—Kiral, hoy llegan los nuevos elementos para los entrenamientos.
La voz de Luz apenas logró sacarme de mis pensamientos. No aparté la vista del ventanal de mi despacho, donde mi mirada seguía clavada en un solo punto: ella.
Raquel estaba en el jardín, hablando por teléfono, con su maldito novio.
Luz se dejó caer en la silla frente a mí y chasqueó los dedos.
—¿Me estás escuchando?
—Lo siento… ¿qué decías?
Rodó los ojos.
—¿Todo sigue igual de raro?
Solté un suspiro, pasándome una mano por el rostro.
—Si lo que quieres decir es que apenas y hablamos, que me evita a toda costa y que no puedo estar a menos de tres metros sin que busque una excusa para marcharse, entonces sí. Todo sigue igual.
Luz bufó.
—Tienes que hablar con ella, Kiral.
—Lo he intentado, joder. Pero siempre encuentra la manera de escapar.
—Tienes que entenderla. Después de todo, estuvo a punto de follar contigo… y engañar a su novio.
Mi mandíbula se tensó.
—¿Crees que no lo sé? —apreté los puños—. Fue un jodido error. No pude resistirme. Todo pasó tan rápido...
—No fue un error, Kiral. Lo que sientes por ella es real. Lo que sienten el uno por el otro. Y en algún momento vas a tener que decírselo.
—No.
—Sí —insistió Luz—. Tienes que decirle la verdad. Decirle que ella es tu compañera. Solo te estás haciendo daño… y de paso la confundes a ella. ¿Sabes lo difícil que fue para Raquel después de que la rechazaras?
Negué.
—No tienes idea. Estuvo llorando casi una semana, no quería comer, apenas dormía. No sabía qué hacer con Esmeray para animarla. Y luego le ofrecieron el viaje a París, y no quería irse. Pero al final, con Esmeray la convencimos. Se fue por ti, Kiral. Porque tú le destrozaste el corazón.
Sentí como si me hubieran lanzado un puñetazo en el estómago.
Yo nunca supe que había sufrido tanto…
—Y todo porque tomaste la decisión por ella —continuó Luz, clavándome la mirada—. Porque decidiste que lo mejor era alejarla sin darle siquiera la opción. ¿Quién eres tú para decidir por ella, Kiral?
Tragué en seco.
—Si le digo la verdad, me odiará…
Luz alzó una ceja.
—¿Y acaso no tiene razón para hacerlo?
No respondió nada más. Se levantó de la silla y salió del despacho, dejándome con mis pensamientos y una angustia punzante en el pecho.
Han pasado dos semanas desde ese día.
Desde que la tuve en mis brazos, lista para entregarse a mí. Desde que su teléfono sonó y el nombre en la pantalla nos devolvió a la jodida realidad.
Una realidad donde ella pertenece a otro.
Y donde yo le oculto un secreto.
El sonido de los cubiertos contra los platos era lo único que rompía el silencio en la cena.
No nos habíamos dirigido la palabra en toda la comida.
Raquel carraspeó la garganta.
—Kiral, quería saber si podía ocupar el despacho de tu madre.
Asentí sin mirarla.
Ella dejó escapar un suspiro frustrado.
—¿No vas a hablarme?
Negué.
—¿En serio? —bufó, dejando los cubiertos sobre la mesa—. Te estás comportando como un puto crío, Kiral. Se supone que somos adultos.
Me encogí de hombros.
—Joder, solo fue un maldito beso, ni siquiera es para tanto.
Mis ojos se clavaron en los suyos.
—No fue solo un beso.
Raquel tragó saliva.
—Tengo novio. No lo engañaría jamás.
Me incliné hacia adelante, mirándola con frialdad.
—Pero ya lo hiciste.
Ella abrió la boca para responder, pero la cerró de golpe.
—Porque estuve a punto de follarte —continué—. Y tú no ibas a detenerme.
Su rostro enrojeció de inmediato.
—Tenía el control de la situación —dijo, pero su voz tembló un poco—. Tú me tomaste desprevenida.
—¿Eso es lo que quieres creer?
Sus labios se apretaron en una fina línea.
—No sé qué mierda te pasa últimamente —susurró—. Yo nunca te he hecho nada malo, Kiral…
No. Pero yo a ti sí.
Y me odias por eso.
—Nunca debiste volver, Raquel —solté, sintiendo el veneno arder en mi lengua—. Todo estaba bien. Tenía un buen plan y llegaste a joderlo todo, como siempre lo has hecho.
El color se drenó de su rostro.
—Simplemente no te soporto.
Pude ver cómo sus labios se entreabrían, temblorosos.
—No me agradas.
Su pecho subía y bajaba acelerado, y por un instante, creí que iba a romperse allí mismo.
Pero no.
Raquel parpadeó una vez… y luego su mirada cambió.
Algo en ella se apagó.
—¿Sabes qué, Kiral? —su voz sonó gélida—. Fue el peor error de mi vida haberme enamorado de ti.
El aire se atascó en mis pulmones.
—No sé cómo fui tan estúpida —dejó escapar una risa rota—. Estaba tan jodidamente ciega…
Cada palabra era una estocada directa a mi pecho.
—Y sí —su voz tembló—. Soy una estúpida humana. Pero al menos, no soy un maldito cobarde como tú. Que lastima a las personas porque tiene miedo.
El aire vibró a mi alrededor.
Me puse de pie, dejando que mi aura de Alpha se deslizara sobre ella.
—¿Me estás llamando cobarde?
Raquel ni siquiera se inmutó.
Cuando intentó alejarse, sujeté su brazo con fuerza.
—¿Quién mierda te crees que eres? —gruñí—. Recuerda dónde estás. Aquí no eres nada ni nadie.
Ella se sacudió de mi agarre y levantó la mirada.
Y en ese momento lo supe.
La había roto.
La había roto por completo.
Sus ojos estaban enrojecidos, pero no había lágrimas en ellos.
Solo odio.
—Mis disculpas, mi Alpha —murmuró con voz vacía—. No volverá a suceder.
Hizo una leve reverencia antes de girarse y marcharse.
La vi desaparecer por el pasillo, pero no fui tras ella.
No lo hice.
Porque si lo hacía…
No podría soltarla.
Me dejé caer en la silla, pasando ambas manos por mi rostro.
Joder.
¿Qué acabo de hacer?