Capítulo 2: Sin esperarlo

1744 Words
II Rayaba la tarde y los dos desconocidos estaban cada quien en su labor. Para Emma era un reto lo que el hombrecito millonario le había impuesto, quedaba claro que se quería burlar de ella, sin embargo, lo había escuchado hablar por teléfono de las dichosas encuestas, no era mentira que necesitaba el informe, aun así, él quería hacerla pasar un ridículo. Tomaron su almuerzo en la biblioteca que ahora era la oficina de Steven, luego una merienda exquisita que una anciana les llevó con alegría, ahora era el momento del té. No hablaron mucho. Ella preguntaba asuntos pertinentes de las hojas, él respondía lo básico. Sí parecía ser una persona muy ocupada. Al detallarlo, creía que tenía entre 30 a 35 años, era algo más pálido que el promedio, dedujo que era por su condición hasta ahora oculta para ella, o que se trataba de un vampiro, al que ya le estaba llegando su hora de entregar su eternidad. Que ella estaba ahí para ser el sacrificio en de vida, bueno, en la noche ya se enteraría. Podría no ser un chupa sangre, pero tal vez, en algún momento sí la necesitara, más de lo que esperaba. Puso de nuevo sus ojos en la laptop que Steven le dio para trabajar, ya por fin estaba culminando. —Bueno, «señor» —espetó la ofendida chica con ironía—, ya terminé mi trabajo. Puede revisarlo ahora mismo. —Eres más diligente de lo que esperaba. Dame acá. Steven se sentó muy cerca de ella, cosa que la inquietó. Él se dedicó a leer el informe y le agradeció mucho su ayuda, estaba perfecto. —Gracias por tu ayuda, todo está muy bien. Por favor guárdalo debidamente bajo el nombre que te dije, y… ya puedes marcharte. —¿Cuál será mi habitación? —No, no me entiendes. Puedes marcharte a tu casa, te daré dinero para que regreses y te pagaré tu valiosa ayuda. Emma parecía contrariada con esas palabras. Por alguna razón no deseaba salir de esa casa, ni alejarse de él. Le había gustado esa cercanía y era la primera vez en muchísimo tiempo que estaba con un hombre sin que todo terminara en jadeos. Pero ella no pudo dejar sus impulsos, esos que la dominaban y se le colaban en la entrepierna. Era difícil ya sacarla de esa oscuridad, del sexo mal habido. —Muy bien, me iré. Sin embargo, deseo mi pago, pero no con dinero. Si quieres que me marche, déjame verte desnudo. —Lo propuesto por ella, sorprendió mucho al millonario. De verdad pensaba que la había hartado con su petición de las encuestas, pero ella parecía no darse por vencida. —Señorita, es usted muy insistente. Steven, se posó al frente suyo y se empezó a desabrochar su camisa, quedaba claro entonces que ese sería el pago. Ella estaba complacida con cada botón que él desapuntaba, creía que el espectáculo iba a ser majestuoso, delirante. El hombre dejó caer su camisa, sin embargo, en ese torso amplio de envidiables abdominales, había infinidad de moretones, y cicatrices. Emma se sintió conmovida, era un ser humano hermoso, que parecía ser que estaba muy roto y no solo por dentro. Él se dio cuenta de la observación piadosa de la chica y tomó su camisa del piso. Ya había tenido la suficiente compasión en su vida como para seguir viéndola de una desconocida. —Todo, señor Lennox… Abrió mucho los ojos el presidente, ¿quería ver más, y sentir más lástima? Molesto con esa situación, pero dejando su orgullo en alto, se quitó el cinturón de fino cuero y lo tiró lejos, casi a la entrada. La tarde moría, así que la chica corrió a encender la luz, no iba a perder detalle de su cuerpo. El hombre entonces empezó a bajar su pantalón hasta que sus piernas estuvieron libres. Ella las miró fijamente, ahí no parecía haber heridas, eso le complació, aunque no entendió el por qué. No parecía que Steven se dejaría ver más que eso, pero Emma de nuevo hizo el reclamo. No había notado que no se había quitado sus lentes, cosa que lo hacía ver más sensual, a pesar de las heridas. Él pensó que no había nada que perder, era un juego al que no entraba hacía mucho tiempo. Así, con cuidado, se quitó su ropa interior y quedó a merced de la mirada lasciva de su nueva acompañante. Ella estaba fascinada, extasiada con la vista, con el cuadro de un adonis que podría destrozarla por completo si se le daba la gana. Estaba muy bien dotado de todas partes, como gozarían las mujeres que tuviese en su cama. Steven sonrió un poco, ella parecía muy interesada en verdad en verlo como un hombre y no como un enfermo. La mujer extendió uno de sus brazos y con la punta de sus dedos intentó tocar el abdomen firme que tenía en frente, pero de forma increíble se detuvo, luego de eso, viró ligeramente su vista. Por dentro empezaba a arder, aun así, no podría ni tocarlo ni permitir que le tocara. —Bueno, eso ha sido todo. No sé que es lo que te hubieran podido decir acerca de mi