El sonido del teclado de Kocoa cesó de golpe, dejando un vacío repentino en el zumbido eléctrico de la sala. —¿Qué… dijiste? —La pregunta de Kocoa salió despacio, medida, como si cada sílaba tuviera que abrirse paso a través de una niebla de incredulidad. Su cabeza, que había estado inclinada sobre la pantalla, se alzó por fin. El movimiento fue tan rápido y seco que casi se pudo escuchar el leve crujido de sus cervicales. Sus ojos, generalmente impasibles, reflejaban un destello de alarma pura, como si acabara de pisar una mina invisible. —PATO sabía que la fuerza de Carlos no era suficiente y… —intentó continuar Yoko, pero Kocoa la interrumpió con un gesto tajante de su mano. —Eso es imposible —afirmó Kocoa, con una frialdad que no lograba ocultar un temor subyacente. Su mirada se des

