Capítulo 6

1207 Words
Todo ha estado mal. Raquel no me habla. Cada vez que nos cruzamos en los pasillos de la casa, agacha la cabeza en una reverencia distante. Me jode haber sido tan gilipollas con ella, pero era la única manera de alejarla. Me duele el alma cada vez que la veo, cada vez que escucho su risa mientras paso frente al despacho de mamá. Pensar que esas risas no me pertenecen, que otro hombre es dueño de ellas, me carcome por dentro. —Has estado muy distraído últimamente, hermanito —la voz de Esmeray me saca de mis pensamientos. Está de visita, su compañero tuvo que viajar con su Alfa, y ella decidió pasar la tarde aquí. —He tenido mucho trabajo. —Ya, claro. A otro perro con ese hueso —levanto la mirada de la computadora y la veo arquear una ceja con escepticismo. —¿Insinúas que te estoy mintiendo? —No lo insinúo, lo afirmo. Sé perfectamente qué te pasa, Kiral. Que me haga la estúpida es otra cosa. Cruzo los brazos sobre el escritorio, retándola con la mirada. —A ver, ilumíname, ¿qué es lo que pasa según tú? —Raquel. Mi cuerpo se tensa al oír su nombre. —¿Qué con ella? —Sé que es tu compañera. Sé que llevas semanas rompiéndote la cabeza con esas idioteces que piensas. Aprieto los labios en una línea tensa. —Luz es una chismosa. —Luz no me ha contado nada —frunzo el ceño—. Soy tu melliza, Kiral. Te conozco mejor que nadie. He visto cómo miras a Raquel cada vez que está cerca, cómo tu humor cambia en cuanto ella entra en una habitación. —¿Y cómo la miro según tú? —me burlo, aunque por dentro siento una punzada de incomodidad. —Como papá mira a mamá. Como yo miro a mi compañero. Su respuesta me deja sin palabras. —Tu mirada lo dice todo —continúa—. Amor, admiración, deseo, miedo… Un miedo enorme a perderla. No sé qué decir. Nunca me había dado cuenta de cuánto delataba mi mirada. —Kiral, ella merece saber la verdad. Me paso una mano por el rostro, frustrado. —Ella ya no me quiere, Esmeray. Tiene novio. Se le ve feliz. No quiero meterme y joderle la vida. —No te engañes. No se le ve feliz, se ve resignada. —Además —sigo, ignorando su comentario—, ella corre peligro en nuestro mundo. Es humana. ¿Qué pasaría si la manada fuera atacada? ¿Cómo podría protegerse si yo no llego a tiempo? —Déjala decidir a ella. —No quiero perderla, Esmeray. Y si se queda a mi lado, un día podría… —mi voz se rompe—. Podría perderla para siempre. Mi hermana suspira con paciencia infinita. —¿Y estás seguro de que ya no la has perdido? Porque te aseguro que si sigues así, la perderás de todas formas. Y cuando te des cuenta, ya no habrá vuelta atrás. Se pone de pie y se marcha, dejándome solo con mis pensamientos. Y tiene razón. Tengo tanto miedo de perderla en una batalla que no había considerado que, al alejarla, la estoy perdiendo igual. Pronto será de otro hombre, formará una familia, tendrá hijos… y yo solo podré mirar desde lejos, viendo cómo el amor de mi vida se va de mis manos. Joder. Por primera vez en mi vida, no sé qué hacer. ¿Lucho por ella? ¿O la dejo ir? Pero la verdadera pregunta es… ¿Podré dejarla ir? Camino de un lado a otro en mi despacho, nervioso. La llamé. Le pedí que viniera. Hoy voy a decirle la verdad. Se acabaron las mentiras, las excusas, los miedos. Le diré que es mi compañera. Que la amo. Que todo está en sus manos, que es su decisión quedarse o marcharse. Si quiere odiarme, que me odie. Si quiere irse, la dejaré ir. Pero al menos, sabrá la verdad. Unos golpes en la puerta me sacan de mi crisis de nervios. Su aroma golpea mis fosas nasales antes de que siquiera la vea entrar. Tomo aire, me enderezo en mi silla y trato de aparentar calma. —Pasa. La puerta se abre y Raquel entra con la cabeza gacha. —¿Querías verme, Alpha? Sus palabras me golpean más de lo que deberían. —Raquel, no es necesario que me llames Alpha. Ella alza la vista, y por un segundo, veo un destello de esperanza. Pero desaparece tan rápido como los latidos de mi corazón. —No se me permite llamarte de otra forma —su voz es neutra, distante—. No quiero tener problemas nuevamente con usted, mi Alpha. Me levanto de la silla y rodeo el escritorio hasta quedar frente a ella. —Joder, Raquel… Lo siento. Ella frunce el ceño, confundida por mi arrebato. —Sé que he sido un maldito gilipollas contigo, que te he tratado de la peor manera. Pero hay una razón. Yo… yo… Joder, ¿por qué las palabras se me atascan en la garganta? Raquel me mira en silencio, intentando leerme. Y siento su mirada como si pudiera ver a través de mí, desarmándome. —Yo te quiero, Raquel. Siempre lo he hecho. Su respiración se entrecorta. —Lamento haberte hecho daño, lamento haberte rechazado, lamento haberte dejado ir… Antes de que pueda seguir, ella me rodea el cuello con sus brazos y se aferra a mí. Me congelo por un segundo, pero luego mis manos la rodean por la cintura, apretándola contra mi cuerpo. Joder, esto se siente tan bien. Entierro el rostro en su cuello y aspiro su aroma. Su corazón late desbocado contra el mío. Su respiración es errática. Levanta la cabeza y yo hago lo mismo. Seguimos abrazados. Nuestros rostros están tan cerca que nuestras narices se rozan. Nuestros labios están a solo centímetros. —Claro que te perdono —susurra, sonriéndome con dulzura—. Sabes que nunca podría estar mucho tiempo enfadada contigo. Mis manos tiemblan sobre su cintura. —Raquel… Tengo que decírselo. Ahora. —Te he mentido desde que tengo dieciocho años. Ella frunce el ceño y se separa apenas un poco. —¿Qué quieres decir? —He encontrado a mi compañera. Su cuerpo se tensa de inmediato. —Vaya… Eso es… genial —su voz se rompe—. ¿La conozco? Trago saliva y la sujeto de nuevo, como si temiera que saliera corriendo. —Sí. La conoces bastante bien. Raquel me mira, esperando mi respuesta. —Es la mujer más hermosa del mundo. Es terca, orgullosa, tiene la sonrisa más preciosa que he visto. Mi corazón le pertenece desde que la conocí, pero le perteneció aún más el día que supe que era mi compañera. Raquel sonríe con tristeza y acaricia mi mejilla. —Esa mujer tiene mucha suerte… Eres un hombre increíble, Kiral. Le atrapo la muñeca y beso su palma. —¿Y tú? —¿Yo qué? —¿Tú estarías encantada de estar conmigo? Raquel intenta decir algo, pero yo la interrumpo antes de que pueda responder. —Porque mi compañera eres tú, Raquel. La dueña de mi corazón siempre has sido tú.
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