enfermedad, pero te darás cuenta que no estoy castrado o algo así —habló Steven mientras se vestía. Se puso la camisa sin abrocharla, después de todo era ya hora de ponerse algo más cómodo para descansar. —No quiero irme. Ella estaba viendo al ventanal de aquel lugar, donde afuera todo era noche. El hombre levantó una ceja y suspiró algo molesto. Ese no era el momento tampoco para enviarla a la calle, la hora ya había pasado de ser la pertinente. Con suavidad, le pidió que lo siguiera, cosa que ella hizo con toda la agilidad posible, ir tras él era como tener un propio guardián. —Puedes dormir acá, la verdad ya es muy tarde como para que vuelvas a tu casa, que está lejos, todo está lejos desde acá. —Vio la jovencita que sus cosas ya estaban ahí. Aquella habitación lucía como todo en esa casa, sin dejo de alegría en absoluto—. La vida acá comienza muy temprano, yo trabajo desde casa es verdad, pero eso no es excusa para que me quede holgazaneando, después de todo no tengo opción. —Lo entiendo —replicó en tono obediente—. No olvide señor Lennox, que mi puerta siempre va a estar abierta… Steven sonrió por lo bajo y movió su cabeza en señal de negativa. Mientras cerraba, su expresión cambió por completo, y apareció entonces una mirada que Emma no conocería sino hasta que fuera dolorosamente necesario. Él tocó su pecho, sus marcas, sus punzantes recuerdos que llevaba encima como si mil agujas cayeran minuto a minuto en su piel. Emma empezó a examinar el lugar, solitario, sin una flor, con sábanas blancas que al tacto eran muy suaves, pero aun así faltas de algo, de esa particular simpatía que se vivía en una casa, aquello parecía más un hotel. Encendió la televisión e hizo zapping todo lo que pudo, hasta que se hartó de no concentrarse en nada en particular. No tenía más opción que acostarse a dormir, aunque dudaba que pudiera hacerlo, después de todo la noche era su tiempo de trabajo. Por su mente vinieron los muchos amantes que había tenido, no los recordaba a todos por supuesto, solo a esos a los que hubiera querido tener para ella. Disfrutaba mucho del sexo, mas no era muy halagador despertar siempre sola en las mañanas, con dinero en la almohada en lugar de una pareja. Recordó las palabras de ese que le dijo que ella no tenía valor como otra cosa, que nadie jamás iba a querer escucharla o tratarla para algo diferente que no fuera revolcarla en una cama. Emma lastimada y con ambas alas rotas, le demostró que ella podía dominar a los hombres como quisiera, a pesar de haber perdido ya su alma en ese camino. —Ya Emma no está dentro de este cuerpo —susurró para sí, tocando la cicatriz de su pecho, sabiendo que el corazón que portaba no era el suyo. Por eso, tal vez, la jovencita que brilló como el sol, había dejado de existir. La mañana había llegado muy rápido y los pajarillos le estaban recordando que era hora de despertar. Abrir los ojos se le hizo muy ameno en ese momento, muy diferente al ruido desesperante de los autos y los gritos de la gente en su calle. Tomó una ducha larga y luego se vistió con lo más prudente que encontró. Ya había superado la primera noche, eso le significaba un dinero en el bolsillo. Además ya tenía un objetivo, no se marcharía sin que Steven compartiera su cama. Escuchó fuera de su habitación lo que parecía ser una pequeña discusión, algo distante. Empezó a seguir el camino de las voces y encontró a Steven con otro hombre joven que se le parecía mucho, en el recibidor de la mansión. —Emma, es un placer verte. El saludo de Steven la hizo sonreír, más no entendía por qué de parte del otro recibía una mirada tan fría, eso la desconcertó, pero había aprendido demasiado del cinismo de la calle como para dejar que ese tipo desconocido la inquietara. —Espero no tengas problemas señor Lennox, parecías muy alterado. —Ah, no te preocupes, la verdad es la forma en la que hablo con mi hermano… los presento, Emma, él es Elliot. El hombre que no había dejado de verla, bajó un poco su mirada, al parecer algo lo había molestado aun más. Se enteró que él había llegado a esa mansión para quedarse un tiempo, sin explicación alguna, solo por simple capricho y Steven estaba tratando de sacarlo de ahí y persuadirlo de su idea. —No tienes que darle explicaciones a una desconocida. —Dirigió sus ojos de nuevo a Emma, que ya había bajado por completo las escaleras y tomaba una postura desafiante ante ese intruso—. Tú ya no necesitas quedarte, yo le haré compañía a mi hermano. Emma no dijo nada, pero en su expresión se notaba el odio que empezaba a sentir por ese estúpido, que era tan o más atractivo que Steven, pero que la trataba igual que todos los hombres de su vida, como una sobra. De él, no iba a dejarse. *** Fin capítulo 2
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