capítulo 1

1090 Words
Hoy llegó el día que tanto había evitado. Hoy llega ella… mi perdición. No la veía desde hace más de tres años, desde que regresé a la manada de mi padre para hacerme cargo del título de Alfa. Mis padres decidieron viajar por el mundo, dejándome al mando. Mi hermana Esmeray se había casado hace poco con el Beta de una manada vecina. Ahora vivía a solo una hora de distancia, y aunque sabía que estaba bien, siempre me aseguraba de vigilarla. No quería que nada le pasara. Es mi gemela, y aunque a veces sea desesperante, la amo con mi vida. Pero ahora no era ella quien me preocupaba. Hoy, mi querida hermana recorría toda la maldita casa, asegurándose de que todo estuviera perfecto para recibir a su mejor amiga: Raquel Black Wilson. Una humana. Si se preguntan cómo es posible que sepa sobre nosotros, la respuesta es simple: Esmeray se lo contó todo. Y en lugar de huir aterrada, Raquel quedó tan fascinada que hizo un juramento inquebrantable de silencio. Ahora no hay forma de sacarla de mi puta manada. Bueno, sí podría… pero en realidad no quiero. —¿En qué piensas? —La voz de Esmeray me sacó de mis pensamientos. Estaba en la cocina, a más de ocho metros de distancia. ¿Cómo demonios sabía que estaba pensando en algo? —En nada —respondí, bebiendo de mi vaso. —No seas mentiroso, desde aquí puedo ver cómo frunces el ceño. Me toqué la frente… y sí, tenía el ceño fruncido. —¿Tienes cámaras escondidas o qué? —bufé. —No, idiota —se burló Esmeray, asomándose por la puerta—. ¿Por qué ya no te agrada Raquel? —¿Por qué piensas eso? —Antes la tratabas bien. Algo cambió. Empezaste a ignorarla, a tratarla mal. ¿Crees que no me doy cuenta, Kiral? —Pensé que sí eras idiota, hermana —bromeé, intentando desviar la conversación. —No cambies de tema —cruzó los brazos—. Si mamá y papá se enteran de que la tratas mal, se enfadarán. Ya sabes cuánto la adoran. Como si no lo supiera. Mamá adoraba a Raquel, y papá… Bueno, a él le recordaba demasiado a la historia con mamá. Raquel se ganó sus corazones con su forma de aceptarnos, con la lealtad inquebrantable que siempre tuvo por Esmeray y la manada. —No tienen por qué enterarse —me encogí de hombros y me levanté para servirme otro trago. —Si sigues así, se enterarán. ¿O acaso quieres ver a mamá enojada? La miré con seriedad. Diablos. Papá podía ser el Alfa, fuerte, terco y de mal genio… pero mamá era otra historia. Hasta él desaparecía cuando ella se enfadaba. —No la trato mal —mentí—. Solo no me agrada, así que la ignoro. —¿Y por qué no te agrada? Antes se llevaban bien. Mierda. Solté un suspiro y pasé una mano por mi cabello. —Bien, te lo diré —concedí. Ella sonrió, triunfante, como el maldito gato de Alicia en el País de las Maravillas—. Pero solo para que me dejes de joder. —Claro, claro. Habla de una vez. Rodé los ojos. —Hace años, Raquel me confesó que estaba enamorada de mí. —¿Y? ¿Cuál es el problema con eso? —¿Lo sabías? —pregunté, sorprendido. —Obvio. Fruncí el ceño. —Sabes que jamás podré corresponderle, ¿verdad? —Lo sé. Pero eso no significa que debas tratarla mal. Raquel no lo merece, Kiral. —Lo hago para que no se haga ilusiones. Esmeray suspiró, frustrada, y salió de la sala. Lo que ella no sabía era la verdadera razón. Nadie podía enterarse de que Raquel era mi compañera. Que la Diosa de la Luna la había elegido para mí. No quería una simple humana a mi lado. Este mundo es peligroso. Mamá estuvo al borde de la muerte. Vi a mi padre sufrir durante años, lo vi consumirse en el vacío. Aunque siempre nos llenó de amor, sabíamos que no era lo mismo. Él perdió a su compañera, su otra mitad. Y si no hubiera sido por aquel altercado con el compañero de Esmeray, mamá jamás habría regresado con nosotros. Yo no quería pasar por lo mismo. Necesitaba una Luna fuerte, una compañera tan resistente como yo. No quería enfrentar la misma tristeza que vivió mi padre. Porque estaba seguro de algo: Raquel no duraría ni tres meses en mi mundo. Bebí el último trago y salí al frente de la casa, donde Esmeray conversaba con Luz, mi Beta. Desde que su padre, Luciano, se retiró, ella tomó su puesto. Aunque es cinco años menor que yo, es una Beta excelente. Fuerte, ruda y con el coraje suficiente para hacer el trabajo sucio. Me quedé atrás, observando. Un auto algo viejo llegó con la música a todo volumen. Por supuesto. Así era Raquel. Extrovertida. Divertida. Alegre. Carismática. Hermosa. Joder. Se bajó del auto y, en ese instante, sentí que el mundo se detenía. Era aún más hermosa que la última vez que la vi. Su cabello castaño claro caía en ondas hasta su cintura. Sus ojos color miel brillaban con intensidad. Su cuerpo había adquirido nuevas curvas. Maldita sea, su sonrisa… Ella iba a volverme loco. —¡No lo puedo creer, al fin estás aquí! —exclamó Esmeray, corriendo a abrazarla. Luz la siguió, sonriendo. —¡Lo sé! Ha pasado tanto tiempo —dijo Raquel—. Hablar por Skype no es lo mismo. Pero mira qué guapa estás, el matrimonio te sienta bien. —Ni lo menciones, estoy enfadada con Sebastián. Es un jodido sobreprotector. Rieron juntas. —¿Y tú? ¿Aún no encuentras a tu compañero? —preguntó Raquel a Luz. —No, y espero no encontrarlo por un buen rato. —Pues mejor, porque estás guapísima y tienes que aprovechar el regalo que la Diosa te dio. Las tres siguieron riendo y charlando animadamente. Pero yo… Yo solo podía mirarla. Mirar su sonrisa, la forma en que sus ojos se iluminaban al hablar de París, cómo movía las manos para darle más dramatismo a su historia. Entonces, levantó la vista y nuestras miradas se encontraron. Me sonrió. Mi corazón latió con desesperación. —Hola, Kiral. Tanto tiempo sin vernos —dijo, acercándose. Dejó un beso en mi mejilla. Un simple roce de sus labios… Y mi piel se erizó. Miles de mariposas revolotearon en mi estómago. Joder. Estoy jodido.
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