi vida por ti. Gracias por la oferta, pero demostraremos que somos inocentes sin tu ayuda.
Isabel dio la espalda a John, buscando refugio en la oscuridad de su celda, pero él no se movió ni un centímetro. La observaba moverse con elegancia y dignidad, como un ave enjaulada, y sus ojos oscuros la seguían con una admiración oscura. John disfrutaba del juego cuando la veía en la aldea, pero ahora no lo hacia, su mirada escudriñaba cada rincón de su ser, admirando su belleza, su precioso rostro y esos labios que tanto deseaba probar.
—Escuché tu susurro. Al acercarme, vi tus palabras desplazarse por la brisa —continuó, su voz suave como el veneno—. No eres una simple bruja, eres poderosa, Isabel. No me mientas en la cara diciéndome que solo eres una servidora, porque ambos sabemos que no es así.
John se sintió emocionado cuando Isabel volteó para mirarlo con los ojos entrecerrados, luchando por no dejar que su temor la dominara.
—Tu destino no es Lincoln Johnson; Yo lo soy.—Continuo sin alterar su tono de voz.— Morirás en esta y en las siguientes vidas, al igual que él, porque los hilos del destino están atados a nosotros dos. Cuando al fin lo entiendas, será tarde, porque en ese momento uno de nosotros dos estará soltando su último aliento.
Isabel sintió un nudo en el estómago ante las palabras de John, que flotaban en el aire como un oscuro presagio.
—Pero tranquila, porque así como juraste entregarle tu corazón al hombre equivocado en esta y tus siguientes vidas, yo también te seguiré a ti, hasta tenerte. No soy un mal hombre; solo me temes irracionalmente. Pero ya estoy cansado de seguirte, quiero dejar esta existencia inmunda de una vez.
Con esas palabras, dio un paso atrás, dejándola sola en la oscuridad de su celda, donde el frío la envolvía como un sudario. Isabel sintió cómo el miedo comenzaba a apoderarse de ella nuevamente, pero también una chispa de rabia que ardía en su interior. La oscuridad que la rodeaba era profunda, pero su espíritu seguía luchando, registrando las promesas de Lincoln y la fuerza de su familia.
Se dijo a sí misma que no se dejaría vencer. Aunque las sombras parecían cerrarse a su alrededor, Isabel se aferró a la esperanza, convencida de que su amor podía superar cualquier oscuridad, de que John está equivocado y que su madre y su abuela también lo están. Y quizá, con algo de suerte pueda obtener la voz que necesita para enfrentarse al juicio al otro día.