Capítulo 3

1271 Words
El dolor de cabeza me golpeó en cuanto los rayos del sol se filtraron por la ventana, atravesando mis párpados cerrados. Solté un gruñido, tratando de hundirme más en la cama, pero algo cálido y suave atrapó mi brazo. Mi piel se erizó al sentir un cuerpo pegado al mío. Abrí los ojos lentamente y reconocí el techo de mi habitación. Giré la cabeza y lo vi. O mejor dicho, la vi. Una mujer de espaldas a mí, su piel desnuda parcialmente cubierta por las sábanas. Mierda. Mis ojos recorrieron mi propio cuerpo y confirmé lo inevitable: también estaba desnudo. "Te voy a matar, Marco", gruñó mi conciencia. Deslicé mi brazo con cuidado, sintiendo cómo la sangre volvía a circular tras haber sido usado como almohada. Me levanté de la cama con sigilo, recogiendo mis bóxers del suelo, y salí al pasillo con la intención de vestirme en otro lugar. Pero entonces, su voz me detuvo. —Kiral… ¿por qué estás medio desnudo? El tono de Raquel era tan neutro que me puso en alerta. Tragué saliva y cerré los ojos por un segundo, como si así pudiera desaparecer la maldita situación. Mi espalda quedó rígida. No quería girarme. No quería que me viera así. —Es… una emergencia —respondí sin pensar. —Ajá —su tono destilaba incredulidad. —¿Y tú por qué miras hacia otro lado? —intenté sonar relajado—. Ya me has visto desnudo antes. —Éramos adolescentes, Kiral. No es lo mismo. Rodé los ojos, soltando aire por la nariz. —¿Y qué tanto sabes? —Solo sé que llegaste borracho a mitad de la noche —su voz se volvió fría—. Y que casi terminas follando en el pasillo. Mierda. —Respeté tu intimidad —continuó—, pero la casa no es tan grande, y créeme, el escándalo se escuchaba. Me pasé una mano por la cara, frustrado. —¿Me harías un favor? —Déjame adivinar —dijo con sorna—. ¿Quieres que me encargue de tu amiga? —Por favor. Raquel dejó escapar un suspiro y pude imaginarla poniendo los ojos en blanco. —Está bien. Pero solo porque me das pena. No respondí. Solo caminé directo a la habitación de mis padres en busca de ropa limpia. Antes de entrar al baño, mis ojos se detuvieron en la mesita de noche de mi madre. Había una foto de ellos, cuando apenas se conocían. Mamá, con su cabello color fuego y su sonrisa cálida, y papá, con esa expresión de adoración en sus ojos dorados. Joder, cómo los extraño. Dejé la foto en su sitio y me metí a la ducha, dejando que el agua se llevara el peso de la noche anterior. Cuando bajé a la cocina, Raquel estaba preparando el desayuno. Se veía diferente. El cabello recogido en una alta cola de caballo, un top n***o y unos vaqueros holgados que apenas ocultaban sus formas. Ella giró la cabeza en el momento exacto en que la miraba. Sonrió con burla. —Vaya, es la primera vez que veo al gran Kiral Valencia avergonzado. —¿Yo? ¿Avergonzado? —me crucé de brazos, fingiendo indiferencia. —Claro, claro. Hagamos como que te creo —me dejó un plato con huevos revueltos—. Pero por favor, no le digas a nadie. Bufé, pero no repliqué. —Por cierto —continuó—, tu… amiga ya se fue. —¿Sí? —Sí. Te dejó esto. Me deslizó un papel doblado por la mesa. —Dijo que espera tu llamado. Que fue la mejor noche de su vida. Sonreí con suficiencia. —Tengo ese efecto. Raquel rodó los ojos. —Qué modesto. Me incliné sobre la mesa, apoyando la barbilla en mi mano. —Dime algo, Raquel… ¿tu novio te lleva a esos placeres? Su expresión cambió en un segundo. —No sé en qué momento pasamos de hablar de tu resaca a mi vida privada. —Oh, vamos… responde. Ella se enderezó, empujando su silla hacia atrás. —Eso a ti no te interesa. —No puedes huir por siempre, Raquel —dije con tono burlón cuando se dirigía a la salida. —¡Jódete, Kiral! Su grito me sacó una carcajada. Dios… me sentía feliz. Más de lo que debería. Y sabía que era por ella. 