III
El día había sido un poco caótico, Elliot era muy ruidoso yendo de un lado para otro en la casa, hablando fuerte para intentar intimidar a Emma. Ella luego de ese inusual saludo en la mañana, se encerró casi todo el día con Steven en la biblioteca y trabajó en lo que él le pidió. No se negó que se le hizo muy extraño que su jefe hubiera dejado de insistirle en que se marchara y en pagarle por el poco tiempo que había estado ahí, ahora parecía ser que estaba a prueba en un trabajo de secretaria que jamás creyó posible que haría, pero para el que tenía gran talento. Steven sonreía viéndola, ella sabía que la observaba y algo por dentro le estallaba en una fiesta. No era usual sentirse así, estar tan cerca de un hombre sin que este quisiera algo más, que en realidad ella también deseaba.
Pero con Elliot, las cosas eran muy diferentes. Él también estaba lejos de verla como una presa a cazar, aun así, tampoco era agradable que siempre la observara como alguien inferior y que insistiera tanto en que se fuera. Muchas veces estuvo por lanzarle un par de bofetadas, que de seguro el hombre estaría dispuesto a recibir con la misma desagradable arrogancia que lo caracterizaba.
Por milagro del cielo, Emma logró superar la primera semana, con hermano menor incluido. Los ancianos empleados estaban también muy sorprendidos que ella en particular hubiera ganado la simpatía del señor, que había rechazado a tantas otras antes. Le dijeron que podía tener el sábado en la noche libre, pero Emma estaba tan cansada que decidió esa noche meterse en la cama y ver una muy mala película en la televisión. En una semana su papel de prostituta había dejado de ser importante para ella, y ahora era el de secretaria el que estaba representando.
Vio salir la limusina, dentro debía ir el odioso aquel que perturbaba la paz de todos en esa casa. No entendía aún los verdaderos motivos por los que Elliot había ido a vivir ahí, parecía estar sano, y no podía negarse eso sí, que trabajaba mucho, al parecer también tenía responsabilidades en la empresa que dirigía su hermano pues a menudo tenían reuniones. Pensó de seguro que el menor creía que ella se iba a aprovechar de Steven para estafarlo y estaba ahí para impedirlo a toda costa. La niña bonita y rota, ignoraba por completo todo lo que se tejía a su alrededor, y ni en mil años podría adivinar su misión en el mundo.
Caminó por los callados pasillos, tenía que despejar su mente un poco. Escuchó ruidos en una habitación cercana y para su enorme sorpresa, era la de Elliot. De puntitas se acercó a la puerta entreabierta y lo vio, se notaba que acaba de salir de la ducha ya que se secaba el cabello. Lo observó detenidamente, ese tipejo era otra de las buenas creaciones de Dios. Sus rizos negros, su cuerpo atlético, su piel perfecta y sin marcas, sus piernas firmes, sus brazos, tan fuertes como para hacerla gritar. Suspiró un tanto fuerte, cosa que hizo virar al hermano menor por un instante.
Emma se había escondido en una de las columnas cercanas, esperando que él saliera a buscar el origen del sonido, sin embargo, eso no sucedió. Curiosa se acercó de nuevo y lo vio sentado en la cama, tenía ya un pantalón deportivo puesto con el que seguro dormía, pero sin que nada cubriera su torso. Eso no era lo llamativo, lo que no podía adivinar era el por qué tenía tanta nostalgia en su rostro. Veía hacia el frente, como si un recuerdo espantoso se le hubiera colado en el cuarto y que no podía ignorar. Tuvo tiempo para detallarlo sin prejuicios ni odios, sus ojos claros, sus cejas delineadas al igual que su nariz, su amplia barbilla, era hermoso sin duda alguna y eso hizo que el cuerpo de ella empezara a palpitar y sin freno alguno abrió la puerta de par en par, cosa que casi hace que al hombre le dé un infarto.
—¡¿Qué crees que haces, tonta?! ¡¿Estás espiando acaso?! —espetó furioso, levantándose de inmediato, intentado intimidar a la chica con su estatura.
