Capítulo 2

1118 Words
Después de aquel momento incómodo, solo asentí con la cabeza. Las palabras se habían atorado en mi garganta. Pude ver en su mirada la decepción al no recibir nada de mi parte, ni siquiera una palabra. Caminamos hacia el salón para almorzar. Me senté en mi puesto habitual, con Esmeray a un lado y Luz al otro. Raquel se acomodó junto a Luz, dejando entre nosotros una distancia que parecía más grande de lo que realmente era. El silencio en la mesa era denso. Esmeray me lanzaba miradas de advertencia, mientras que Luz me fulminaba con la mirada. —Bueno, ¿por cuánto tiempo te quedarás, Raquel? —preguntó Luz, rompiendo la incomodidad. —Aún no lo sé. En París me han ofrecido un excelente puesto como directora de la universidad, pero lo estoy pensando. —¿Por qué? —preguntó Esmeray, interesada. —También me han hecho una buena propuesta aquí en Seattle. —Tienes que tomar la mejor decisión —respondió Luz. —Lo sé… Creo que me quedaré en París. Mis manos se tensaron alrededor de los cubiertos. —¿Tienes a alguien esperando por ti? —La pregunta de Luz me tomó por sorpresa. Raquel enrojeció al instante. —No me jodas, ¿quién es? —preguntó Esmeray con emoción. —Bueno, iba a contarles, pero no sabía cómo… Es alguien que conocí en una actividad de la universidad hace ocho meses. Sus dedos jugueteaban con la servilleta, un claro signo de nerviosismo. Yo, en cambio, sentí cómo cada músculo de mi cuerpo se tensaba. ¿Ella estaba con alguien? "¿Qué esperabas, idiota? ¿Que te esperara toda la vida?" La voz de mi conciencia me golpeó como un puñetazo. —¡Ocho meses! Joder, Raquel, ¿es guapo? —Luz y Esmeray habían dejado de comer para interrogarla. Yo, por mi parte, había perdido por completo el apetito. —Sí. Es guapo, tierno, divertido… Tenemos mucho en común. Las palabras se clavaron en mi pecho como dagas. —¿Por qué no vino contigo? —Quería venir, pero… —Raquel me miró fugazmente antes de apartar la vista—. No se puede. Ya saben, hay que proteger a la manada. Apreté los puños con furia. —¿Te lo has follado? —preguntó Esmeray con una sonrisa traviesa. No lo soporté más. Golpeé la mesa con el puño, haciendo que todos dieran un respingo. Los cubiertos tintinearon y el silencio que cayó sobre la sala fue sofocante. Sin decir una palabra, me levanté y salí a pasos apresurados hacia mi despacho. Dolor. Un dolor sofocante se instaló en mi pecho, acompañado de rabia, decepción, celos. ¿Otro hombre la había besado? ¿La había acariciado? ¿Había recorrido cada rincón de su piel? "Que te pertenece." No. "Pertenecía." ¡Cállate! Tomé un vaso y lo llené con whisky antes de beberlo de un solo trago. Pero la quemazón en mi garganta no era nada comparada con la que ardía dentro de mi pecho. No podía ser un egoísta. Si yo no la quería aceptar como mi compañera, tenía que dejarla hacer su vida. Vería desde lejos cómo otro hombre la hacía feliz. —¡Mierda! —gruñí antes de lanzar el vaso contra la pared. Los vidrios estallaron en mil pedazos. "No hay otra como ella. No puedes reemplazarla." No. No podía pensar en eso. La puerta de mi despacho se abrió de golpe. —No deberías beber, Kiral —dijo Luz, cerrando la puerta tras ella. —No me jodas, Luz. —¿Te dolió? La miré sin comprender. —Sé que Raquel es tu compañera. Un escalofrío me recorrió la espalda. —¿Cómo…? —No soy estúpida. Por algo soy tu beta. Lo noté en tu mirada en cuanto ella llegó. Cómo tus ojos brillaban cada vez que sonreía… —evité su mirada—. Lo que no entiendo es por qué no se lo has dicho. —Es una humana. No es apta para ser la luna de esta manada. Necesito a alguien fuerte a mi lado. Luz soltó una carcajada sarcástica. —Raquel es la persona más fuerte que he conocido. ¿No te duele saber que otro hombre está ocupando el lugar que te corresponde? —No. No me duele porque yo no siento nada por ella. Lo dije con voz firme. Mi mejor cara de póker. Luz me sostuvo la mirada por un momento antes de negar con la cabeza. —Espero que no te arrepientas, Kiral. Sin más, salió del despacho, dejándome solo con mi miseria. Sentía todo por ella. Mi corazón latía solo por ella. Pero el miedo de perderla me paralizaba. Y ahora… tenía que aceptar que pertenecía a otro. ¿Lo amaba? No lo sabía. Y tampoco quería saberlo. Porque eso me destruiría por completo. (...) Pasé toda la tarde encerrado en mi despacho, tratando de evitarla. Pero no podía huir para siempre. Unos golpes en la puerta me sacaron de mis pensamientos. Sentí su aroma antes de escuchar su voz. —Kiral… ¿puedo pasar? No. No quiero verte. Por favor, vete. Permanecí en silencio, pero ella insistió. —Sé que estás ahí. Solo quiero hablar. Solté un largo suspiro. —Pasa. Entró con cautela y sus ojos recorrieron el desastre en el despacho. —¿Qué pasó aquí? —Problemas con la manada —mentí, con la voz más ronca de lo normal—. ¿De qué quieres hablar? —Solo quería saber cómo has estado. Hace mucho que no hablamos. —He estado bien. —Me alegra. Un silencio incómodo se instaló entre nosotros. Nuestras miradas se cruzaron y, por un instante, vi algo en sus ojos… pero ella apartó la vista. —Solo quería decirte que si te sientes incómodo con mi presencia, puedo marcharme. —¿Por qué me sentiría incómodo? Se mordió el labio. —Por lo que te confesé hace tres años. —Eso no era importante, Raquel. —Bueno… eso está bien. Bajó la mirada y su corazón latió acelerado. —No me digas… ¿todavía estás enamorada de mí? Mi estómago se encogió. —Eso fue hace mucho, Kiral. Te quiero, sí, pero solo como un amigo. Mi corazón ya pertenece a otra persona. Su voz era firme. Y en sus ojos no había dudas. Sentí cómo algo dentro de mí se rompía. —Me alegra. Espero que él te ame tanto como tú lo amas. —Lo hace. Me lo demuestra cada día. Sonrió. Y yo sentí que me ahogaba. Cuando preguntó si podía quedarse, acepté sin pensar. ¿Masoquismo? Tal vez. La tendría bajo el mismo techo. A dos habitaciones de la mía. Necesitaba salir de ahí.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD