XXV Parpadear le estaba costando más trabajo de lo que imaginaba. Sentía la cabeza como una piedra enorme, la almohada, las mantas, todo parecía hacerle daño a su cuerpo. Tomó un poco de aire por la boca e igual lo exhaló, para tener la fuerza necesaria de incorporarse. El día ya se filtraba por la ventana, cosa que también le fastidiaba horrible, el dolor en el cuerpo iba a matarlo. Con mucha dificultad se sentó, y miró la hora en su reloj de la mesita. —¿Qué tan tarde es? La voz femenina a su espalda hizo que de un brinco quedara en pie. Tuvo que meterse de nuevo en las cobijas, al verse por completo desnudo. La dama le daba la espalda, pero no cabía duda que se trataba de Emma. Se miró las manos, luego la vio a ella, su cuello lleno de marcas de potentes besos. Levantó un poca la sua