—Por favor, yo puedo ir a donde me plazca en esta casa. Fuiste tú quien me asustó, hasta mi habitación llegaban tus pesares. Que, ¿No tenías con quién salir hoy? Bueno, podemos divertirnos mucho los dos.
Dicho aquello, Emma se acercó al hombre, quería jugar con él un rato y así tener de que burlarse toda la siguiente semana, no obstante, no se esperaba la reacción de él, que trajo a su rostro de nuevo esa mirada tan melancólica. Sus dedos empezaron a caminar en el pecho amplio y algo agitado de Elliot, que no la estaba deteniendo. Fue ella la que no resistió el peso de tanta nostalgia.
—Es hora de que salgas de esta habitación. Mañana es domingo y deberías aprovechar para irte de acá y no volver.
—¡Eres un cretino! —gritó ella, herida en su orgullo—. Voy a quedarme ahora, solo para hacerte infelices los días.
—No necesitas sacrificarte tú para eso.
No comprendió lo que él quiso decir, y odió más cuando la empezó a ignorar para destender la cama, quedaba claro que él se acostaría a dormir así ella no se fuera. Emma volvió a acercarse, tenía que usar con él las mismas tácticas que con sus clientes, el rechazo de esa forma no estaba permitido en su cerebro.
Elliot la sintió tras él, demasiado cerca. Se quedó estático, no podía ignorar la belleza de la chica, en esa pequeña pijama de satín que no dejaba mucho a la imaginación. La táctica había funcionado, él ya se encontraba incómodo, tal vez excitado.
—Por favor, niña, vete.
—Parece que no eres tan hombre como lo pareces. O tal vez no eres tan bueno, y por eso estás acá, intentando recuperar tu ego de alguna parte. Ya te dije, podemos divertirnos mucho los dos, nadie tiene que enterarse.
—Yo lo sabría, Emma —Elliot viró por completo y la vio directo al rostro, esta vez la expresión era diferente, incluso compasiva—. Por favor, ve a dormir.
Emma estaba contrariada. Dos hombres la trataban con aparente respeto, pero ella estaba acostumbrada a no dejar pasar una noche sin la compañía de uno. Algo dentro de su ser estaba agitándose demasiado, porque quizás, estaba perdiendo la única cosa que la hacía valiosa. Ya de pronto no era tan hermosa ni tan deseable, era solo una cualquiera, en todo el sentido de la palabra.
—No me veo bonita para ti, ¿verdad?
—Por favor, solo ve a dormir —insistía él, perdiendo un poco los estribos. Ella lo miró con furia, por supuesto algo muy malo iba a salir de esos labios rosados y carnosos.
—Eres un cobarde.
Esa sentencia hizo que la dinamita hiciera explosión, pero no de parte de quien la rechazaba, sino en ella misma que saltó al cuello de Elliot y se refugió en su boca como si su vida dependiera de eso. La agradable sorpresa fue que la recibieron con deseo y pasión pura. Sintió cuando esas manos enormes la levantaron haciendo que ella enredara sus piernas en la cintura de ese que de verdad perdía las riendas.
La recostó en una pared sin deshacer el beso, que se volvía cada vez más perverso, más llenos de intensidad y desespero. Lo mejor para ella fue sentir cómo Elliot empezaba a golpearle su entrepierna con su m*****o ya muy erecto. Deseaba en el alma que entrara en ella, que la hiciera gritar, pero recordó su infección.
—Basta… —jadeó entrecortada, aún amarrada a la cintura de ese furioso amante.
—¿Ahora sí vas a detenerme? ¿Luego de provocarme de esta forma?... —Con mucha molestia Elliot la soltó. Ella se sentía mal, su cuerpo estaba pidiendo a gritos que él la tomara.
—No lo entiendes… tengo un problema temporal…
—Una infección —respondió el hombre tomando un poco de agua de la mesa auxiliar de su también frío cuarto—. Lo sé, Steven también lo sabe, tu expediente llegó antes que tú, señorita.
