El burbujeó de una lata de coca cola me hizo girar a mirar a Sam. Agarré la lata que me ofrecía, mientras que al beber un sorbo, él se abría otra. Se sentó junto a mí en la banca de madera barnizada que estaba fijada en el jardín delantero de la casa temporal, y los dos, sin mucho que decir, pero con demasiado en la mente, miramos la calle vacía que daba al bosque. —Ahora que no hay tierras que proteger… tengo demasiado tiempo libre. —Comentó Sam. —Es extraño, nunca habíamos tenido tanta paz. —Erika está feliz, deberías verla, tiene el rostro iluminado como una flor fresca en primavera. —Sam se rio por lo bajo y lo oí darle otra sorbida a la gaseosa. Hice una mueca entristecida. —Quizás no nos preocupamos por las tierras, pero nunca había sentido tanto miedo. —Es una verdad difíc