🐺🐺🐺🐺 —¡Más rápido! ¡No bajen la guardia! —rugí, observando a los más jóvenes mientras entrenaban. Estaban cerca de la edad para empezar patrullajes y proteger la manada. No podía permitir que se volvieran débiles. —Hoy los hiciste mierda, Kiral —dijo Luz, mi hermana, apareciendo a mi lado. —Papá era más estricto. ¿No recuerdas cómo terminamos después de nuestras primeras sesiones? Luz bufó. —Solo recuerdo que no podía sentarme al día siguiente y que mis piernas eran un maldito desastre por los calambres. Nos echamos a reír. Pero la risa murió abruptamente cuando la atención de todos en el campo de entrenamiento se desvió hacia un punto en específico. El silencio cayó como una maldición. Los guerreros dejaron de moverse. Los jóvenes se quedaron paralizados. Incluso los murmullos de las mujeres flotaron en el aire como ecos ahogados. Fruncí el ceño, girándome para ver qué había causado semejante reacción. Y entonces, la vi. Mi pecho se contrajo. Raquel caminaba hacia nosotros con una confianza que no recordaba en ella. Su cabello recogido en una coleta alta dejaba al descubierto su cuello. Su ropa era un jodido problema: shorts ajustados que realzaban sus curvas, un top corto que mostraba su abdomen tonificado… y tatuajes. ¿Tatuajes? Mis ojos recorrieron su piel. Tenía varios. ¿Desde cuándo? Y, peor aún… ¿por qué demonios me afectaba tanto? —Vaya, chica, has detenido todo el entrenamiento —se burló Luz cuando Raquel llegó a nuestro lado—. ¿Desde cuándo tienes tatuajes? Raquel se encogió de hombros. —Mi novio es tatuador profesional. Algo en mí se tensó al escuchar la palabra "novio". Mis puños se cerraron automáticamente. —¿A qué has venido? —mi voz sonó más dura de lo que pretendía. Ella alzó una ceja. —A entrenar. ¿No se nota? Una risa seca escapó de mi garganta. —¿Tú? ¿Entrenar? ¿Desde cuándo? Raquel me sostuvo la mirada, desafiante. —Kiral, no soy la misma niña de hace tres años. He cambiado. —¿Ah, sí? —Sí. Puedo entrenar con los nuevos sin problema. No. Ni de jodida broma iba a dejar que algún imbécil la tocara en combate. Apreté la mandíbula. —No. Vas a luchar conmigo. Raquel parpadeó, sorprendida. —¿Qué? —¿O acaso te asusta? Su mandíbula se tensó. —No te tengo miedo —declaró—. Pero no quiero que te sorprendas, Kiral. He tenido un buen entrenador. Y si no te gano, él jamás me lo perdonaría. Gruñí, conteniendo las ganas de maldecir. —Olvidas algo, Raquel. No le di oportunidad de reaccionar. En un movimiento rápido, me coloqué detrás de ella y la atrapé. Su espalda chocó contra mi pecho. Mi mano se cerró suavemente alrededor de su garganta, inclinándola apenas hacia atrás. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Podía sentir su respiración acelerada, el latido errático de su corazón. —Soy un jodido Alfa, Raquel —mi voz bajó a un tono peligroso junto a su oído—. Un hombre lobo. Raquel tragó saliva, pero no se movió. Sabía que podía liberarse si realmente quisiera. Pero no lo hizo. Y eso… eso me jodió más de lo que debería.
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