Emma, sin saber por qué, empezó a llorar. Ahora entendía por qué Steven la veía de esa forma, había asco de su parte, ya todos sabían que era una prostituta que no sabía quién le había hecho ese daño de enfermarla.
—Debo darte tanto asco…
—No parece ser tan grave… y yo puedo cuidarme —respondió él, intentando recuperar el aliento .
—¿Me tomarías, incluso sabiéndolo?
—¿No era lo que iba a hacer?
Emma rio un poco, no se esperaba esa respuesta. Tampoco se esperaba que Elliot se le lanzara encima para tumbarla en la cama, besándola con desenfreno, acariciando sus senos, presionando con fuerza aquellos pezones que estaban tan firmes. Ella gemía enredando sus dedos en los cabellos de noche de ese a quien no le importaba nada. Él se incorporó un poco para observarla, y le quitó lo poco que llevaba encima. Su diminuta ropa interior quedó colgando de su tobillo, viendo como los besos perversos se deslizaban por su estómago y esa boca inquieta bajaba más y más.
—No Elliot, no lo hagas… por favor…
Pero el hermano menor no estaba atendiendo a los razonamientos de esa mujer. Lo retiró de ahí con algo de fuerza, estaba asustada de contagiarlo, cosa que se le hizo muy extraña en ella misma, al inicio no le importaba quién pudiera salir perjudicado teniendo sexo así, sin embargo, con Elliot deseaba ser precavida. Se turbó, le gustaba Steven, ella esperaría el mes de su recuperación y se acostaría con él, no entendía por qué cedía con el hermano menor, por qué lo estaba provocando, por qué esa necesidad de que él la tocara.
Elliot detuvo un poco su camino y hundió su lengua caliente en el ombligo de esa mujer. Ya no parecía haber reversa en ese momento, vio que él tenía en sus manos un condón, la culpa sería ahora un poco menor. ¿Culpa? A ella no debía importarle, no estaba entendiendo nada. Emma dejó de pensar que podía contagiarle algo y empezó a gritar por más, mientras sentía que en su pecho algo le rasguñaba desde adentro. Lo empujó muy fuerte para intentar por última vez frenar esa locura, pero Elliot seguía prendido de su abdomen, sin importarle nada más que sus gritos desenfrenados y suplicantes.
—Siento mucho el dolor que has pasado… —susurró el enfurecido hombre, que con sus dedos acarició la cicatriz que partía en dos a la chica. Ella sonrió, nadie antes había mostrado compasión ante su horrible marca. Volvió a pasar sus labios por el pecho blanquecino y de nuevo arremetió en su abdomen. Emma estaba muy atenta a no permitir que pusiera la lengua en su entrepierna, eso podría enfermarlo horrible.
Por fin pareció que terminaba en ese sitio y se incorporó de repente para virar a Emma en la cama. Tenía la necesidad de lamer su espalda y su cuello. Emma no soportaba aquello, quería verlo al rostro así que ella misma se dio de nuevo la vuelta. Le encantó ver que Elliot apenas si podía con su propia respiración, pronto sería el momento del orgasmo en ambos. Emma estaba ya muy húmeda, solo quería ser invadida.
Con cuidado vio cuando él se puso su protección, gotitas de sudor caían de su frente directo en su cuello que Emma sentía como la lluvia fresca, como el rocío de las mañanas. Levantó sus piernas, era un agasajo ver cómo él se tomaba su tiempo para entrar en su cuerpo, sin desear hacerle el menor daño, como si se tratara de una esposa virgen, aunque, al final, pudo más el asombroso poder del deseo y arremetió en su vientre tan profundo que la hizo gritar de alegría, de placer. La chica en ese momento no necesitaba nada más.
Fuera de la mansión, desde debajo de la ventana del cuarto de Elliot, Steven observa las sombras serpentear en la cama, con la música de los escandalosos gemidos de la dama.
***
Fin capítulo 3