XXIV Ese pequeño momento en que la locura invadía los sentidos, como una droga, como ese incontrolable deseo de morir un poco y revivir solo al borde de ver la luz al final, fue lo que llenó por completo a la jovencita, esa que había por fin llorado lo suficiente como para que sus lágrimas hicieran un mar, y que ese hombre al que amaba, hubiera podido direccionar su barca de regreso. Por fin, sus súplicas al cielo, siempre gris, habían sido escuchadas. Con ese mismo éxtasis en la piel, corrió hasta él, y así desnuda, se le trepó encima, amarrando sus piernas en esa amplia cintura, abrazada a esa cabeza de cabellos tan negros que amaba, que deseaba, que había esperado por años. Sin bajarse un segundo, lo vio, en estupor total. Era Elliot Lennox en el que estaba subida. Era su príncipe el

