Para algunos, los viajes en camión eran momentos de tranquilidad; para otros, incluso de emoción, según el destino. Para Mara, sin embargo, el viaje en camión era un suplicio tedioso, aburrido e irritante. No podía leer durante el trayecto —se mareaba—, no podía abrir las cortinas —le provocaba náuseas—, y ni hablar de dormir: le resultaba extraño, casi antinatural, cerrar los ojos mientras el mundo se movía bajo sus pies. —¿Qué tal si solo charlamos? —dijo una voz a su lado. Mara dio un ligero salto; se había asustado. Ella, la licenciada Saraí y Rafael habían sido invitados a una pequeña fiesta familiar, una celebración anual en casa de la familia de su padre para festejar el aniversario de sus abuelos. Mara, para no sentirse tan fuera de lugar —como siempre ocurría en estos eventos,
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